Ya sabréis los que leéis habitualmente esto, sea esto lo que sea, que no se puede decir que un servidor de ustedes sea precisamente un fan de rompe y rasga de los aeropuertos. Igual os lo he dicho ya en otra ocasión pero, por si las moscas, os diré que estos, los aeropuertos, me traen sensaciones contradictorias que me tocan esa parte a media altura que cuelga por su propio peso, vamos, los huevos. Los eropuertos me alegran y a la vez me entristecen. Me animan y me deprimen a partes iguales. Por algún motivo me dan ganas de sonreír pero por otro lado también de soltar una lagrimilla tonta. Porque sea como sea, el aeropuerto es probablemente uno de esos pocos sitios en que uno haya podido estar en los que seguro que tienes tantas posibilidades de estar feliz como de estar triste. El aeropuerto es un lugar de despedidas a la vez que de encuentros. Un lugar para decir hola y también para decir adiós. Para partir hacia lo desconocido con esa sensación de nervios devorando tu estómago, así como el relax que da saber que esos edificios que ya ves a lo lejos son los tuyos de toda la vida.
Pero a pesar de eso, esos lugares los encuentro extremadamente singulares por la cantidad de gente que se mueve por ellos llevando una historia a sus espaldas. Una de las ventajas si, Dios no lo quiera, uno tiene que pegarse una interminable conexión entre vuelo y vuelo de esas de casi pedir que te ajusticien por favor ya, es que puede sentarse y ver pasar la vida del aeropuerto para abstraerte mientras piensas en la cantidad de motivos que moverán a todas aquellas gentes a estar allá en aquel preciso instante a la vez que tú. Negocios, amor, familia, habrá de todo. Y así, ya de paso, uno no se pone a pensar que mientras él está ahí al abrigo de las inclemencias del tiempo sus maletas corren desamparadas sin un ojo amigo que les eche un vistazo y van de arriba a abajo por el aeropuerto en manos de ves a saber quién y ves a saber cómo, en busca de ves a saber qué puerta para encontrarse allá con ves a saber qué avión en ves a saber qué condiciones. Así que para no saber prefiero pensar en las historias aeroportuarias porque, al menos yo, si pienso en lo otro me escagarrino.
El aeropuerto es, en definitiva, un lugar en el que nunca te sientes absolutamente cómodo. Todo en él te parece pasajero, extraño y volátil. Es por ese motivo que tengo la sensación de que la felicidad y la tristeza, la de uno y la de todos, cruzan a menudo sus caminos en los aeropuertos en un abrir y cerrar de ojos. Porque el que suscribe se ha paseado por muchos aeropuertos y porque además, esta vez, tuvo tiempo de darle vueltas a la cabeza gracias a las nada despreciables 7 horas de escala en Atlanta que me tuve que chupar y degustar para volver de los States a la mal llamada Madre Patria. Todo obsequio de la maravillosa Delta Airlines. En ese tiempo, una vez ido al baño, comido algo, dormido otro algo, paseado varios algos, contado aviones que despegan, contado aviones que aterrizan, echado números de los que probablemente perderán una ala por el camino, navegado casi todas las páginas del internete y tras haber visitado todas y cada una de las tiendas del lugar, ya por fin me pude sentar a concentrarme en la fauna y flora del aeropuerto que me caía en las manos. Y es fantástico elucubrar sobre todos ellos.
Porque cuando tienes a un tipo a tu lado con sombrero de señor respetable con posibles y ves que, el hijoputa, se levanta tan tranquilo y sin vergüenza al menos cinco veces a la barra del bar a pedir una nueva ronda de vodka con tónica y ves cómo se mete el líquido elemento como si fuera agua de manantial te quedas de pasta de moniato y te dices que si eso es así cada vez que tiene un par de horillas tontas, que me apuesto algo a que sin dunda es así, el amigo tendrá el hígado en rompan filas y al borde del colapso. Y eso sin contar con que nuestro bribón en cuestión se subió al avión con un pelotazomix.com de película y que, probablemente llegado a su pueblo en Iowa, cuando le viniera a buscar al aeropuerto su Meredith todavía le cantaría el aliento al vodka en cuestión y a pesar de eso llegado a casa se tomaría un traguito para relajarse un poco, que el día había sido muy duro y con tanto estrés necesitaría un respiro on the rocks.
Luego hay casos como el del tipo de color (negro) que hablaba sin parar por el móvil mientras un maletín y una maleta de mano descansaban descuidados a su lado y su laptop reposaba apaciblemente sobre la barra del bar de la sala VIP a la espera que algún amigo de lo ajeno, que también los hay en las salas VIP, se lo llevara debajo del brazo en lo que el otro iba y venía hablando con no sé quien para arreglar el mundo. Su mundo, probablemente. Compra, vende y a cómo me tienes la acción, John. Aquel tipo, supuse, tenía cara de tener tres docenas de amantes porque se veía a la legua que le iba el cachondeo y la fornicación indistintamente. Alto y fuerte era cliente VIP de la compañía porque, además de llevar un colgante con el distintivo Delta Diamond, los trabajadores de la sala VIP de Delta le hacían la ola cuando lo veían entrar. Ese era la clase de viajeros que se pasa la vida en el aire de aquí para allá acumulando puntos como un bendito, que le habían granjeado el acceso al paraíso de los Diamond. Y con eso, el acceso a un mundo ilimitado de posibilidades. No sé si la felación desetresante andará entre los benefits del programa Diamond, pero poco faltará.
Pero para felación la que hubiera querido el risueño gordito de gafas que se acercó a una joven medio rolliza, de lorzas amigables y entrada en carnes que le dio conversación durante horas para tirar la tarde. Yo por un momento pensé que iban juntos, pero luego me di cuenta del tema y de que en realidad el mucho jijijí y el mucho jajajá no era más que una forma de contarse sus vidas, de mierda probablemente, hablando de todo un poco y un mucho de nada mientras él se animaba al ritmo de alguna bebida que no llegué a distinguir pero que desde luego le estaba dando alas para ir a por todas. Aunque a pesar de todo no creo yo que nuestro último amigo pusiera un pica en Flandes con la amiga. Con aquella cara de programador informático, aquel polo Lacuesta descolorido y con unos cuantas manchas de pizza en su haber, sumado a aquellas gafas que pedían a gritos descansar en paz no creo que pasara nada entre ellos.
Por “desgracia” nuestras siete horas de maravillosa conexión aeroportuaria habían volado entre pitos, flautas y escuchas ilegales, así que nosotros ya nos tuvimos que ir yendo para no hacer aquello más largo, así que no pudimos ver si el ataque por los flancos y a la deseperada del amigo surtió el efecto que él se esperaba. Como último recurso le dio la Bussiness card a la chica, que aún lo estará flipando en colores, y digo yo que se marcharía a su vuelo palote perdido y con la esperanza de que un día ella la encontrara en casa y le llamara para cruzar unas palabras más. Pero no, si eso pasaba algún día y ella llamaba sería por error, sería porque ella habría confundido su tarjeta con la de aquel tipo rudo y guapetón que había conocido en algún otro eropuerto del país y del que creía tener su tarjeta en la mano, sin darse cuenta de que en realidad al otro lado de la línea el que estaba era su gordito casposo del aeropuerto de Atlanta. Y lo único que ella encontraría sería al presunto informático que un día quiso acceder a su sistema operativo sin éxito porque el cortafuegos del que ella disponía no permitía tal cosa con un tipo como aquel.
J. Coltrane
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