Ha sido como una película de Hitchcock o de Agatha Christie en verión subterránea. Cuando en el metro este fin de semana el maquinista de la general le ha dado al botón para comunicarse con el sufrido pasaje, ha sonado, atronadora, su voz como proveniente de ultratumba y nos ha dejado a todos con cara de tontos. Porque resulta que en alguno de los vagones del convoy, ha dicho, viaja un carterista infiltrado haciéndose pasar por un pasajero normal y corriente que usa el transporte público como cualquier hijo de vecino. O, dicho en sus propias palabras: "Atención, carteristas en el tren, tengan cuidado con sus pertenencias". Si me cortan no sangro.
En vez de enviar al séptimo de caballería para cortarle el gaznate al susodicho y llevarlo a comisaría 3 minutos a que le dieran un masaje, que es lo que se estila, lo que ha cortado ha sido la comunicación con el pasaje dejándonos con tres palmos de narices además de indefensos ante el despiadado carterista. Ni un dato más, ni media pista, ni un indicio de quién podía ser el privilegiado chorizo al que se refería. Nada. Digo yo que si el señor conductor ha visto al sujeto en cuestión nos podría haber dado alguna indicación para que tuviéramos una idea de cómo era el amigo de lo ajeno. Alto, bajo, gordo, rumano, calvo, moro, feo, guapo. No sé, una pequeña descripción hubiera bastado para no sentirnos sospechosos por unos minutos. Una idea de en qué vagón ha subido el desgraciado hubiera sido de cine.
Pero como el amigo conductor no nos ha querido dar más datos nos ha convertido en un segundo, y hasta que se demostrara lo contrario, en potenciales carteristas. Y eso no está bien, oyes. A ver, si ves al manguis y nos quieres avisar, ole tus huevos de ferroviario, pero esto de ponernos a todos en la picota y hacernos cómplices pues como que es muy feo. Porque uno va tranquilamente camino de casa a comer con su santa esposa y, sin comerlo ni beberlo, se convierte en sospechoso de robo, hurto y apropiación indebida en lo que dura una parada de tren. Y sí, de acuerdo con lo de la presunción de inocencia, pero cuando hemos sabido que había un ladronzuelo en tren todos hemos cruzado las miradas, inquisitivas ellas, y nos hemos preguntado si serás tú el hijoputa de marras. Cagoentodo ya.
Pero como el amigo conductor no nos ha querido dar más datos nos ha convertido en un segundo, y hasta que se demostrara lo contrario, en potenciales carteristas. Y eso no está bien, oyes. A ver, si ves al manguis y nos quieres avisar, ole tus huevos de ferroviario, pero esto de ponernos a todos en la picota y hacernos cómplices pues como que es muy feo. Porque uno va tranquilamente camino de casa a comer con su santa esposa y, sin comerlo ni beberlo, se convierte en sospechoso de robo, hurto y apropiación indebida en lo que dura una parada de tren. Y sí, de acuerdo con lo de la presunción de inocencia, pero cuando hemos sabido que había un ladronzuelo en tren todos hemos cruzado las miradas, inquisitivas ellas, y nos hemos preguntado si serás tú el hijoputa de marras. Cagoentodo ya.
Yo, por si las moscas, mientras seguía observando los movimientos del personal me he sentado en un sitio libre que quedaba para que, si llegado el caso, el caco ponía los ojos en mi abultada cartera, que al menos tuviera que ganarse el dinero que ésta contenía. He apretado el culillo con fuerza mientras controlaba y estudiaba a derecha e izquierda las actitudes del respetable sin notar movimientos extraños que delataran al sospechoso de meter la mano donde no se debe. En ese ir y venir de miradas todo el mundo daba la sensación de querer decir al resto que, oyes, esto no va conmigo, que el chorizo es otro y a mí no me mires que no he hecho nada. Pero tras las risitas iniciales se ha generado una sensación de intranquilidad que se cortaba en el ambiente y quedaba patente con el nerviosismo más que justificado del ganado.
Y es que no hay nada comparable a un maravilloso y bullicioso paseo en el metro de Barcelona a cualquier hora del día para sentirse un espectador de lujo de la vida de esta nuestra ciudad. En este metro, como supongo que en cualquiera de los metros de una gran ciudad de este mundo, se ven de todos los colores. Rodeado de gentes de todas partes uno puede degustar los olores más variopintos ya a primera hora de la mañana, que hay que joderse, y uno puede pasar el rato escuchando conversaciones de lo más interesante e incluso pasarlo de cine viendo a las gentes más extrañas del ecosistema nacional e internacional subir y bajar del suburbano mientras van y vienen camino de vete a saber tú dónde.
Y en ese camino, como por acto de magia o birlibirloque, a veces, demasiadas veces, aparecen sujetos, todos ellos incomprendidos por esta sociedad de mierda en la que vivimos y en la que ellos se mueven sin rumbo fijo ni destino conocido, motivo por el cual se ven abocados, los pobrecitos, a ganarse la vida metiendo la mano en cartera ajena y aprovechando un descuido del inocente turista o del local de turno que, ya ves tú, no tiene culpa alguna del daño que esta sociedad deshumanizada y sin sentido le ha infligido al pobre ladronzuelo de metro. Pero es entonces cuando yo a estos les iba a hacer encontrar el rumbo y el sentido de todo a base de garrote en toda la testa. Dos hostias por aquí y tres por allá, extradición incluida en los casos que sea de recibo, y bien encarriladitos que los iba a dejar a toda esta panda de hijos de su santa madre.
Pero como eso es muy feo y además queda muy mal decirlo, y lo que es peor, queda aún peor hacer leyes que nos protejan de esta gentuza y que les meta mano sin contemplaciones, pues entonces habrá que seguir aguantando y escuchando al señor conductor del metro mientras nos sujetamos la cartera con las dos manos que, en algún punto indeterminado del convoy y con una cara de hijoputa que no puede con ella, un carterista ha subido al tren con ganas de meter mano al primero que se le ponga a tiro. Lo que automáticamente nos convertirá en sospechosos habituales al resto de pasajeros. Y eso será así mientras los que pueden no hagan algo por evitarlo, algo que, por otra parte, se me antoja harto complicado porque esos, los que mandan, no viajan en metro ni en plena campaña electoral. Aunque la verdad es que si les diera por ir en metro a sus señorías sería precisamente cuando más cuidado deberíamos tener con nuestros objetos de valor.
J. Coltrane
J. Coltrane
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