22 de diciembre de 2011

El Sicario del Rey - Parte II

La habitación no disponía de ventanas, por lo que tenía un fuerte olor a cerrado. Era un lugar aislado en el que no parecía que el tiempo pasara y que contrastaba con la opulencia del resto de la casa. Daba la sensación de que aquella habitación no pertenecía a aquel lugar. Se sentó en el una de las dos únicas sillas de madera que habían alrededor de la mesa y cruzó sus manos a la espera de que llegara la persona con la que se había citado. Melchor estaba nervioso y eso le hacía no dejar de mover su pie dando golpecitos contra una de las patas de la mesa. Cuando se percató de su nerviosismo consiguió detener la cascada de golpes que le estaba propinando a la mesa y se intentó tranquilizar pensando en las dunas del desierto y en la arena que el viento lleva de aquí para allá. Pero ese recuerdo tampoco logró tranquilizarle porque a lo lejos percibió unos pasos que se acercaban a prisa por el pasillo. Cuando estos se detuvieron Melchor supo que tras ellos llegaba el sicario al que los tres Reyes pretendían, así que se recostó y esperó a ver la cara de la persona que iba a trabajar para ellos.

De tez morena, ojos grandes y una altura y corpulencias considerables, el sicario se presentó a Su Majestad con un simple apretón de manos. Melchor no esperaba una reverencia de un hombre que probablemente sólo habría tratado con sujetos de las peores casas, así que rápidamente se sentaron y fueron directos al grano. Vamos a ver si nos entendemos señor Melchor, usted es uno de los Reyes Magos, ¿cierto? preguntó el sicario sin todavía salir de su asombro. Cierto, respondió directo el monarca. Me habían llegado rumores de que eran ustedes pura invención, añadió divertido el sicario con una mueca de incredulidad en su cara. Bueno verá, ya sabe usted que últimamente se dicen muchas cosas sobre la monarquía y tengo que decirle que muchas de ellas no son ciertas, la mayoría incluso me atrevería decir que no lo son. En este caso, sin lugar a dudas, le diré que todo aquel que le diga que nosotros no existimos simplemente miente o no sabe lo que dice, aclaró el monarca con gesto serio y voz profunda, dejando claro su malestar por esa duda existente entre la población. Suerte que los niños creen en nosotros con fe ciega.

El monarca dejaba claro su punto de vista mientras el sicario lo miraba circunspecto, casi con un atisbo de veneración por ver a aquel viejo carcamal que hablaba con la pasión que él había perdido hacía mucho cuando, de pequeño, pasó de jugar con unos destartalados juguetes a disparar una Glock en cuestión de semanas. Ahora, aquel hombre que había sido el destinatario de todos sus deseos durante su infancia y por el que ya había dejado de creer hacía demasiado se plantaba frente a él dejándole claro que no sólo existían si no que además eran tan reales como él mismo. Se le erizó la piel justo antes de preguntarle: y bien ¿qué puede hacer un hombre como yo por ayudar a los mismísimos Reyes Magos? La pregunta quedó en el ambiente como flotando, a la espera de que su receptor juntara las suficientes fuerzas para responderla. Tragó saliva, respiró hondo y sin meditarlo más espetó: queremos que acabe usted con el viejo pedófilo, alcohólico y filibustero de Santa Claus.

Los ojos del sicario se salieron de sus órbitas. Se produjo un instante de confusión hasta que Melchor retomó el mando de la conversación. Ese tipo es pura escoria, un sujeto de lo peor que sodomiza elfos y renos por igual. Un ser que no merece que los niños crean en él, es gordo, le huele el aliento a rayos y, me consta, que es un bebedor empedernido. No sabría decirle si, además, es un ludópata empedernido, pero no me extrañaría tratándose de alguien que atesora tantas “virtudes”, dijo Melchor poniendo énfasis en esa última palabra. La cara del sicario era un poema. No sabía si aquello se trataba de una broma o era real como la vida misma. A ver si nos entendemos señor Melchor, ¿quiere usted que mate a Santa Claus? preguntó casi sin creer su propias palabras. Exactamente, sentenció el Rey, tal cual lo ha oído, rápido, sin mucho dolor, un tiro entre ceja y ceja, y a poder ser mientras esté jugueteando con Rudolph, para que así la escena sea aún mas grotesca. El monarca ya se estaba imaginando la foto a pie de página en el periódico, lo veía con toda claridad. Imaginaba la sangre y los restos del gordo y de su reno de nariz roja esparcidos por doquier. Casi se le escapó la risa.

Oiga pero, dijo el sicario interrumpiendo los pensamientos reales, ¿qué les ha hecho él para que le tengan esa animadversión? En la cara de Melchor se leía la irritación por aquella pregunta, ¿que qué ha hecho dice? ¿le parece poco que el referente para los niños sea un sodomita de renos y enanos vestidos de verde además de un alcohólico? ¿Le parece poco que fuera encarcelado hace un tiempo por esos comportamientos abominables? ¿o le parece poco el instrusismo profesional de este individuo de tres al cuarto? Clama al cielo esa obstrucción a los profesionales del negocio. Ese tipo no es más que un estafador. Un mero producto de márketing reciclado que va por ahí en trineo tirado por el tal Rudolph, un reno de nariz roja y brillante. ¡Patrañas! dijo el Rey indignado. Nosotros los Reyes Magos sí somos un ejemplo para los niños, terminó diciendo. Está bien, está bien, no se me altere Majestad que le sube la presión y a su edad eso nos puede dar un susto, dijo el sicario intentando tranquilizar al Rey. En sus ojos se veía que el abuelo se había exaltado más de la cuenta hablando de Santa Claus.

Los dos hombres se miraron. El sicario sopesaba el trabajo y sus complicaciones y el Rey esperaba impaciente a que éste le diera un sí quiero. El sicario tuvo ciertas dudas ya que el trabajo era más complicado de lo que parecía a priori. Santa Claus tenía un ejército de elfos cabrones que seguro que le complicarían la vida llegado el caso. La mujer de Santa no sería un problema ya que su pesaba una tonelada. Los renos podían ser un estorbo también. A pesar de eso, estaba dispuesto a hacerlo, sería un reto en su carrera y tendría el honor de haber matado al gordo. ¿Y dónde debería cometer el asesinato? preguntó el sicario. La palabra asesinato no me gusta, digo Melchor ante la cara de estupefacción del sicario. El trabajo, continuó con un eufemismo, debería realizarse el 24 de diciembre por la noche, justo antes de que el pederasta salga como siempre a repartir sus regalos con Rudolph y el resto de la manada. El 24 de diciembre, se repitió el sicario para sí mismo, mal día para trabajar. ¿Y qué pasará con todas las ilusiones de los niños que deberían recibir esos regalos? preguntó. Bueno, eso está controlado, nuestra maquinaria de producción de juguetes está en marcha desde hace meses produciendo mucho más de lo acostumbrado, así que los Reyes Magos se harán cargo de llevar la felicidad a los hogares de todos esos niños, respondió el monarca dejando sin palabras a su acompañante.

¿Y dónde vive al tal Santa? preguntó el sicario. Santa, respondió ya más tranquilo Melchor, vive en Rovaniemi, un pueblucho de mala muerte en Finlandia, cerca de Círculo Polar ártico. Coño, exclamó el sicario, ¿usted sabe el frío que hace ahí? Sí, hace un frío del carajo, dijo el Rey, tendrá usted que ir bien abrigadito, dejó caer Melchor viendo un asomo de duda recorrer la mirada del sicario. ¿Y del dinero qué me dice? preguntó el sicario. Bueno, eso va a ser lo más sencillo, en mi maleta traigo una buena cantidad de oro, incienso y mirra, dijo Melchor. ¿Oro, incienso y mirra? preguntó incrédulo el sicario, ¿majestad, en qué siglo se quedó usted? puede llevarse todo lo que no sea oro de vuelta a su desierto, dijo el hombre molestando en cierta medida al Rey. Pero éste colocó la maleta sobre la mesa y la abrió, mostrando una indecente cantidad de oro además del incienso y la mirra que el sicario ni siquiera vio. Los ojos del criminal salieron de sus órbitas al ver aquel oro. Melchor detectó la avaricia en su mirada y aprovechó para preguntarle: ¿esto bastará para convencerlo? Majestad, dijo el sicario levantándose de su silla y ofreciéndole la mano al Rey para sellar su trato, prepárese para hacer horas extras la noche de Navidad, al gordo psicópata ese de rojo le quedan horas de vida porque hay una bala que lleva su nombre.
 
Fin.
¡Feliz Navidad!

 
 
J. Coltrane