Cali, Colombia, 15 de Diciembre de 2011
El golpe de calor que sufrió al abrirse las puertas del avión lo dejó casi sin sentido y lo sacó del letargo provocado por el sueñecito del que recién despertaba gracias al sonoro impacto del tren de aterrizaje sobre el irregular asfalto de la pista del aeropuerto de Cali. Sintió como la alta temperatura lo envolvía cuando el aire caliente y húmedo contactó con su anciana cara. Rápidamente comprendió que su vestimenta no había sido la mejor elección para aquel destino y que gran parte de lo que llevaba en la maleta le serviría de bien poco durante su estancia en aquella ciudad. Aunque aquel viaje no había sido improvisado, nadie cayó en la cuenta de que al otro lado del mundo la temperatura y la humedad iban a ser muy diferentes a las que por aquellos días corrían en pleno desierto.
La temperatura le dio un respiro cuando pasó a través del finger y accedió a la terminal del Aeropuerto Internacional de Cali. Se sintió cansado porque las dos escalas y las innumerables horas de vuelo le pasaban factura a su edad. Hubiera querido parar, tomar aire no reciclado en exceso y descansar un poco, pero el retraso del vuelo le obligaba a no perder tiempo. El 25 de diciembre se acercaba y no había tiempo que perder. Caminó por el pasillo sintiendo la pesadez de sus piernas y siguiendo las señales llegó a la zona de recogida de equipajes. Dirigió una mirada rápida a los monitores para descubrir que su equipaje aparecería en la cinta más lejana de todas. Secó el sudor que le habían producido sus últimos pasos y continuó, maleta en mano, hasta la cinta donde esperaba ver salir su gran maleta roja.
Cuando cruzó la puerta de salida no tardó ni un minuto en ver a la persona que portaba una pequeña pizarra donde vio escrito su nombre. ¿Señor Melchor? le preguntó. Yo mismo, respondió el monarca de la barba blanca con amabilidad. Yo cargo su maleta señor, dijo el chófer casi quitándole la maleta de las manos al pobre viejo. Sintiéndose mucho más aliviado siguió a su contacto en Cali hasta el aparcamiento mientras sorteaba al gentío que entraba en la terminal escapando del sofocante calor. En pocos segundos andaban por entre los coches aparcados hasta que el chófer se detuvo junto a un viejo y destartalado VW que, pensó Melchor, podía tener fácilmente 20 años. Tenga cuidado con la maleta, indicó Melchor al chófer para que éste intentara no golpearla. Descuide señor, dijo éste dándole un sonoro golpe al equipaje. Una vez la maleta estaba a buen recaudo se sujetó la túnica, se acordó de los muertos del chófer y entró con cierta dificultad en el interior de la tartana.
En el interior del vehículo el calor era aún peor. Sin aire acondicionado el aire caliente que entraba por las ventanillas apenas aliviaba la sensación de sofoco que sentía. Hubiera querido afeitarse aquella barba blanca si hubiera podido pero, pensó, en las frías noches del desierto camino de Belén le era de gran utilidad para mantener el calor cerca de su cuerpo. Pero en Cali, con más de 30 grados y una humedad del 100% era algo de lo que hubiera podido prescindir. Mientras estaba absorto en sus pensamientos el motivo de su viaje volvió a cruzar su mente. Él no había sido el que más a favor estaba con aquella decisión aunque la apoyaba sin fisuras, los tres Reyes Magos habían votado y el resultado no dejaba lugar a dudas. Había que tomar medidas para sortear aquel difícil momento y evitar aquel intrusismo profesional que les estaba dejando sin trabajo Navidad tras Navidad. Tras debatirlo con Gaspar y Baltasar llegaron a la conclusión de que sólo una medida de urgencia podía separarles de la jubilación.
Había sido Baltasar, el jodío, el que más a favor se había posicionado de aquella medida extrema para elimiar de raíz el problema, así que él mismo había tirado de algunos hilos para llegar a dar con la persona a la que él iba a ver ahora. El contacto, la persona en cuestión, era un sujeto de la peor calaña pero de una profesionalidad intachable y con un currículm de muerte y destrucción espectacular, según le había dicho el propio Baltasar, añadiendo que todo estaba listo para que se encontraran y le pusiera al caso de la jugada que pretendía el trío Real. Por las fechas en las que estaban, cercana ya la Navidad, no podían desplazarse los tres a Colombia, así que se jugaron a piedra, papel o tijera quién iba de viaje para tener aquella reunión al margen de la ley. El agraciado que tuvo que viajar hasta la otra punta del mundo fue el viejo Melchor, que tras tantas horas de vuelo le dolían hasta de las pestañas.
El VW siguió acelerando por una carretera que ya había dejado atrás la ciudad hacía algunos minutos. Ahora la vegetación se hacía espesa y cualquier vestigio de vida se hacía más difícil de encontrar cada kilómetro que recorrían. Respiró y sintió que el aire había perdido todo rastro de contaminación. En aquel rato apenas había cruzado unas pocas palabras con el conductor, que extrañamente no demostró mucho interés en lo que pudiera explicar Su Majestad. Lo único que le había dicho es que era cachaco, es decir, de la capital, especificó cuando vio en la cara de Melchor que no entendía la palabra. A cambio, éste, le indicó que él era persa, como las alfombras, dijo intentando parecer gracioso. Como no obtuvo respuesta ni gesto alguno del chófer decidió no intentar entablar ninguna clase de conversación con aquel sujeto, así que se recolocó en su asiento y simplemente intentó no pensar en nada.
Cuando el coche tomó un desvió y empezó a internarse por un camino entre la espesa vegetación Melchor supo que no faltaba mucho para llegar al destino. Un pocos metros más allá el VW frenó con fuerza y se encaró al portón de una caserío de estilo colonial. De color ocre y con los ventanales oscuros se quedó ensimismado con aquel lugar. Ni por casualidad se parecía al modesto lugar en el que vivía él con los otros Reyes. Eso sí era un palacio y no lo que tenían ellos, pensó mientras se abría la gran puerta metálica y aparecía una docena de tipos trajeados y armados hasta los dientes. Uno de los cuales se acercó a la puerta del vehículo y la abrió para que el Rey, con gran dificultad, pudiera salir del viejo VW. A pesar de que era un Rey Mago la edad no perdonaba y tenía la espalda hecha un guiñapo por los rigores del desierto. Puto desierto, pensó. De día un calor de mil narices y de noche un frío de pelotas, ya no estoy para estos trotes. Así lo raro era no tener mal algo más grave. Si un día se jubilaba se compraría una mansión como aquella, la adornaría con lacayas de peli porno y se limitaría a contarles cuentos todo el día.
J. Coltrane
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