Pues ésta ha sido una noche de trío. Bueno, de chaparrón musical y de
agua y de trío. Pero no de uno de esos guarros de mete y saca, no, hoy
la cosa iba de música, de la buena, de la de sacarse el sombrero y de la
de pellizcarse para asegurarse a uno mismo que lo que está viendo no es
un sueño, sino que la gente que tienes frente a tus ojos dale que te
pego con sus instrumentos sabe lo que se hace y además lo hace de cine.
El trío en cuestión, el del Marcin Wasilewski, ha sido para el que
suscribe una de las grandes sorpresas de la edición número 43 del
Festival Internacional de Jazz de Barcelona que, una vez más, está
siendo bastante pobre en lo que a cartel se refiere.
Recuerdo perfectamente el momento en que escuché por primera vez la música de Marcin Wasilewski. Fue en París. Andaba yo por la capital del país vecino tras una jornada de training en la empresa que recién estrenaba cuando entré en la FNAC de los Champs Elysees a ver qué se cocía en aquel lugar. Al acercarme a la zona de Jazz escuché las notas del piano de Wasilewski de su disco January. Me dejó en estado de concentración máxima, así que dejé correr un poco el tema y me llevé el disco convencido de que aquel iba a ser una de mis pequeñas maravillas musicales. Y así fue, Januery era genial, y por ese motivo me compré al cabo de un tiempo Trio, el primer disco para ECM y por tanto editado a nivel mundial.
Así pues, el pianista polaco apareció con unos minutos de retraso sobre
el escenario de Luz de Gas y tardó nada menos que cuarenta minutos en
decir esta boca es mía. Una vez más la cutre discoteca en la que nunca
te dejan entrar si no estás un rato buena y a poder enseñas carne fue el
lugar elegido para tan magno concierto. Y una vez más salí pensando que
parece mentira que una ciudad como la nuestra no tenga un espacio de
calidad y de tamaño reducido donde escuchar música y con una buena
acústica en el que, ya de paso, uno no tenga que oir cómo el camarero de
la barra de atrás sirve una copa, se intenta ligar a la camarera o se
le rompe una vaso de cristal. En fin, sea como sea, la disposición del
trío en el escenario fue la correcta y éste quedó bañado por una luz
entre azulada y morada a la espera de que sonaran las primeras notas.
El trío salió serio y rápidamente pudimos apreciar todos que entre Marcin Wasilewski y, por ejemplo, Richard Clayderman hay varios mundos de distancia y una duda razonabe en lo que al asesinato por motivos humanitarios se refiere. Empezando con que uno tiene una calva reluciente y el otro unos pelos de miedo, y siguiendo con que mientras Clayderman te duerme con sus fraseos azucarados y en extremo melódicos, Wasilewski se adentra en complicados y ricos caminos sobre los que se mueve como pez en el agua acariciando las teclas del piano, y casi se diría que hasta mimándolas, acercándose a ellas en posturas imposibles para mirarlas de cerca, de tú a tú, con una sutileza admirable y sin ataques excesivamente exagerados para crear un ambiente que me dejó impresionado sencillamente porque eso no es fácil con sólo tres instrumentos y ninguno de ellos electrónico.
Lo que también me dejó impresionado es cómo se las gasta el amigo en lo
que a genio se refiere. Quizás fue la nota curiosa de la noche. En un
momento del concierto, mientras arrancaba un íntimo tema sin
acompañamiento, fue objeto de un fusilamiento sin compasión por parte de
dos fotógrafos que se acercaron a la primera fila de la platea a
inmortalizarlo tocando. Yo, como estaba cerca, pude oír claramente los
infinitos clicks de las cámaras, y claro, el pianista también, y
no le hizo ni puñetera gracia que le distrajeran en medio de un solo.
Así que se giró a la vez que tocaba y dirigió una mirada que, si
mataran, hubiera acabado con el dúo de fotógrafos en el acto. Y ellos
siguieron click click. De nuevo se giró sobre ellos aún más
cabreado y entonces éstos, con cara de tierra trágame, pillaron la
indirecta y dejaron de disparar hasta mejor ocasión.
He visto muchos pianistas de fraseo mucho más rápido que el que nos
ocupa, como por ejemplo Cyrus Chestnut, que recuerdo que me dejó con la
boca abierta por la velocidad a la que tocaba. Quizás porque Wasilewski
ha bebido de distintas fuentes más clásicas en vez de otras más Jazz y
góspel, pero el polaco crea una música íntima y atmosférica, por lo que
contiene el ritmo hasta que lo explota y entonces te das cuenta que si
quiere puede acceder a terrenos muchos más complicados y intrincados
todavía. Pero su intención es claramente la de crear un ambiente en el
que sentirse cómodo. En su mayoría juega con las teclas de las octavas
medio altas mientras que las bajas las olvida casi por completo.
Centrándose en dos o tres octavas en su mayor tiempo es como logra crear
una atmósfera en el que su base rítmica tiene mucho que ver.
Tanto Slawomir Kurkiewicz y Michal Miskiewicz, músicos de nombre
impronunciable si no has vivido desde pequeño en Varsovia, exploran al
máximo los sonidos que sus instrumentos les permiten. El bajo acústico o
con el arco y la batería, que es golpeada en todas las maneras
posibles: con baquetas, con mazas o con escobillas. Todo siguiendo el
patrón de calidad que marca Wasilewski. Un patrón que por otra parte te
apetecería escuchar una y otra vez porque es pura música con sello ECM y
tiene esa sonoridad tan típica de la discográfica germana. Incluido el
disco que estaba promocionando, Faithful, que como viene siendo
norma me compré al finalizar el concierto para irlo degustando en casa
sin prisa pero sin pausa. Así que una vez acabado el directo queda
sentarse a escuchar Faithful con tranquilidad para descubrir todo lo que guarda el Trío de Wasilewskiescondido en él.
J. Coltrane
J. Coltrane



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