16 de noviembre de 2011

Marcin Wasilewski Trio en Barcelona

Pues ésta ha sido una noche de trío. Bueno, de chaparrón musical y de agua y de trío. Pero no de uno de esos guarros de mete y saca, no, hoy la cosa iba de música, de la buena, de la de sacarse el sombrero y de la de pellizcarse para asegurarse a uno mismo que lo que está viendo no es un sueño, sino que la gente que tienes frente a tus ojos dale que te pego con sus instrumentos sabe lo que se hace y además lo hace de cine. El trío en cuestión, el del Marcin Wasilewski, ha sido para el que suscribe una de las grandes sorpresas de la edición número 43 del Festival Internacional de Jazz de Barcelona que, una vez más, está siendo bastante pobre en lo que a cartel se refiere.



Recuerdo perfectamente el momento en que escuché por primera vez la música de Marcin Wasilewski. Fue en París. Andaba yo por la capital del país vecino tras una jornada de training en la empresa que recién estrenaba cuando entré en la FNAC de los Champs Elysees a ver qué se cocía en aquel lugar. Al acercarme a la zona de Jazz escuché las notas del piano de Wasilewski de su disco January. Me dejó en estado de concentración máxima, así que dejé correr un poco el tema y me llevé el disco convencido de que aquel iba a ser una de mis pequeñas maravillas musicales. Y así fue, Januery era genial, y por ese motivo me compré al cabo de un tiempo Trio, el primer disco para ECM y por tanto editado a nivel mundial.

Así pues, el pianista polaco apareció con unos minutos de retraso sobre el escenario de Luz de Gas y tardó nada menos que cuarenta minutos en decir esta boca es mía. Una vez más la cutre discoteca en la que nunca te dejan entrar si no estás un rato buena y a poder enseñas carne fue el lugar elegido para tan magno concierto. Y una vez más salí pensando que parece mentira que una ciudad como la nuestra no tenga un espacio de calidad y de tamaño reducido donde escuchar música y con una buena acústica en el que, ya de paso, uno no tenga que oir cómo el camarero de la barra de atrás sirve una copa, se intenta ligar a la camarera o se le rompe una vaso de cristal. En fin, sea como sea, la disposición del trío en el escenario fue la correcta y éste quedó bañado por una luz entre azulada y morada a la espera de que sonaran las primeras notas.

El trío salió serio y rápidamente pudimos apreciar todos que entre Marcin Wasilewski y, por ejemplo, Richard Clayderman hay varios mundos de distancia y una duda razonabe en lo que al asesinato por motivos humanitarios se refiere. Empezando con que uno tiene una calva reluciente y el otro unos pelos de miedo, y siguiendo con que mientras Clayderman te duerme con sus fraseos azucarados y en extremo melódicos, Wasilewski se adentra en complicados y ricos caminos sobre los que se mueve como pez en el agua acariciando las teclas del piano, y casi se diría que hasta mimándolas, acercándose a ellas en posturas imposibles para mirarlas de cerca, de tú a tú, con una sutileza admirable y sin ataques excesivamente exagerados para crear un ambiente que me dejó impresionado sencillamente porque eso no es fácil con sólo tres instrumentos y ninguno de ellos electrónico.


Lo que también me dejó impresionado es cómo se las gasta el amigo en lo que a genio se refiere. Quizás fue la nota curiosa de la noche. En un momento del concierto, mientras arrancaba un íntimo tema sin acompañamiento, fue objeto de un fusilamiento sin compasión por parte de dos fotógrafos que se acercaron a la primera fila de la platea a inmortalizarlo tocando. Yo, como estaba cerca, pude oír claramente los infinitos clicks de las cámaras, y claro, el pianista también, y no le hizo ni puñetera gracia que le distrajeran en medio de un solo. Así que se giró a la vez que tocaba y dirigió una mirada que, si mataran, hubiera acabado con el dúo de fotógrafos en el acto. Y ellos siguieron click click. De nuevo se giró sobre ellos aún más cabreado y entonces éstos, con cara de tierra trágame, pillaron la indirecta y dejaron de disparar hasta mejor ocasión.

He visto muchos pianistas de fraseo mucho más rápido que el que nos ocupa, como por ejemplo Cyrus Chestnut, que recuerdo que me dejó con la boca abierta por la velocidad a la que tocaba. Quizás porque Wasilewski ha bebido de distintas fuentes más clásicas en vez de otras más Jazz y góspel, pero el polaco crea una música íntima y atmosférica, por lo que contiene el ritmo hasta que lo explota y entonces te das cuenta que si quiere puede acceder a terrenos muchos más complicados y intrincados todavía. Pero su intención es claramente la de crear un ambiente en el que sentirse cómodo. En su mayoría juega con las teclas de las octavas medio altas mientras que las bajas las olvida casi por completo. Centrándose en dos o tres octavas en su mayor tiempo es como logra crear una atmósfera en el que su base rítmica tiene mucho que ver.


Tanto Slawomir Kurkiewicz y Michal Miskiewicz, músicos de nombre impronunciable si no has vivido desde pequeño en Varsovia, exploran al máximo los sonidos que sus instrumentos les permiten. El bajo acústico o con el arco y la batería, que es golpeada en todas las maneras posibles: con baquetas, con mazas o con escobillas. Todo siguiendo el patrón de calidad que marca Wasilewski. Un patrón que por otra parte te apetecería escuchar una y otra vez porque es pura música con sello ECM y tiene esa sonoridad tan típica de la discográfica germana. Incluido el disco que estaba promocionando, Faithful, que como viene siendo norma me compré al finalizar el concierto para irlo degustando en casa sin prisa pero sin pausa. Así que una vez acabado el directo queda sentarse a escuchar Faithful con tranquilidad para descubrir todo lo que guarda el Trío de Wasilewskiescondido en él.



J. Coltrane