Oyes, qué bien montado tienen el tenderete algunos. Ya es bien verdad que más
vale caer en gracia que ser gracioso. Y es que hay gremios que por obra
del espíritu santo se pasan la bendita competencia y el libre comercio,
o como se llame a la libertad de las empresas de poner precio a lo que
venden, por el lugar ese que está cerca de donde el arco del triundo se
torna peludo. En otros gremios, en cambio, la batalla es a cara de perro
y si te gusta bien y si no también, que fabricando el China o en la
India a manos de tiernos infantes y a precio de chichinabo podemos poner
unos precios de risa, competir y aún y así ganar una pasta a costa del
sufrido consumador. Pero cuando hablamos de farmacias y fármacos la cosa
cambia, con la Iglesia hemos topado y aquí no se mueve ni Dios.
Ojito
a la escena. Aprovechando que en mi trabajo tenemos unos maravillosos
beneficios sociales, de esos que te derrites de gusto, me dirigí a la
farmacia de la esquina porque me habían dicho en la oficina que los
precios para los que trabajamos en mi maravillosa compañía son de lo
bueno lo mejor. El descuento es de nada menos que un increíble 10%. Así
que ni corto ni perezoso entro en la citada y bonita farmacia sin dejarme cegar por
la estridente luz del verde neón que colgaba de su entrada dispuesto a
dejarme seducir por las ofertas que sólo nosotros podemos disfrutar. Me
acerco al señor facultativo y, con el debido respeto, le pido que si
tiene a bien darme un potecito de esos para cuando me pican los ojos y
así evitar que me los saque en una pérdida de papeles antes de lo deseado.
Una
vez el señor farmacéutico se mete en la rebotica, esa donde no quiero ni
saber lo que se traginará con la señora farmacéutica cuando a media tarde no
entre ni Dios, se acerca medicina en mano para cobrarme el frasquito de
marras a precio de como si lo hubiera ido a buscar a la China a nado. Entonces
aprovecho que pasa por el escáner la cajita y le digo que nosotros, los
que trabajamos en la marca ACME tenemos un descuento del carajo en esa
botica y que si sería posible que me lo aplicara como mandan los
cánones. Y oyes, o el amigo notó cómo se quebraba mi voz pidiendo el
descuentito o, pardiez, me tomó por el pito del sereno por pedir aquello en
plena crisis. Así que mientras me miraba catatónico me espetó, con una
sonrisa socarrona, que lo del descuento no iba a poder ser.
¿Qué
te chupe qué? le dije yo sin levantar mucho la voz para que no me oyera
el resto de la clientela y dejándose llevar por la algarabía reinante pidieran
a gritos una succión gratuita a la par que desestresante. Sí, dijo, los descuento
para los amigos de la marca ACME son para todo lo que se vende en la
farmacia menos para los medicamentos. Tócate los huevos, como si a la
farmacia fuera uno a comprar melocotones. Y remató diciendo que hacer
descuento sería competencia desleal, el hijoputa. Y ahí me cayó una
lágrima. Competencia desleal, empecé a repetirme varias veces para
procesar el asunto. Competencia desleal. Así que me giré y miré a ver
qué me podría yo comprar en una farmacia y que no tuviera nada que ver con
medicamentos. Y la lista no era muy larga. Potitos variados de frutas y
carne, juanolas, chupetes, pañales, condones y algún champú de esos de
farmacia que cuesta un huevo. Ah, y unos Fisherman’s Friend. ¡Qué fuerte!
Cuando
la lágrima llegó a la comisura de mis labios saqué la lengua para
reciclarla y, para mis adentros y aunque me supo mal porque ellas siempre
pillan, me cagué en las señoras madres de todos los farmacéuticos del
mundo. Así del tirón y sin acritud. Hay que joderse, pensé, resulta que
hoy en día quien más quien menos está inmerso en una encarnizada batalla
por ofrecer ofertas suculentas para comprar esto y aquello y, en
cambio, los farmacéuticos y por ende las empresas farmacéuticas tienen
la cara dura de decirte que no, que no va a poder ser, que ellos
descuentos no hacen y que eso de los descuentos es de cabrones y que el precio se paga tal
cual pone en la cajita, sin rebajas de ninguna clase, que si quieres
Juanolas vale, pero que lo que cura se paga como Dios manda.
Así
que oyes, el chollo que tienen montado las empresas del sector es de
tres pares de pelotas. No sólo cuando te cuelan millones de vacunas de
la gripe del pollo sin que puedas decirles que se las metan donde
puedan en caso de que finalmente no te hagan falta. No, el negocio va más
allá porque está bendecido, in nomine patris, por la coyuntura
gubernamental habida y por haber, y que a la postre es la que recibe las
mejores succiones del gremio en cuestión. Y claro, así el bisnes va de
cine. Ni rebajas, ni hostias. Y todos a mirar a otro lado, como tiene que ser. Y si todos los
gremios hicieran lo mismo estábamos apañados. El del automóvil, el de la
electrónica o el de la construcción, por ejemplo, podría pasar que se
cuadraran y acabaran del tirón con eso del libre mercado y entonces nos la
podrían meter doblada cuando compráramos un coche, una tele o un
castillo en Villabotijos de Arriba.
Total,
que salí de la farmacia dándole vueltas al coco y echando humo. Iba
pensando que la próxima vez les compraría la cajita su puñetera madre, pero luego
caí en la cuenta de que si no fuera a esa farmacia tendría que ir a otra
en la que estaríamos en las mismas con un precio exactamente igual, por
lo que la penetración de la que había sido objeto no iba a ser la
única, por lo que era mejor que al menos la disfrutara. Competencia desleal,
seguía yo diciéndome mientras caminaba hacia el trabajo. Mientras
algunos las pasan jodidas por la dura competencia que hay en este mundo
capitalista de mierda otros, en cambio, viven mejor que quieren y tienen
una flor en el trasero. Te dicen que no te pueden hacer un mísero
descuento porque si no las otras farmacias pondrían el grito en el
cielo. Y oyes, para decir eso hay que tener mucha cara dura o ser muy hijo de
puta. Una de dos. O incluso las dos.
J. Coltrane
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