16 de octubre de 2011

Torturas Postmodernas

A estas alturas del fin de semana ya sólo quiero que sea lunes y que me dejen ir a la oficina, sentarme en mi silla, ponerme música y ver cómo me van cayendo los emails y con ellos marrón tras marrón en fila india durante todo el día. Y es que no me diréis que no. Si los chinos, que para esto son muy cabrones, o los americanos de Guantánamo, que déjalos correr también, se lo pensaran fríamente, adoptarían estas nuevas y modernas formas de tortura psicológica, física y económica en menos que canta un gallo. A mí no me digas que esto es bueno para el cuerpo y evidentemente menos para la cartera. Cuando a un servidor le soplan los planes y le sueltan la bomba “¿vamos a IKEA?”; se le hiela la sangre, se le ponen los pelos como escarpias y hasta preferiría una bota malaya o, si me apuras, que me clavaran astillas de palmo por debajo de las uñas.

Y claro, ese es el motivo por el cual en pleno domingo y tras 5 días de “vacaciones” estoy hecho una braga y me duelen hasta las pestañas. No he parado quieto y como ya no tengo edad para muchas fiestas pues ahora lo pago con mi cuerpo en rompan filas. A pesar de la preparación psicológica que conlleva ir a IKEA y que uno lo medita y se conciencia durante días, incluso semanas, para semejante momento al final lo pasa mal quiera o no. Y es imposible que no sea así. Le das vueltas en casa, camino del súper, en el metro mientras te roban la cartera y al final le preguntas a la almohada a ver qué dice, y ésta, como es normal porque es muy sabia, se descojona en tu cara y te dice que tú mismo, que si te la quieres jugar que luego no le vengas con lamentos.

Por eso, justo después de despertarte de semejante pesadilla, sudando e hiperventilando, ya sabes que una vez más el IKEA no va a ser un paseo triunfal ni mucho menos. Pero ya no te puedes echar atrás porque ya has dicho que oui a tu amada esposa y a media familia para ir a pasar un entrañable día de compras, así que te empiezas a hacer a la idea que te van a golpear, te van a pisar, quizás incluso te insulten y que vas a hacer una cola de padre y muy señor mío. Y olvídate de preguntar algo a alguna de las amables señoritas de atención al cliente porque te va a salir barba a la espera de que termine con los veintisiete clientes que la van a rondar a la espera de lanzarse a su yugular como vampiros de ciudad en cuanto tengan la menor oportunidad.

Pero bueno, vas a coger al toro por los cuernos y, como buen macho que eres, pues venga, todos de excursión al IKEA a comprar cosas inútiles pero baratas, que al final es lo que cuenta. Te lo has pensado bien y te dices a ti mismo que esta vez será diferente, que yendo en viernes a primera hora, cuando apenas hay gente, seguro que hasta será divertido lo de ir a IKEA. Craso error. Inocente. Así que le pones una vela a San Pancracio y piensas que sí, que vas a encontrar la madre de todas las ofertas además de todas esas cosas que necesitas para la casa mientras haces eslálom entre los otros sufridos compradores. Y además lo vas a hacer todo en menos de 5 horas y sin golpearse con el resto de aguerridos compradores que han sucumbido al poder de la marca sueca.

Porque en IKEA no importa lo que compres. De hecho IKEA es la tienda más rara en la que he estado nunca porque tiene la extraña capacidad de hacer que en vez de comprar lo que necesitas acabes necesitando lo que compras, lo que te hace buscarle un lugar en la casa a algo que no esperabas comprar, que no necesitas y que además, mires donde mires, no tienes donde poner. Así que primero se compra y luego se le hace sitio en casa. Con un par. Lo importante es aprovechar la oferta, da igual lo que sea, porque oyes, está tan barato que ya cambiaremos la distribución del piso entero si con ello podemos acomodar aquel pequeño y barato artilugio de decoración fabricado en China por manos expertas que nos ha vuelto locos hasta perder la chaveta en el pasillo 26, sección 19, estante 14, fila B, costado derecho, y allí un poco patrás.

Total, que una vez en la tienda y cuando miras a tu alrededor no puedes creer que sólo haga 15 minutos que han abierto las puertas, y entonces te das cuenta que una vez más te has equivocado y que no aprenderás nunca. El lugar ya anda hasta la bandera y tú vuelves a estar rodeado por una marabunta enloquecida, estresada y gritanera que, catálogo en ristre, corre dispuesta a todo para pasar una maravillosa mañana de viernes gastando una pasta larga. La sangre se te hiela, el corazón te funciona a intervalos, una gota de sudor resbala por tu frente y la vista se te nubla, crees ver doble, pero no, es que hay gente por todas partes. Te miran, extrañados, porque te saben ajeno a todo aquello y todo te da vueltas sintiendo sus miradas clavadas en ti hasta que te sientas; respiras; y cuentas hasta N+1 diciéndote que sólo van a ser un par de horas de agonía y luego todo habrá terminado.

Pero desgraciadamente con IKEA no es así. Cuando te quieres dar cuenta ya llevas tres horas allá y en tu reloj no paran de caer los minutos unos tras otros. Y entonces, para rematar la faena y darle otra alegría a tu cuerpo, el párking deja de ser un regalo sueco y empieza a cobrarte religiosamente, así que intentas meter todas las cajas en el coche, si puedes y caben. Quieres pagar y salir corriendo sin mirar atrás para terminar con aquella tortura. Pero la realidad, con la crudeza que la caracteriza, te pone siempre en tu sitio a base de hostias. Porque cuando al llegar a casa cierras la puerta creyendo que todo ha terminado miras a tu alrededor y entonces es cuando ves todas aquellas cajas pidiendo a gritos que las abras para montar lo que contienen. Y en ese momento es cuando te quieres morir o, en su defecto, quemarlo todo.

Así que bueno, a estas alturas de la película, y tras el gasto, en vez de quemarlo todo he decidido pasar este fin de semana montando muebles y cambiando cosas de sitio para acomodar todo lo sueco. Después de seguir los manuales de montaje puedo decir que domino el sueco de estar por casa. También puedo decir que el recuento de daños a estas horas es el que sigue: manos rojas y doloridas que han perdido su suavidad natural, dedo casi negro por doble y certero golpe de martillo pilón, lumbago pidiendo a gritos un receso, agujetas en ambos brazos por la carga indiscriminada de pesos sobrehumanos y muslo con morado deluxe por el impacto contra uno de los muebles de nueva adquisición. Vamos, que estoy listo para irme al hogar del jubilado. Así que oyes, si esto no es una tortura postmoderna que baje Dios y lo vea. Y ya de paso que me monte los muebles.



J. Coltrane

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Jo! Pues este viernes me toca a mi. Visto lo visto creo que me compraré unas barritas energéticas para estar preparado.