Aunque torres más altas han caído, ya casi puedo asegurar que de ésta no salgo con los pies por delante como más de un malnacido quisiera. Días después de una intervención crítica para mi vida estoy mejor, me voy recuperando y, en breve, que se prepare el mundo porque pienso salir a la calle a olerlo todo. La verdad es que mi desvirgamiento en cuestión de hospitales ha ido de narices. Mejor empezar así que con una intervención a corazón abierto. No es de macho decirlo, pero oyes, no voy a negar que yo estaba un poco tenso con todo el show del hospital. Normal, te llaman a comulgar casi 4 horas antes de que empiece la fiesta y llegas allá sin saber si vas a volver a ver la luz del sol o no. Así que esas horas de tensa espera que te ponen de los nevios y ya sólo quieres que venga el camillero y te diga que maricón el último.
Así que tras la espera me enviaron a la sexta planta para instalarme en el que iba a ser mi hogar por una noche. Luz ténue, muquita chilaut y paredes de diseño. Tras limpiar mi habitación de los restos del paciente anterior que descansaba ya en paz tras una complicada operación de fimosis en grado superlativo entré a reconocer el terreno y tras ver que no habían restos fósiles del sujeto en cuestión desembarqué todo mi maletamen consistente en cepillo de dientes, desodorante y un par de gallumbos recién lavados y almidonados con pericia por si el exceso de anestesia liberaba mis esfínteres y liaba la de Dios es Cristo en pleno postoperatorio.
Estando ya situado y mientras la tensión iba in crescendo corriendo desbocada por mis venas apareció una señorita que finamente me vino a decir que me despelotara a la de tres y que me fuera preparando y me pusiera ya el traje de batalla, que en cualquier momento me venían a buscar dos fornidos camilleros y, por mucho que corriera, de aquello no me salvaba ni Dios. Quisiera o no iba a acabar en la -1 en manos de un cirujano remendón que me iba a poner mirando pa Cuenca. Como obediente que es uno le dije que no faltaba más y me vestí para la ocasión con una ropa interior tan erótica y traslúcida como la que se trajina la Duquesa de Alba en sus noches más locas. Una bata azul de tela que en su retaguardia no dejaba nada a la especulación y un bonito gorro de papel remataba una facha de película de muy bajo presupuesto.
Espero que cuando sea famoso y deje la informática por el showbisnes no se filtre a la prensa ninguna de las imágenes de aquel momento tan gore porque mi reputación de dandi quedaría por los suelos. En fin, que una vez vestido para ir de carnaval y tras esperar un buen rato apareció el señor de la camilla con cara de “o te subes o te subo”, así que yo me subí. Y con esas me despedí de mi mujer y mis padres que lloraban a moco tendido y pañuelo en mano y no dejaban de regalarme palabras de lo buen hijo y mejor marido que es el que suscribe. Tiene que estar uno con un pie en el mas allá para que le reconozcan sus méritos. En fin, que el polluelo marchaba sin saber si lo volverían a ver y el efecto era absolutamente lacrimógeno. Así que bajamos a la -1 en el ascensor de línea con una pareja que pasaba por allá. Hola, ¿qué tal?, pues ya ves, aquí, tirando la tarde.
Y empezó la fiesta. Llegué a una zona llamada de transfer. Mis pocos conocimiento de la lengua de Steven Seagal me fueron suficientes para atar cabos: me iban a transferir, rollo paquete, a otra zona del convento para continuar con el proceso operatorio. Se abrió una ventana a prueba de gordas y me pasaron al otro lado, donde me esperaba otro tipo pero éste ya con la cara tapada, lo que me hizo desconfiar. Si se la tapaba sería por algo. ¿Por qué se escondía aquel sujeto? En fin, le hubiera dado algunas vueltas más al asunto pero un terrible olor a carne quemada llamó la atención de todos mis sentidos. Aquello parecía un crematorio de las SS. El olor a churrasco era reconocible a lo lejos. Gritos no se oían pero aquello olía a chamusquina. Hay barbacoa y yo con estos pelos, pensé.
Desde que crucé la zona de transfer lo que sí noté fueron los 25 grados menos que minaban mi moral por momentos. Suerte que me echaron una manta zamorana por encima, porque si no igual ya no me hubiera hecho falta la anestesia para abrir mi cuerpo serrano. Yo no quería ni sacar mis pinrelillos por miedo a congelación de primer grado. Así que de ahí me llevaron a la zona de inducción. En la que me tuvieron, induciéndome, durante casi una hora nada menos. Total, que ahí me pusieron un catéter previa búsqueda de unas venas que no aparecían por ningún lado y me midieron la tensión unas ochenta y siete veces. Y entonces apareció el taimado anestesista. Y lo primero que hizo el amigo fue lavarse las manos haciéndome firmar de cualquier manera un papelito que venía a decir que, de cascarla con el menú del día, él quedaba absuelto de cualquier cargo, que la culpa era toda mía por haber dicho que sí, y que a quién se le ocurre. Una vez enterado de que con el liquidito del frasco me jugaba el pescuezo me sacaron por la tangente y camino de quirófano.
Todo estaba listo para que empezara la fiesta. Yo intentaba levantar la cabeza para echar un vistazo al lugar y lo cierto es que todo daba muy buena pinta. Todos los cacharros esos de los médicos estaban muy limpios y no había sangre ni vísceras por ningún lado, que siempre es de agradecer. Entonces me pusieron una mascarilla con oxígeno, me avisaron del pelotazo que se me venía de frente y en cuestión de segundos perdí el oremus y me preparé para encontrarme con San Pedro. Tiré de fondo de armario para rezar algo rápido y al no encontrar nada me quedé frito en cuestión de segundos. Noté que me iba y sólo sentí un leve murmullo hasta que perdí la poca consciencia que tengo. Fue como pillar un pedo en grado sumo. Si la cosa iba mal lo próximo que vería sería la luz al final del túnel. Y ya después, supongo, estaría la entrada al paraíso y el lugar donde escoger mis vírgenes y luego la eternidad y todo esos rollos.
Pero no, después de un lapso de tiempo que los médicos estimaron del orden de una hora, me desperté con el amargo sabor de los cachiporrazos de un médico cabrón que me metía un tubo por la boca acompañado de un despierta, despierta con mucha mala leche. Ya estaba en la sala de reanimación, que es donde a los pobres desgraciados nos llevaban para devolvernos a la vida. Como todo estaba muy fresco todavía esperé hasta que movieron mi camilla para subirme como un triunfador a la suite en donde me esperaba toda mi afición. Llegué por la puerta grande y con un narizón de mil pares de pelotas y me dejé agasajar por los míos. Entre vítores, queremos un hijo tuyo y viva la madre que te parió aquellos a los que había visto alejarse pañuelo en mano horas atrás me daban ahora la bienvenida y no se creían el buen aspecto que tenía un servidor. Un aspecto de narices, por otra parte.
J. Coltrane
Así que tras la espera me enviaron a la sexta planta para instalarme en el que iba a ser mi hogar por una noche. Luz ténue, muquita chilaut y paredes de diseño. Tras limpiar mi habitación de los restos del paciente anterior que descansaba ya en paz tras una complicada operación de fimosis en grado superlativo entré a reconocer el terreno y tras ver que no habían restos fósiles del sujeto en cuestión desembarqué todo mi maletamen consistente en cepillo de dientes, desodorante y un par de gallumbos recién lavados y almidonados con pericia por si el exceso de anestesia liberaba mis esfínteres y liaba la de Dios es Cristo en pleno postoperatorio.
Estando ya situado y mientras la tensión iba in crescendo corriendo desbocada por mis venas apareció una señorita que finamente me vino a decir que me despelotara a la de tres y que me fuera preparando y me pusiera ya el traje de batalla, que en cualquier momento me venían a buscar dos fornidos camilleros y, por mucho que corriera, de aquello no me salvaba ni Dios. Quisiera o no iba a acabar en la -1 en manos de un cirujano remendón que me iba a poner mirando pa Cuenca. Como obediente que es uno le dije que no faltaba más y me vestí para la ocasión con una ropa interior tan erótica y traslúcida como la que se trajina la Duquesa de Alba en sus noches más locas. Una bata azul de tela que en su retaguardia no dejaba nada a la especulación y un bonito gorro de papel remataba una facha de película de muy bajo presupuesto.
Espero que cuando sea famoso y deje la informática por el showbisnes no se filtre a la prensa ninguna de las imágenes de aquel momento tan gore porque mi reputación de dandi quedaría por los suelos. En fin, que una vez vestido para ir de carnaval y tras esperar un buen rato apareció el señor de la camilla con cara de “o te subes o te subo”, así que yo me subí. Y con esas me despedí de mi mujer y mis padres que lloraban a moco tendido y pañuelo en mano y no dejaban de regalarme palabras de lo buen hijo y mejor marido que es el que suscribe. Tiene que estar uno con un pie en el mas allá para que le reconozcan sus méritos. En fin, que el polluelo marchaba sin saber si lo volverían a ver y el efecto era absolutamente lacrimógeno. Así que bajamos a la -1 en el ascensor de línea con una pareja que pasaba por allá. Hola, ¿qué tal?, pues ya ves, aquí, tirando la tarde.
Y empezó la fiesta. Llegué a una zona llamada de transfer. Mis pocos conocimiento de la lengua de Steven Seagal me fueron suficientes para atar cabos: me iban a transferir, rollo paquete, a otra zona del convento para continuar con el proceso operatorio. Se abrió una ventana a prueba de gordas y me pasaron al otro lado, donde me esperaba otro tipo pero éste ya con la cara tapada, lo que me hizo desconfiar. Si se la tapaba sería por algo. ¿Por qué se escondía aquel sujeto? En fin, le hubiera dado algunas vueltas más al asunto pero un terrible olor a carne quemada llamó la atención de todos mis sentidos. Aquello parecía un crematorio de las SS. El olor a churrasco era reconocible a lo lejos. Gritos no se oían pero aquello olía a chamusquina. Hay barbacoa y yo con estos pelos, pensé.
Desde que crucé la zona de transfer lo que sí noté fueron los 25 grados menos que minaban mi moral por momentos. Suerte que me echaron una manta zamorana por encima, porque si no igual ya no me hubiera hecho falta la anestesia para abrir mi cuerpo serrano. Yo no quería ni sacar mis pinrelillos por miedo a congelación de primer grado. Así que de ahí me llevaron a la zona de inducción. En la que me tuvieron, induciéndome, durante casi una hora nada menos. Total, que ahí me pusieron un catéter previa búsqueda de unas venas que no aparecían por ningún lado y me midieron la tensión unas ochenta y siete veces. Y entonces apareció el taimado anestesista. Y lo primero que hizo el amigo fue lavarse las manos haciéndome firmar de cualquier manera un papelito que venía a decir que, de cascarla con el menú del día, él quedaba absuelto de cualquier cargo, que la culpa era toda mía por haber dicho que sí, y que a quién se le ocurre. Una vez enterado de que con el liquidito del frasco me jugaba el pescuezo me sacaron por la tangente y camino de quirófano.
Todo estaba listo para que empezara la fiesta. Yo intentaba levantar la cabeza para echar un vistazo al lugar y lo cierto es que todo daba muy buena pinta. Todos los cacharros esos de los médicos estaban muy limpios y no había sangre ni vísceras por ningún lado, que siempre es de agradecer. Entonces me pusieron una mascarilla con oxígeno, me avisaron del pelotazo que se me venía de frente y en cuestión de segundos perdí el oremus y me preparé para encontrarme con San Pedro. Tiré de fondo de armario para rezar algo rápido y al no encontrar nada me quedé frito en cuestión de segundos. Noté que me iba y sólo sentí un leve murmullo hasta que perdí la poca consciencia que tengo. Fue como pillar un pedo en grado sumo. Si la cosa iba mal lo próximo que vería sería la luz al final del túnel. Y ya después, supongo, estaría la entrada al paraíso y el lugar donde escoger mis vírgenes y luego la eternidad y todo esos rollos.
Pero no, después de un lapso de tiempo que los médicos estimaron del orden de una hora, me desperté con el amargo sabor de los cachiporrazos de un médico cabrón que me metía un tubo por la boca acompañado de un despierta, despierta con mucha mala leche. Ya estaba en la sala de reanimación, que es donde a los pobres desgraciados nos llevaban para devolvernos a la vida. Como todo estaba muy fresco todavía esperé hasta que movieron mi camilla para subirme como un triunfador a la suite en donde me esperaba toda mi afición. Llegué por la puerta grande y con un narizón de mil pares de pelotas y me dejé agasajar por los míos. Entre vítores, queremos un hijo tuyo y viva la madre que te parió aquellos a los que había visto alejarse pañuelo en mano horas atrás me daban ahora la bienvenida y no se creían el buen aspecto que tenía un servidor. Un aspecto de narices, por otra parte.
J. Coltrane
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