Seguramente el que lea esta historia creerá que son tonterías. Incluso mucha gente que nunca se le ha puesto la piel de gallina escuchando un buen disco o que simplemente le da igual si suena esto o aquello no la entenderá. No entenderá la mística y el arte que hay detrás de un hobby que sin duda marcó mi juventud y en gran medida espero que siga marcando mi vida en el futuro. Quizás hasta es normal que mucha gente no entienda esta historia debido al maltrato que ha sufrido y sufre el arte de la música, por haberla convertido en un simple producto más con el que cualquiera se atreve y que sin duda la está matando o consumiendo inexorablemente. Ya hace mucho que dejó de ser exclusiva de una élite de personas que la estudiaba, la entendía y la amaba.
Pero esta en si misma es la historia de una discoteca. Pero no una discoteca de esas donde se escucha música parrandera mientras se mueve el esqueleto y se taladra a la sujeta de tu lado, no, ésta es una discoteca de las de verdad, de las que tienen discos, muchos discos, y en la que coleccionar discos es tan placentero como sentarse después a escucharlos mientras uno lee el libreto y se entera de porqué esto se grabó así o aquel músico fue escogido para aquella sesión en vez de aquel otro. Algunos de los discos son buenos, otros menos buenos y unos pocos son geniales, irrepetibles y pequeñas obras maestras que han marcado mi vida. La historia, la de esta discoteca, la de mi discoteca, empezó hace más de 20 años, pero se empezó a definir allá por el año 1991, que es el punto de partida de lo que acontece.
La historia tiene un sentido y una forma porque la discoteca se ha gestado durante dos décadas y porque tras este tiempo tiene en su haber más de 1000 discos, cifra que acabo de sobrepasar con las últimas adquisiciones. Desde unos inicios un tanto confusos, intentando encontrar un estilo definido en el que centrarme, hasta ahora que ya el Jazz se ha consolidado y asentado desde hace mucho como el epicentro sobre el que gira casi todo mi espectro musical. Supongo que por proximidad y por facilidad primero fue pop. Después, por casualidades de la vida fue la música new age que me sirivió para apreciar la música instrumental de una forma sencilla y relajada. Y de ahí el primer gran golpe de efecto que vino de mano del Jazz Fusión.
Ese fue quizás el momento más importante de todos. Básico porque en aquel entonces andaba un servidor fervoroso de asimilar y procesar toda la música que llegara a mis oídos y buscaba un estilo que me diera todo lo que yo quería. El Jazz moderno aunó aquellas necesidades y se convirtió en un fiel compañero de viaje de calidad como sólo la música puede ser. Devoré discos, aproveché la llegada de internet, busqué en las radios, leí libros y lo más importante, escuché música todas las horas libres de mis días. Y empecé a mezclar esa pasión por el Jazz añadiéndole otros estilos que aportaban mucho y que sumaban importantes cosas a las carencias que en algunos momentos le encontraba a mi música preferida.
Y entonces llegó el Soul, el Funk y el Acid Jazz, en todas sus versiones y opciones siempre que fueran inteligentes y me resultaran interesantes. Y al Soul de antes le añadí los nuevos valores que llegaban por el horizonte y los fusioné creado nuevos sonidos con mayores matices. Y volví al pasado para deleitarme con una música, el Funk, que por algún motivo un día alguien pensó que había pasado de moda y que ya no valía para la radio. Y a mí me cautivó y me dejó sin aliento escuchar a los grandes del Funk, aquellos que, a diferencia de ahora, tenían un gran respeto por la música y hacían lo que hacían con la pasión del que ha estudiado y ha aprendido desde la base. Aquellos dieron a la música de aquella época una nueva dimensión en lo que a popularidad se refiere porque no olvidaron la calidad en ningún momento.
Entonces me apeteció mezclar un poquito más. Y al Jazz le puse algo de electrónica, cambiando el sonido clásico por algo más moderno y también sumamente interesante. Y muchas veces todo fue por pura casualidad. Cuando internet no era todavía parte de nuestras vidas la única manera que uno podía conocer nuevas propuestas musicales era aventurarse a comprar lo que fuera por motivos de lo más variopintos. Así pues compré discos mirando quién tocaba en ellos o quien lo producía y por tanto esperando tal o cual sonido; también me arriesgué con adquisiciones por pura atracción visual de la portada; o comprando las novedades que veía en la tienda o incluso dejándome asesorar por los vendedores de la tienda de discos.
Pero aquello fue hasta que llegó internet y se popularizó su uso. Entonces las cosas cambiaron rápidamente y, sin dejar de visitar mis tiendas preferidas, empecé a sentarme frente a la pantalla de mi ordenador buscando e informándome sobre las novedades musicales, lo que me permitió reducir el número de errores y ahorrar dinero para luego gastarlo en discos más interesantes. El problema es que la mística de ir a la tienda de discos murió poco a poco en el momento en el que por internet pude encontrar todos los discos que quería y que ni siquiera eran o iban a ser publicados en España. Pero con ello prácticamente se terminó la ilusión de pasar disco tras disco esperando que el siguiente en caer fuera el que buscaba o, mejor aún, uno que ni esperaba encontrar.
Así que poco a poco se fueron añadiendo más guindas a este pastel musical. Diferentes opciones. Algunas pinceladas de flamenco, de swing, de gospel e incluso de folk americano. Pero sobre todo me decidí a centrarme en el Jazz clásico, el de toda la vida, el que lo empezó todo y el que da sentido a todas esas músicas que crecieron junto a él. Y así los discos de Charlie Parker, John Coltrane, Ella Fitzgerald, Bill Evans, Miles Davis, Louis Armstrong, Ben Webster, Billie Holiday y muchos otros de los más grandes llenaron poco a poco esta discoteca, enriqueciendo su sonido y haciéndola aún más completa de lo que ya era. Esos geniales músicos hicieron grande un estilo de música que a pesar de haber sido y ser maltratado habitualmente por los medios atesora una calidad y una clase que para un servidor no tiene comparación con ningún otro estilo de música.
Y así hemos ido creciendo juntos durante todo este tiempo. En 20 años, con todos sus días soleados y sus días lluviosos, la discoteca ha ido creciendo hasta llegar a este punto en el que se ha cruzado la barrera de los 1000 discos, cifra de cuatro dígitos que he querido rebasar con una de mis joyas de la corona. El disco en cuestión es una edición especial de cuatro discos y un libreto de impresión de Verve que contiene una recopilación de los mejores temas de dos de mis compositores preferidos interpretados, quizás, por la mejor cantante de Jazz de todos los tiempos: Ella Fitzgerald Sings the George & Ira Gershwin Song Book. Esa y no otra era la mejor manera de cerrar un círculo que empezó allá por 1991 y que ahora, en 2011, define una historia repleta de música y de buenos momentos. Esa es la historia de los veinte primeros años de una discoteca. Y que sean muchos más.
J. Coltrane
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