Pues no sé, será que igual al estar en los mayamis tanto tiempo habré perdido el mundo de vista o, simplemente, es que me habré olvidado de lo que pasa en estas carreteras cada cierto tiempo cuando el calor aprieta, la policía se relaja y el populacho se pone palote con el bikini, el tolés, el tanga y el escote ajeno. Está claro que el visitante del Ampurdà está cachondo perdido a día de hoy y la culpa la tienen las jóvenes estudiantes que copan las carreteras de la zona listas para saciar los apetitos más animales del pueblo llano. Enfundadas en telas minúsculas de varias tallas menos de las que deberían se muestran cual bolso en rebajas para que el mejor postor, el que sea y como sea el sujeto, pare a saciar su sed de carne y sudor. Y hay que tener un par, tal y como está el panorama, para ofrecerse así de fácil habiendo tanta gentuza.
La carretera, como digo, está sembrada con jovencitas de más o menos buen ver que vienen del este de Europa y se tuestan al sol del verano mostrándolo casi todo a los sufridos conductores camino de la playa que, al verlas, frenan, miran, comentan, se distraen y, alguno, hasta pierde el oremus mientras su Maripuri regaña al Yonatan porque para variar le está tocando los huevos a su hermana. No veas el peligro que tiene para la circulación ver a las jóvenes en medio del arcén casi en pelota picada a la espera de un coito interruptus a precio de chichinabo. Que me lo quitan de las manos, oiga. Sólo tiene uno que fijarse un poco para darse cuenta que estas lumis de temporada alta producen más frenazos que un radar de la DGT o que un coche de la policía escondido en el arcén de turno.
Aunque son curiosas las formas en las que uno puede ver estas cosas, sobre todo si se mira con los inocentes ojos de un niño. Bueno, al menos de los más pequeños, porque los menos pequeños ya tienen la inocencia hecha unos zorros y seguro que hasta saben el precio del servicio. En fin, según mi sobrino, todo serio y convencido, las putas en cuestión son señoras tomando el sol. Él, como buen crío observador, se pregunta qué hacen ahí todo el día, en bikini, sentadas en una sillita de playa bajo una sombrilla y junto a la carretera. Le parece muy extraño y no deja de tener su lógica. Claro, el chaval se pregunta qué coño hacen ahí tomando el sol si la playa está a tiro de piedra. Yo, rápido como soy, le dije que esperaban el autobús pero no, oyes, los niños no son tontos y rápidamente añadió que de eso nada, que ahí no hay parada del autobús. Para que aprendas, le faltó decirme.
Yo, de todas formas, alucino con el muestrario que se ve por la carretera sin que las fuerzas del orden público hagan nada. O bueno, sí lo hacen, pero a su manera. Porque hace unos días, una de las sillitas junto a la vía estaba desocupada. Cercana a ella, entre los arbustos, más o menos escondido asomaba un lustroso coche de policía que, supongo, estaría de servicio y asumo que, posiblemente, en pleno servicio. Pero ni rastro de la señora lumi ni del señor agente. Nada. Claro, a mí automáticamente me asaltaron las dudas. ¿Estaría el agente del orden en pleno registro? ¿Tendría a la guarrilla esposada? ¿Habría desenfundado su arma reglamentaria? ¿Es así como la policía lucha contra la prostitución? Desconozco los términos del contacto que estarían manteniendo pero me lo puedo imaginar. La pobre pelandrusca debió pensar que otro hijoputa venía a aprovecharse de ella, pero se lo tomó como una inversión para que el negocio no se fuera al garete en plena temporada alta.
Desde luego el negocio va viento en popa. Ayer mismo, sin ir más lejos, corría yo mis kilómetros de rutina por la carretera cuando una de estas estudiantes del este de Europa bajaba del coche de un cliente que tenía cara de haber quedado bien satisfecho. Ya podía volver a casa tranquilo. En lo que el amigo se alejaba con su destartalado utilitario otro joven ardiente paraba a ver si el horno aún estaba para echar otro bollo. Y dicho y hecho. El amigo la subió a su coche sin aún haberle dado tiempo a que recobrara la respiración y desaparecieron camino abajo sin saber con lo que se iba a encontrar. Si tenía suerte cobraría su trabajo sin que la pegaran o insultaran. Si no, pues vete a saber. Luego, un poco de agua por arriba y otra por abajo, y a esperar al siguiente.
Total, que minutos después, cuando ya iba yo de vuelta a casa hecho polvo con la carrerita de las pelotas, otro conductor paró a esperar a que la joven y cotizada lumi terminara su trabajo y se pusiera manos a la obra con él. Como quien espera el autobús. Coño, pensé, no veas la fulana el bisnes que tiene aquí entre los matorrales. No sé si a todas las de la carretera les va tan bien, pero desde luego a aquella le echaba chispas de tanto coito. Se debió sacar un dinerito bien ganado. Aunque desde luego si todo el día había estado llevado ese ritmo fornicador debió acabarlo con el asunto hecho mierda de tanto mete-saca. Lo malo, lo peor del asunto, es que al final el dinero ni siquiera se lo quedará ella. El hijoputa de su chulo, sin pegar palo al agua, aparecerá a última hora a recoger su parte. Y pobre de ella como no haya parte.
Mira que han cambiado las putas. Las de ahora han jubilado a golpe de modernidad a las de antes. Porque antes, en mi barrio, las putas eran señoras de verdad. Eran putas, pero por necesidad y porque lo habían sido toda su vida. Iban vestidas de señoras facilonas, enseñando lo justo para que el cliente imaginara el resto, maquilladas como pilinguis y reclamando un servicio a todo el que se ponía a tiro, pero con originalidad. Pasaban de los 50 como sus clientes y trabajaban de tarde, que es cuando el calor aprieta menos. Ahora, en cambio, la remesa de jovencitas del este las han echado del negocio y de las esquinas con malas artes y competencia desleal. Precios de vergüenza, minifaldas, escotes de escándalo y una juventud que ya pasó hace mucho para las otras, las de toda la vida, las que querían morir siendo putas. Señoras putas. Y así no hay manera de seguir en el negocio, por eso las han retirado a la fuerza, poco a poco, tomando el sol.
En fin, que hay una crisis de cojones pero ya es bien verdad que para algunas cosas siempre hay dinero. Y es que un coito rápido siempre viene bien y además es muy sano, dicen los médicos. Cierto es que a muchos ya les va bien la oferta sexual de las carreteras del Ampurdà, pero para otros, los que no nos interesa el tema o para aquellos que pasan por ahí en coche con sus nenes es una verdadera vergüenza que se permita este negocio a la luz del día, sin la protección necesaria y sin más condiciones higiénicas que un poco de agua en el chichi después de cada cliente. Así no. La que quiera ser puta, de profesión, que lo sea, que pague unos impuestos que hacen mucha falta a este país y que ejerza de puta pero sin explotaciones por parte de terceros, con medidas higiénicas que las protejan pero sin querer formar parte del paisaje. Que está muy bien tomar el sol en bikini y ser puta, pero la carretera no es el mejor lugar ni para lo uno ni para lo otro.
J. Coltrane
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada