Ahora que por fin me llega la sangre a la cabeza con normalidad puedo ya confirmar a mi gran audiencia cibernética que la familia Cebolleta ha puesto la famosa pica en Flandes. Hemos superado el reto, que nos ha costado un huevo, y hemos vuelto vivitos, coleantes y victoriosos. Nos fuimos en estado de excitación máxima debido a la adrenalina que produce hacer turismo y oyes, aquí estamos en perfecto estado de revista días después. Si además, se te ocurre la peregrina idea de hacer turismo familiar y llevarte a 14 sujetos, padres, niños, abuelos y demás, entonces el subidón es tal que no sabes si vas a salir de esa vivo o con los pies por delante. Pero a las pruebas me remito. Salir de esta aventura hemos salido. El único problema es que esta semana la he pasado en estado vegetativo por el desgaste sufrido. He sido un alma en pena, arrastrándome por las esquinas para recobrar las energías perdidas, pero ha valido la pena para poder decir que esta familia ha puesto, como se proponía, una pica en Flandes.
Así que era de esperar estar hechos unas bragas belgas después de las caminatas de estos días que han sido casi inhumanas. No sé cómo no ha habido alguna que se ha sentado y ha dicho que a tomar por saco, que de ahí no la movía ni Dios. Han sido horas y horas de paseo por todos los rincones de las dos ciudades más bonitas de Bélgica y por su capital. Pero paseo del duro, de ese que te paras cada 20 metros a entrar en una tienda o donde sea. Ese es el paso más duro que uno puede dar cuando hace turismo, y siendo 14 y con un buen puñado de mujeres, pues imagínate. Aunque esta semana he podido recuperar en peso parte de lo invertido en las calles belgas he perdido allá algunos kilos que no me sobraban precisamente. Y no será porque la comida belga no alimente. No hay más que ver a la hembra nacional pasear chicha para darse cuenta que o uno lo quema rapidito o las grasas de esa comida se anclan a tu cuerpo y no hay Dios que las elimine. Nosotros, con tanto gasto energético, no le hemos dado tiempo a que se sujetara a nuestros cuerpos modelados a la luz de la dieta mediterránea.
No es que quiera, Dios me libre, dejar en mal lugar a los manjares de la cocina belga en estas líneas, no, simplemente quiero constatar la realidad alimenticia del país en cuestión. Una realidad muy triste, por cierto. A ver, las cosas como son, porque si el plato nacional es la patata (congelada) frita bajo un mar de mayonesa o cualquier otro tipo de salsa, y encima te la tienes que comer tirado por la calle porque es típico, con el clima que tienen ahí los amigos pues la tristeza es máxima y entiendes que cuando vienen aquí alucinen con la comida que se come en mi pueblo. Dicho de otra forma, la comida belga sí es muy equilibrada. Pero el equilibrio lo da la perfecta proporción entre lo mala y lo cara que es. Una mezcla perfecta que la convierte en ideal para morir de hambre si uno pasa más tiempo del debido en ese país, o para acabar hecho un tocino si no come con ojo. No ha sido nuestro caso porque en cuatro días no ha habido tiempo de mucho, pero los dramas culinarios que se han montado a la hora de cada comida han sido de padre y muy señor mío.
Comer, lo que se dice comer, hemos comido, pero oyes, cada vez ha sido un despelote mayúsculo. Niños llorando, mujeres por los suelos, desánimo, intentos de suicidio, caras largas, amenazas de diferentes tipos. Ha habido de todo eso cuando daban, según fuera, las 12 del mediodía o las 7 de la tarde y los estómagos empezaban a rugir con fuerza. Entonces se mascaba la tragedia. Había que decidir un lugar donde llevarse algo que comer a la boca y la tensión crecía por momentos. Se palpaba en el ambiente, lo que aderezado con el gris tiempo belga hasta se podía asegurar el drama que se nos venía encima. Poner en sintonía a 14 personas con sus 14 gustos y sus 14 horarios de comida y precios pues es francamente difícil, así que tras una primera debacle, que nos llevó a "cenar" en un McDonalds de Gante, decidimos que a la hora de comer rompan filas y maricón el último. A esa hora que cada uno se apañara y comiera donde le saliera de las narices. Afortunadamente los desayunos estaban incluidos en el hotel y ahí no sufrimos las atrocidades del hambre nada más despuntar la mañana.
De todas formas, es que esta gente no te lo ponen fácil que digamos. No sé si es para joder, pero de momento hay cero cartas en inglés. Y como en casa en general de neerlandés vamos más que justos pues la cosa se ponía difícil en cada comida. Así que cuando uno se acerca a una pizarra y sólo ve cosas escritas en ese bonito idioma se caga en la madre que parió a los amigos y piensa en las pocas ganas que tienen de atraer al turista y de darle facilidades. Uno, en mucho sitios, dispone de cartas en distintos idiomas pero tiene que entrar al local a pedirlas, lo que hace que la cosa se complique. Tampoco te ayudan mucho cuando te ven un grupo grande. Aquí en mi pueblo se te tirarían encima si te vieran con 14 buscando dónde comer, pero allá en Bélgica no. Que no hay mesa para tanta gente, pues mala suerte te dicen desde la barra. En vez de juntar mesas, o decirnos que esperemos un momento que una familia está a punto de acabar, te dicen simplemente que no. Y si te gusta bien y si no también.
Pero es que el servicio no es lo suyo. Los horarios no están diseñados para el turista. Ni de coña. En Bélgica a partir de las 6 tiemblan los comercios y a partir de las 7 agárrate con el resto de cosas. Y a las 9 de la noche échate a llorar que no hay manera casi ni de comer algo, son pocos los sitios que no tienen el “vuelva usted mañana” colgando ya de sus puertas. Y ni se te ocurra querer visitar un lugar turístico más allá de las 5 de la tarde que se descojonan en tu cara. No están preparados para el turismo y eso se nota con los horarios y con el trato al extranjero. Tampoco es que nosotros seamos la repera, desde luego, pero les damos mil vueltas. En fin, ahora que el día es largo y el tiempo, sin ser la fiesta, es mucho mejor, lo lógico es que aprovecharan la llegada “masiva” de turistas y estiraran un poco los horarios para que el turista pudiera disfrutar de más horas de visita así como de las bondades lugareñas. Pero no. Si quieres ver algo vuelve mañana, que a las 10 en punto está abierto.
Así que bueno, estresados no viven precisamente. Y es curioso porque hablan de los latinos, pero el ritmo que llevan los belgas, al menos a nivel de servicio, podría ser equiparable al de los relajados habitantes de las calientes aguas del mar del Caribe. No puede ser que uno pida la cena y ésta llegue en tantas partes como un pelotón ciclista escalando el Tourmalet. Unas cosas para unos, otras para otros, y al final, cuando uno mira el reloj se ha tirado dos horas para comerse una ensalada y una sopa de mierda. O bien 45 minutos esperando a un triste wok teniendo el restaurante al 10% de capacidad. Y no, eso no es de recibo. A todo eso súmale, además, que la simpatía personificada es la de los camareros belgas. Qué majos y que buena gente son, oyes. Siempre atentos a cualquier petición del cliente, simpáticos y con ganas de servir y de convertir tu comida en un rato agradable y que poder recordar. Son rápidos y gentiles. Siempre con una sonrisa en sus caras y unas buenas palabras y gestos para ofrecerte simplemente porque tú eres el cliente y eres lo más importante para ellos. Así da gusto. Si fuera real y no un simple sueño.
J. Coltrane





