15 de marzo de 2012

Por Venecia III

Uno de los bisnes que ya me extraña que los chinos no hayan hecho suyo en Venecia es el de las góndolas, como de hecho ya hacen con todos los negocios del planeta es raro que no le hayan metido mano a éste también. Eso sí, el que no se ha salvado allá, igual que aquí, es el negocio de la restauración, porque en Venecia las trattorias ya no son exclusivamente de cocineros italianos, con lo que la calidad de la comida y la limpieza de las cocinas habrá que verlas. Así pues, como digo, es extraño que no hayan reventado el negocio de la góndola con sus consabidos precios de chichinabo y su calidad consonante. Hubiera tenido su gracia haber visto gondoleros con sus camisetas a rayas y cara de ir estreñidos a manos de una góndola de plástico made un china, con el clásico gatito moviendo su pata y con una rotación que les tuviera trabajando las 24 horas del día los 365 días del año. Mañana, tarde y noche. No hay nada mejor que un buen foco para no acabar naufragando en los canales.

Si los chinos se hubieran hecho cargo del negocio las cosas serían diferentes y los precios se ajustarían a la realidad y además el trato sería muy distinto hacia el cliente. Te recibirían con una sonrisa y te bajarían la cabeza a lo oriental para animarte a subir a su góndola. Sí, señol. No sería como ahora que te ponen cara seria y casi les haces un favor pagándoles un pastón por su servicio marítimo. Los chinos tampoco te darían un paseo de sólo 35 minutos. La verdad es que no sé quién pensó en ese tiempo pero es ridículo. O haces media hora o 45 minutos o vas de cuarto en cuarto, pero 35 minutos no. Otra cosa que seguro un chino nunca te haría sería dejarte con la palabra en la boca cuando te acercaras a preguntarle el precio. Nosotros tuvimos en ese sentido una experiencia curiosa cuando quisimos contrastar los precios de las góndolas que habíamos visto en las guías. Claro, junto a la Plaza San Marcos no es el mejor sitio para ello, pero mira, lo bueno es que visto el precio allá ya sabes que la puñalada en cualquier otro sitio de la ciudad no será peor que esa.

Así que para conocer el precio de la góndola de marras envié a mi secretaria a negociar con el gondolero el servicio en cuestión aprovechando el arte que tiene la susodicha para estos menesteres y, dicho sea de paso, porque la mayor interesada en paseítos era ella. Pero se encontró con que el hijoputa al que se dirigió la dejó con la palabra en la boca porque por su flanco derecho vio acercarse a tres japoneses ramplones de esos que dicen que ya que han venido hasta Europa se van a fundir la VISA a la de tres. Y claro, como los amigos gondolieris saben eso no se cortó ni un pelo y dejó a mi amada con tres palmos de narices y se dio la vuelta para negociar con los japos. Con un par. Yo, que para eso soy el macho del corral, y veía desde la distancia la escena estuve a punto de ir a partirle las piernas y los brazos para que tuviera que hacer sus servicios remando con las orejas o con su palote, pero al final, como además de macho soy muy pacífico, simplemente cogí a mi mujer del brazo y me la llevé a ver a alguno de los otros 2000 gongoleros que había revoloteando a nuestro alrededor y a los que aparentemente nos les venía mal que no viniéramos del Lejano Oriente.

Y mira, cuando el lobo de mar nos dijo que el precio de los 35 minutos era de 130 euros casi me tienen que hacer el boca a boca. Creo que me puse morado, pero ese capítulo no lo recuerdo bien. Sería por la falta de aire y riego sanguíneo. Y es que está claro que uno de los asuntos más espinosos cuando uno viaja a Venecia con su parienta es decidir si góndola sí o si góndola no. O sea, la opción huevón, si uno en aras del romanticismo barato se deja seducir por los cantos de sirenos de los gondolieri, dejándose atracar a remo armado y se sube a la góndola de turno para que un tío con pinta de friki y sombrero de paja le dé un paseo que dura lo que un suspiro. O, la otra opción, si uno es un león y se arma de coraje, se cuadra y le dice a su pareja que no, que de eso nada, que él por sus huevos que no se sube a uno de esos barquitos inestables a tirar el dinero y a pasearse por los canales a la vista de todo quisqui para que el respetable se muera de la risa a tu costa y además te inmortalice rojo como un tomate mientras te pasean por entre los canales. Como podréis imaginar un servidor entró en la categoría de los huevones.

Aunque la verdad es que después de haberme paseado en la góndola famosa y casi haber tirado al agua a nuestro gondolero Pippo un par de veces por nuestros movimientos sobre la cubierta del barquito de mierda para hacernos fotos en ésta y aquella posturita, buscando la toma perfecta, puedo decir que la verdad es que me ha quedado un genial sabor de boca del momento. Os recomiendo que, si me dejáis, lo hagáis. A pesar de ser algo típico de guiris y que no verás a un italiano de la zona pasearse en góndola lo cierto es que está súper chulo. Alguien, de todas maneras, dirá que coño con el Coltrane la pasta que tiene. Parece japonés dirá algún otro envidioso, pero no, nada de eso, simplemente es que como supermercados no, pero góndolas las que quieras en Venecia, nos apartamos un poco del tumulto más tumultuoso de la ciudad y preguntamos a un amable caballero que por cuánto nos llevaba de paseo.

De esta manera, y dudando un poco, que sí sí que si no, ecco capuchino, el amigo nos dijo que el precio oficial de Venecia a día de hoy por 35 minutos es de 80 euros, pero bueno, por ser nosotros y porque estaba más aburrido que una ostra, nos lo dejaba por 70. Supongo que como había llovido a primera hora y en cualquier momento volvía a descargar imagino que Pippo quiso asegurar el pan de sus bambinos y nos hizo un descuento. Bueno, eso o que se le caía la cara de vergüenza de cobrarnos más de los 80 que marca la normativa veneciana. No sé en concepto de qué explicará nuestro amigo de la Plaza San Marcos esa pequeña desviación hasta los 130 eurazos que nos pedía. El hijoputa.

Pero que nadie crea que la subida a la góndola es lo único cara pero que vale la pena en Venecia. No, amigos. El vaporetto también es de cachondeo. Tres euros por un pequeño trayecto. Pero como allá donde fueres haz lo que vieres, pues mira, si por dos billetes de ida y vuelta nos cascaron 12 euros simplemente para cruzar el Gran Canal, que no habrán más de 100 metros de trayecto, decidimos que echando cuentas, con esos 12 euros nos daban barra libre de viajes para darnos unos garbeítos durante un par de días tranquilamente. Y eso hicimos. Sin validar los billetes viajamos varias veces, sin abusar, por el Gran Canal y con la conciencia bien tranquila de haber aportado un dinero bien majo a aquella ciudad tan bonita pero tan cara. Sea como sea, tanto el paseo en góndola como el paseo en vaporetto es un deber en Venecia. Lo que uno ve en esos barquitos a su alrededor vale mucho más que el montón de euros que te cobran como quien no quiere la cosa.



J. Coltrane

10 de marzo de 2012

Por Venecia II

Aunque eso de ver tan poca gente por la noche es un puntazo para el turista veneciano, a mí me dejó mosca. No sé, yo tuve la sensación que todo era un engaño. Un decorado. Una mentira rodeada de agua. Venecia tiene gato encerrado. A mí estos espaguetis no me la dan con queso parmesano. Los rotos, los desconchados, las cosas, todo abosultamente está roto que sí pero que no. Está todo muy bien roto, con mucha vista, y eso me hizo desconfiar. Y el remate fue en el momento en que este resabido turista quiso comprar una botella de agua en el súper para darle cambiazo al San Pelegrino del minibar de la habitación que sólo costaba 5 euros. Como me moría de sed acabé abriendo la botella y luego me las vi y deseé para encontrar un supermercado donde comprar otra San Pelegrino de 450 ml a precio terrenal. Misión imposible.

Como me quedé con las ganas de encontrar un súper empecé a atar cabos y entonces entendí que aquella ciudad era de mentira. ¿Dónde se supone que la clásica mamma italiana compra su penne, su pesto y su harina y su tomate para hacer pizzas? Pues en Venecia no, ni de coña. No hay manera de encontrar un establecimiento normal en la ciudad de los canales, todo es tiendecita pija para endosarle algo al turista a precio de turista, pero para el sufrido veneciano raso el día a día se tiene que hacer muy duro en esa ciudad. Por eso y porque mantener una casa rodeada de agua tiene que costar un fortuna imagino que los venecianos habrán dicho que sí, que muy bonita, que mucho arte y mucho niño muerto, pero que a tomar por saco, que donde esté la tierra firme que se quiten los jodidos canales y sus subidas de la marea. Se conoce que más de uno ha ido a hacerse la siesta a la habitación y se ha despertado flotando en el salón.

Claro, con tantas dificultades añadidas a la ya de por sí dura vida que tienen las gentes pues cuando cae la noche los trabajadores de la ciudad marchan de vuelta a la vida real donde todo suele estar seco y donde un tropezón no te mete de cabeza en un canal de agua turbia. En Venecia por la noche no queda ni el tato. Si uno mira hacia los edificios, con cuidado de no acabar en un canal, ve poquísimas luces encendidas y con la sensación de no haber el típico movimiento de gentes. Lo normal: basuras, propaganda, restos varios y demás. Como por ejemplo restos flotando por los canales, que me gustaría a mí saber cómo hacen lo venecianos con los submarinos cuando tiran de la cadena. No se ve un triste submarino flotando por los canales, y eso, sin duda es claro indicio de que el veneciano de toda la vida se fue hace mucho para no volver o, en todo caso, volver para asestarle un golpe directo a las carteras de la turistada.

Así que si vais a Venecia en la maleta llevaros algún suplemento alimenticio porque las cosas básicas quedan lejos y rodeadas de agua. A saber, una frutería, una carnicería, una tienda de electrodomésticos; y si me apuras, una peluquería para hacerte la permanente. Lo típico. Esas cosas que la gente hace en su día a día. Pero no, en Venecia no verás un establecimiento de ese tipo. Nada. Si uno quiere gastarse pasta en Venecia dándole a la Visa sólo lo podrá hacer comprando ropa y artículos de decoración, como el cristal de Murano, a precio de oro y/o comiendo en restaurantes, algunos mejores que otros, pero nunca comprando en el súper, en una papelería, en una ferretería o en la pescadería de la esquina, básicamente porque no hay. Manda huevos.

Los amigos del diseño tienen unos precios que ni en Rebajas. Eso sí, entre la belleza del lugar y lo que uno ve en las tiendas se dejaría una fortuna por entre las calles de la ciudad. Nosotros en estas fechas pillamos justo el final de la temporada de rebajas, pero oyes, ni así. Cuando uno ve que los zapatos de marcas que no ha visto en su vida pasan de costar 450 a 300 euros, pues mira, un descuento de película y seguro que con una calidad que te cagas, pero siguen siendo 300 euros del ala. Para él y para ella, eso allá da igual. Yo aún no echo gota después de ver esos escaparates y ponerme palote con esos vestiditos chumineros que parece que son moda este año. Serán cortos de tela pero largos de precio.

No sé. A mí me parece todo un poco extraño. Y tengo mi propia teoría. Los italianos, que saben que la gente babea por sus diseños, han hecho una campaña de márketing de película que nos deja a la altura del betún al resto de los países del mundo mundial, con excepción de los franceses, que también nos la han sabido colar con gracia y con mucho savoir faire. Y con la gracia, los amigos, los unos y los otros, se permiten el lujo de poner esos precios de tarjeta roja y expulsión directa a sus productos. Vamos hombre. El truco es fácil y lo usan básicamente ellos y los franchutes. Con el mero hecho de llamar a una marca con un nombre italiano o francés ya parece que tenga que ser de padre y muy señor mío. Que si Marco Paquetti, Luis Putón, Moninno, Salvatore Melagarra, Bruno Banani y un largo etcétera de compañías que igual hacen ropa de la calidad de otras menos macarrónicas pero como tienen ese acentito te crujen vivo y te la meten doblada por donde más te duele.



J. Coltrane

4 de marzo de 2012

Por Venecia I

Si esto hubiera pasado aquí en mi pueblo nos descojonaríamos en estéreo. Porque esto vendría a ser como si un turista, italiano sin ir más lejos, llegara a Barcelona y se dirigiera a una oficina de turismo, mapa en ristre, para hacer las cuatro preguntas típicas sobre la ciudad y sus cosas y así obtener algunas respuestas para poder ir de aquí para allá antes de que con esa cara de guiri le roben en el metro o en las Ramblas. En ese momento, cuando pidiera a la atenta señorita de atención al turista desorientado la dirección exacta del Santiago Bernabeu, para echar un vistazo rápido más que nada, y porque ha visto en las noticias que es lo mejor de la ciudad, dejaría a la amable señorita sin echar gota. Ella le diría, eso sí, en un perfecto catalán de Barcelona nivel C, que nosotros para esto somos muy nuestros, que eso del Santiago Bernabeu es un lugar fuera de los confines de ésta nuestra ciudad y que aquí hay muchas cosas pero ninguna con ese nombre ramplón. Osti tú.

Y nuestro patinazo fue del estilo. Nosotros llegamos a la oficina de turismo convencidos de que Romeo y Julieta se amaron, balcón de por medio, en alguna de las innumerables plazas o calles de la bella ciudad de los canales y el olor a cloaca. Hombre, yo lo leí en el internete, y aunque ni eso es garantía de nada ni tenía indicios anteriores sobre que "Los amantes de Venecia" existieran como tal pues oyes, le di credibilidad a una información a todas luces más falsa que un gondolero japonés. Claro, cuando al agradable macarroni le soltamos que "dónde está el balcón de Romeo y Julietta" el tipo se quedó de pasta de moniati y nos dijo que allá balcones los que quisiéramos pero ninguno en el que Julieta pusiera palote a Romeo con su almibarada palabrería de enamorada de teleserie venezolana. Eso sí, por si las moscas, el señor preguntó a su colega de información si conocía el asunto de los supuestos amantes venecianos, a lo que ella, impertérrita, dijo que allá había tantas pistas de Romeo y Julieta como canales había en Roma.

Imagino el cachondeo y el jolgorio que debió haber en aquella oficina a nuestra salida. Emails, mensajes de texto, llamadas a amigos. Sería un descojone a nuestra salud. Yo bajé la cabeza, rojo como un tomate, y casi salí corriendo, acordándome de la página web donde había visto, o creído ver, que los amantes Romeo y Julieta eran de Venecia. Mal encaminado no iba, ya que eran de la vecina Verona, pero entre la una y la otra hay poco más de 100km que marcaban la diferencia. Seguro que los tortolitos alguna vez se habrían pasado por el lugar, pero venecianos lo que se dice venecianos ni eran ni se habían amado en las cercanías. Sea como sea, ese centenar de kilómetros y pico los podrían haber hecho tranquilamente en el tiempo que nosotros tardamos en llegar desde Marco Polo al centro de Venecia con el veloz servicio del Alilaguna. Línea azul, concretando.

El servicio de marras es el que conecta el aeropuerto con el centro del pueblo pasando a la velocidad de la luz por otros varios lugares unidos entre sí formando el camino más largo del mundo. Entre la vuelta que te dan y la velocidad que lleva el barquito en cuestión estuvimos a punto de pedir que pararan máquinas que nos íbamos nadando. Si sacas la cabeza por el Alilaguna ni te despeinas, a lo sumo te llevarás alguna gotilla de las transparentes aguas de la laguna veneciana. Los buques, de última generación, surcan el mar dejando tras de sí sólo a los que van a nado, porque el resto de embarcaciones, como los preciosos taxis te pasan a toda castaña saltándose las indicaciones de velocidad máxima. Total, que allá metidos como sardinas, echando un ojo a nuestras maletas que quedaron en la entrada del bote, nos tiramos hora y media de auténtica tortura medieval. 

Por fin, cuando uno baja a tierra, cosa que en Venecia precisamente no es fácil, y mira a su alrededor sólo ve gentes, miles y miles de ellas. Es increíble. La Plaza San Marcos es un bullicioso hervidero de personas y japoneses. Hay por todas partes, de lo uno y de lo otro. Pero a pesar de las gentes la belleza del lugar es absoluta. Yo, de todas maneras, la recomiendo especialmente de noche. Venecia es una ciudad muy segura por la que uno puede pasear sin miedo a cualquier hora, así que sin temor a que le dejen a uno en pelotas entre medio de los canales lo mejor es irse a la Plaza San Marcos de noche y verla en estado puro, casi sin gente ni japoneses, y así poder sentir que uno está en Venecia y no en un mercado nipón. 

Otra ventaja de ver la ciudad de noche es que muchos de los turistas que visitan Venecia duermen en Mestre o incluso más lejos para ahorrarse unos eurillos. Normalmente el precio de la estancia suele ser mayor en la ciudad que en los alrededores, así que cuando cae la noche las calles quedan bastante vacías porque gente que duerme fuera de Venecia debe marchar antes de que el último tren deje la ciudad. Así que Venecia de noche queda exclusivamente para los que duermen en ella, y la diferencia es muy grande. Pasear ya no es un problema como durante las horas centrales del día. Pero en cualquiera de sus dos formas, de noche o de día, es un verdadero placer pasear por Venecia y disfrutar de su ambiente y de sus canales. Venecia es como un gran decorado y mire uno donde mire siempre ve alguna cosa digna de fotografiar. Plazas, calles, canales, iglesias, todo es de cine. Incluso las tiendas distribuidas por toda la ciudad son de puro diseño italiano.



J. Coltrane

20 de febrero de 2012

Una Caperucita Que Da Asco

Se conoce que cuando el lobo feroz se encontró con Caperucita en el bosque y le estaba dando un poco de carrete antes de hincarle el diente se le cayeron los huevos al suelo. Cling, cling, cling. Primero ya le pareció rara la faldita que llevaba la niña. Aunque él la recordaba por debajo de las rodillas ahora apenas le tapaba la parte baja del escote, lo que a sus ojos la hacía aún más apetecible. El escote apenas había existido como él lo recordaba pero ahora le provocaba un dilema. No sabía si meterle un bocado en una pata de las que quedaban a la vista o, por contra, ir directo a la turgencia de aquellos pechotes efervescentes de colegiala de teleserie que prácticamente escapaban de una camisa tan prieta como los tornillos de un submarino. Caperucita estaba con una sonrisa de oreja a oreja camino de casa de su abuelita cargada de viandas varias y de ricos dulces recién horneados que llamaban al festín a todo bicho viviente.

Pero el pulgoso se quedó de pasta de moniato cuando le preguntó a la niñita en cuestión que dónde iba ella tan sonriente por aquel paraje tan desierto y peligroso, con sus coletas y sus cosas, dando saltitos en medio del bosque como sin importarle nada ni nadie, sin temor alguno a los innumerables peligros que allá se escondían entre la espesa vegetación. Ésta, toda picarona y con una caidita de párpados le dijo que iba a lavarse el trijuelo al río, dejando al amigo en estado de shock. El bicho, que no la recordaba tan puta y que en realidad lo único que quería era abrirla en canal antes de ponerla sobre el mantel y, ya de paso, meterle mano a la abuela si se ponía a tiro, se quedó petrificado con el cambio de rumbo que había dado la historia con el paso del tiempo. La virginal caperucita daba la sensación de que más que haber perdido la virginidad había perdido la vergüenza y el recato y había ganado en cara dura. La loba, ahora, era ella.

Cuentos a parte, hace un tiempo, en esta misma bitácora un servidor ya os puso al día de cómo se las gastan las hembras de hoy en día. Pero lo que he visto esta semana por la calle ya clama al cielo, la verdad. Si el lobo no se la encontraba al ver a la de rojo, el que suscribe busca y busca y de momento nada. Porque resulta que la jovial Caperucita del cuento en cuestión se ha transformado en una jovencita moderna y desinhibida que a poco le falta rascarse el paquete, hurgarse la nariz y mear de pie para parecerse aún más a los del ramo de la testosterona. Porque hay que ser cerda de una sola vez. Mira que no es la primera vez veo a una dama de nuevo cuño esputar sin complejos en medio de la vía pública, que cada vez son más las que se animan a probarlo sin recato y sueltan lo más profundo de su ser para gozo de los ahí presentes, pero desde luego es la primera vez que veo a una jovencita menor de edad echar un pollo de aquellas características.

Oyes, me tuve que girar porque no me lo podía creer. Casi se me debió oír el no puede ser. Porque cuando oí a la Yenifer de turno arrastrar topadentro y luego soltar el premio topafuera casi me caigo de culo como el Lobo del cuento de  la Caperucita postmoderna. Ni un abuelo septuagenario con los bronquios en estado comatoso tras cuarenta años de tabaco negro en sus pulmones hubiera podido mejorar aquel esputo sobrenatural. Si hay que ser guarra, la más guarra. La niña lanzó el galipo contra un pobre árbol y siguió su camino tan tranquila. Y yo pensé que si esta edad lanzaba aquellos gargajos qué saldría de su boquita llegados los 50. Si ver a un tío escupir me parece asqueroso ya ni te cuento si la protagonista es mujer. Ellas se ponen al día a toda velocidad. Como dije tiempo atrás, lo bueno de las nuevas generaciones es que han querido parecerse tanto al hombre que hasta han copiado nuestros peores defectos. Y si se tiene que esputar se esputa. Y se es sucia.

Las cosas han cambiado un huevo y lo preocupante es que no son mis padres los que lo dicen. Esto lo he visto yo mismo con estos ojitos que Dios me ha dado. Las mujeres han dejado de ser aquellas damas frágiles y resignadas que eran en otros tiempos para convertirse en muchos casos en verdaderas camioneras con huevos duros como los del Caballo del Espartero. Ahora, además de esa bonita feature de escupir por la calle que tienen muchas, te vienen de serie con la habilidad de hablar como delincuentes, de pelearse como animalas, de gritar como verduleras, de fumar como chinos en quiebra y, además, todo eso con una ingeniosa mala leche que da miedo. Porque estas pavas modernas quitan el hipo. Y es que los niños de hoy son cabrones pero al menos son simples y tontorrones, pero no hay nada más peligroso que una tía con mala leche y la mente retorcida. Esas harían temblar al mismísimo Maquiavelo.

Alguna guarra feminista me dirá que hay que ser machista y cabrón para decir eso sin que me tiemble la tecla, pero oyes, así es como lo veo. Mientras nosotros seguimos enfrascados en una inutilidad absoluta para con algunas de las tareas del día a día y con una forma de ser que a veces roza lo esperpéntico, ellas han dejado todo lo que un día supieron hacer por acercarse al proceder masculino, como si éste fuera digno de imitación. Hay que joderse. Es por ello que alguna de  ellas son ahora cada día más agresivas, cada vez más mal habladas, ya beben tanto o más que muchos hombres y empiezan a ser mucho más vulgares que nosotros. Porque no hay más que ver un poco la tale o pasearse por la calle para ver cómo suben las nuevas generaciones de ellas (y de ellos). La mala leche que se gastan las féminas, sobre todo entre ellas, es de juzgado de guardia.

Así que oyes, el chiste que en su día representaba a la dulce y tierna Caperucita explicándole al lobo feroz que iba a lavarse su trijuelillo al río se vuelve más y más real conforme avanzan las generaciones. Ya no descarto que en generaciones futuras el cuento del Lobo feroz y Caperucita dé un giro de 180 grados y en el mismo sea el propio lobo, con gran corazón, el que vaya a ver a la abuelita enferma porque su nieta no le hace ni puto caso y tenga éste que correr por el bosque perseguido por una Caperucita en estado de histeria absoluta cuchillo en mano y con los ojos fuera de las órbitas, con ganas de rebanar cuellos y de trincar al cuadrúpedo para hacerse un abrigo y un bolso nuevos. Si los tiros no van por ahí que baje Dios y lo vea, porque hay momentos en los que me cuesta ver el cariz que toma el mal llamado sexo “débil” cuando se pone a bajar el listón para parecerse al sexo “fuerte”. De tan moderna que se ha vuelto la Caperucita me da hasta asco.



J. Coltrane

3 de febrero de 2012

La Zorra de la Profesora


Todavía la recuerdo con meridiana claridad. Oyes, a pesar de que sólo me quedan tres neuronas a pleno rendimiento me acuerdo como si fuera hoy de aquel día. Bueno, no sé, igual es que mi cerebro secreta alguna sustancia neurotóxica que hace que me lo saque de la manga. Pero vamos, sea como sea ahora lo veo bien claro. Al recordarlo se me erizan los pelillos del antebrazo y por simpatía incluso se me animan los de algunos de los sitios más remotos e inhóspitos de mi georgrafía corporal. Porque la sujeta en cuestión tenía tela marinera. Nos tenía intimidados, por no decir acojonados, a mí y al resto de una clase que con 6 ó 7 años no nos atrevíamos casi ni a respirar sin que su majestad nos diera el vistobueno. Y es que con ella a la batuta se repartían hostias y gritos a discreción. Se rifaban coscorrones y se regalaban tirones de orejas sin control. Con sus malas artes, sus agresiones y su mala leche iba acojonando a los locos enanos que tenía a mano a base de sopapo y calmante vitaminado. La muy hija de puta.

Y es que hay profesores y profesores. Algunos, pocos, uno los recuerda toda la vida como El/La Profesor/a. Como personas que te han guiado y te han aportado mucho. Pero otros, en cambio, son recordados de otra manera, más prosaica ella, como es el caso de la zorra de la Teresa. La amiga del soplamocos, por suerte para ella, fue maestra en otra época, porque en ésta, que si a los críos les rascas la espalda se te cae el peluquín, pues imagínate lo que hubiera sido si la mula que nos ocupa hubiera aterrizado, léase con sorna, en la docencia y la educación de la época presente. A la que hubiera soltado dos galletas en clase hubiera venido el padre del mocoso a ponerle los puntos sobre las íes y, ya de paso, a devolverle las galletas con saña. Hoy, por suerte, no se permiten esas vilezas de la clase educadora y me parece muy bien, el crío tiene que respetar al maestro, no temerlo. Y el respeto, señora Teresa, no se gana a base de morados, gritos y caras agrias a críos de 7 años.

Aunque lo que a ella más la ponía era gritar. Yo sus alaridos los recuerdo a cámara lenta, seguidos por pequeños esputos radioactivos en forma de capellanes y por una bocanada de aire contaminado que corría a toda velocidad por la clase impactando en nuestros tímpanos y dejándolos a punto de caramelo. Y yo siempre estaba por el final de la clase, pero los de delante habrá que ver cómo irán de sordera a día de hoy. Qué gritos pegaba la "educadora". Siempre he pensado que mi aversión al grito ajeno es por el trauma producido por aquella bestia parda, que siempre tenía un grito a punto que además, si la distancia lo permitía, adjuntaba con un sonoro y certero coscorrón en toda la testa del revoltoso de turno o del que hablara a destiempo y sin la bendición de la caudilla. Teniendo en cuenta que en aquel entonces rondábamos los 6 ó 7 años, quizás 8, se me antoja que el método educativo que utilizaba aquella mujer era tan educativo como el que se usaba en los gulags rusos.

En fin, a lo que iba, que todo sucedió cuando yo no era más que un pequeño saltamontes, tímido donde los haya, y ella, la que centra todas mis iras el día de hoy, una profesora que por su cara bien podría haber ejercido de zorrona de carretera de tres al cuarto, cigarro en mano, a la espera de un cliente con ganas de pasar un mal rato. Ella, la profe, se llamaba Teresa Resta y ejercía de la clásica profesora que todos los alumnos y sus padres odian desde que le veían la cara de amargada que se trajinaba. La ilustre maestra trabajaba en los Salesianos de Rocafort, donde le dejaban repartir a diestro y siniestro sin rubor alguno. Puede que, vete tú a saber, alguien le metiera un buen puro a la criatura por una torta de destiempo. Pero si tu hijo tiene que se evaluado por la mostrenca en cuestión pues ya me explicarás. Muchos se habrán callado y habrán tragado quina para no ir a su encuentro y partirle la cara. Que es lo que yo haría a día de hoy al recordar el día que fuimos toda la clase a la tele.

Aquella tarde, digamos que de un frío día de invierno para darle mayor crudeza y dramatismo a la historia, la clase en fila de a tres viajamos en autobús a la tele a ver el famoso concurso Filiprim que era en diferido pero que parecía que lo estaban cocinando en el acto. Camino del estudio donde se grababa el acto en cuestión, entre nosotros los mancebos imberbes, corría la duda de ver a quién le iba a tocar sentarse en la primera fila. Claro, como era normal todos queríamos estar en primera fila para salir en la tele y que nos viera el tío, el abuelo y hasta el canario. Pero yo no las tenía todas conmigo. Yo sabía que la disposicón de la mocosada no sería por puro efecto de la casualidad. Y efectivamente, tal como un servidor plantó su magnífico culo en una de las primeras filas, que no la primera, la hija de su madre me hizo moverme donde a ella más le convino. Así que ya me ves tú recogiendo velas para trasladarme donde a la señora le vino en ganas. Y di algo si te atreves que verás la castaña pilonga que te llevas.

Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue que la que plantó su culo sucio y maloliente en la primera fila fue la señora profesora, apartando a los crios y a las ilusiones de estos se metió donde no debía y sin que se le cayera la cara de vergüenza. Con un par. La mala pécora debió pensar que como su cara era mucho más agraciada que la del resto sería ella la que debía estar a tiro de cámara en vez de esos locos bajitos que morían por salir en la tele para que los vieran sus abuelas. Pero no, en vez dejar que los niños fueran los protagonistas en un día como aquel a ella no se le ocurrió nada más que echarle huevos al asunto y ponerse ella donde no le tocaba. Yo recuerdo que habiendo comentado la jugada en casa una vez volvimos de una experiencia televisiva sin igual sólo se oyeron piropos, buenas palabras, vítores y halagos a la labor de aquella gran maestra que había vuelto a demostrar en grado extremo su nivel educativo aunque sobre todo su bajeza como persona.

En fin, que alguien se preguntará, como es normal, a qué viene sacar estos trapos sucios y esta mala leche contenida después de tantos lustros. Pero el motivo no es otro que porque llevo varios días cruzándome con la que fue mi profesora cuando yo era un zagal. Y cuando le veo la cara de vieja amargada que tiene ahora, arrugada y carcomida por la mala hostia que siempre tuvo me dan ganas de acercarme y decirle que soy uno de los muchos que recibimos sus sopapos y sin más partirle la cara para hacer un poco de justicia. Pero cuando lo pienso se me quitan las ganas de hacerlo. Por asco y porque se me revuelve el estómago. En realidad no hay más que ver la agonía de esa cara para darse cuenta que la vida le está pagando con la misma moneda que ella gastó. No sé si alguien la recordará con una sonrisa, pero desde luego para mí siempre será la zorra de la profesora.



J. Coltrane

24 de enero de 2012

Altair & Vega

Espectacular, así es como definiría al disco de uno de mis pianistas favoritos y del que tengo montones de discos, Bob James; con una casi desconocida en mi discografía, Keiko Matsui, por la que nunca he acabado de tener especial dedicación debido al exceso de new age que hay en su sangre. Así que podréis imaginar que el culpable de que me hiciera esta vez con el disco ha sido lógicamente al pianista americano. Y no podría estar más feliz aunque no haya mucho Jazz dentro del plástico material. Esta clase discos son siempre una apuesta. Uno decide que su artista no le decepcionará y lo compra con los ojos cerrados, y al menos en mi caso, sin escuchar antes de qué va el asunto. Algunas veces las mezclas raras salen mal pero en este caso el Jazz contemporáneo de Bob James mezclado con el new age de la japonesa ha creado un todo excepcional. Y es que se nota que entre estos dos intérpretes ha habido mucha música y muchos conciertos juntos durante muchos años y eso queda reflajado en Altair & Vega.


Manteniendo las distancias, el proyecto Altair & Vega tiene ciertas similitudes con aquella otra joyita de Bob James de 2001, el Dancing On The Water. Ya digo que este proyecto tiene un aire sin ser exactamente igual, pero en ambos discos James no se rodea de una banda como suele ser habitual para interpretar los temas sino que se centra en el piano/teclados prácticamente en exclusiva pero siempre con Keiko Matsui, ya sea cada uno al mando de un teclado o los dos en el mismo tocando a cuatro manos. El genial Dancing On The Water, en cambio, mantenía la estructura del piano pero más orientado al dúo. Por eso en aquel disco Bob James se juntó con Chuck Loeb, Joe Sample, Dave Holland e incluso con la misma Keiko, siendo un aperitivo de lo que llegaría diez años más tarde.

A pesar de los escasos siete temas, cosa que hoy día ya casi debería estar prohibida para un artista con nuevo lanzamiento con la que está cayendo a nivel de piratería, pero el disco es impecable en todos los aspectos. Aunque siete temas son muy pocos temas, la discográfica se dicidió a vender este disco con un DVD de "regalo" con seis temas más en directo. De los seis temas hay dos nuevos, una versión de Duo Oto Subito que ya incorporó James en Dancing on the Water, y tres temas en versión directo del propio Altair & Vega. Aprovechando que el DVD es en directo, he ripeado ese vídeo y he extraído el audio para poder llevarlo en el iPod de arriba a abajo junto a los temas de estudio y disfrutar así del directo que de otra forma no disfrutaría, ya que no suelo ser amante de ver conciertos en la tele.

Y sí, siete son pocos, pero al menos la calidad es excepcional como era de esperar. Empezando por la nueva versión de Altair & Vega, donde los dos músicos comparten el teclado del piano y en el que al tema le dan un toque más melódico de lo que ya lo era en su versión del Dancing On The Water. Aunque para melódico el sonido de Frozen Lake. Se nota rápidamente que es una composición de Matsui, pero la verdad es que el sentimiento que le dan los dos músicos me encanta y me relaja a partes iguales. Aquí cada uno se sienta en teclados diferentes aportando James las tonalidades del piano eléctrico. La originalidad del disco recala en piezas como Divertimento "The Professor & The Student". Un temazo. Me parece pura música clásica, casi barroca, que es de nuevo interpretado a cuatro manos en un mismo piano y en el que el profesor, James, desde luego se divierte con la aventajada estudiante, Matsui.

Otra de mis piezas preferidas del disco es Midnight Stone, que lleva desde luego el sello Keiko de nuevo. Francamente podría ser uno de esos temas melancólicos de los abundan en la música new age y que te dan ganas de tirarte a la vía del tren, pero la verdad es que en este caso el piano de los músicos no me lleva a esa clase pensamientos y simplemente me relaja y me encanta escucharlo una y otra vez. Invisible Wing es otro temazo de Keiko que no te deja indiferente por su dramatismo y su lírica. Aunque sin duda el punto álgido del disco se encuentra en un tema de trece minutos que es pura poesía musical. Es impactante y sencillamente brutal. Basado en el tema original de Keiko Forever Forever, el Forever Variations es una amalgama de estilos que forman en perfecta compenetración musical. Clásica, new age y Jazz en estado puro y a cuatro manos. Así sí da gusto gastarse el dinero en un disco y no piratearlo.


Y el disco termina de la mejor manera, con un tema de Bach que cuando uno llega a este punto de la partida está muy acorde con lo escuchado hasta el momento. En fin, teniendo en cuenta que con Altair & Vega llego a los 16 discos del músico americano, en este blog era de justicia hacer alguna referencia a la música de Bob James, uno de mis pianistas de referencia con una de las mejores carreras musicales de la historia de la música. No muchos pueden abrir la boca tras 50 en el negocio de la música y seguir dejándonos a todos con la susodicha abierta. James sigue estando en plena forma y sigue mantiendo a la audiencia, y eso no lo pueden decir muchos otros, en constante tensión sobre qué será lo siguiente. A veces simplemente Jazz clásico, otras Jazz contemporáneo, algunas veces sólo piano, otras veces a cuatro manos, pero siempre siempre una música de calidad y genial para sentarse y dejarse rodear por el sonido que producen esos diez dedos que Dios le ha dado. 



J. Coltrane

21 de enero de 2012

Historias de Aeropuerto

Ya sabréis los que leéis habitualmente esto, sea esto lo que sea, que no se puede decir que un servidor de ustedes sea precisamente un fan de rompe y rasga de los aeropuertos. Igual os lo he dicho ya en otra ocasión pero, por si las moscas, os diré que estos, los aeropuertos, me traen sensaciones contradictorias que me tocan esa parte a media altura que cuelga por su propio peso, vamos, los huevos. Los eropuertos me alegran y a la vez me entristecen. Me animan y me deprimen a partes iguales. Por algún motivo me dan ganas de sonreír pero por otro lado también de soltar una lagrimilla tonta. Porque sea como sea, el aeropuerto es probablemente uno de esos pocos sitios en que uno haya podido estar en los que seguro que tienes tantas posibilidades de estar feliz como de estar triste. El aeropuerto es un lugar de despedidas a la vez que de encuentros. Un lugar para decir hola y también para decir adiós. Para partir hacia lo desconocido con esa sensación de nervios devorando tu estómago, así como el relax que da saber que esos edificios que ya ves a lo lejos son los tuyos de toda la vida.

Pero a pesar de eso, esos lugares los encuentro extremadamente singulares por la cantidad de gente que se mueve por ellos llevando una historia a sus espaldas. Una de las ventajas si, Dios no lo quiera, uno tiene que pegarse una interminable conexión entre vuelo y vuelo de esas de casi pedir que te ajusticien por favor ya, es que puede sentarse y ver pasar la vida del aeropuerto para abstraerte mientras piensas en la cantidad de motivos que moverán a todas aquellas gentes a estar allá en aquel preciso instante a la vez que tú. Negocios, amor, familia, habrá de todo. Y así, ya de paso, uno no se pone a pensar que mientras él está ahí al abrigo de las inclemencias del tiempo sus maletas corren desamparadas sin un ojo amigo que les eche un vistazo y van de arriba a abajo por el aeropuerto en manos de ves a saber quién y ves a saber cómo, en busca de ves a saber qué puerta para encontrarse allá con ves a saber qué avión en ves a saber qué condiciones. Así que para no saber prefiero pensar en las historias aeroportuarias porque, al menos yo, si pienso en lo otro me escagarrino.

El aeropuerto es, en definitiva, un lugar en el que nunca te sientes absolutamente cómodo. Todo en él te parece pasajero, extraño y volátil. Es por ese motivo que tengo la sensación de que la felicidad y la tristeza, la de uno y la de todos, cruzan a menudo sus caminos en los aeropuertos en un abrir y cerrar de ojos. Porque el que suscribe se ha paseado por muchos aeropuertos y porque además, esta vez, tuvo tiempo de darle vueltas a la cabeza gracias a las nada despreciables 7 horas de escala en Atlanta que me tuve que chupar y degustar para volver de los States a la mal llamada Madre Patria. Todo obsequio de la maravillosa Delta Airlines. En ese tiempo, una vez ido al baño, comido algo, dormido otro algo, paseado varios algos, contado aviones que despegan, contado aviones que aterrizan, echado números de los que probablemente perderán una ala por el camino, navegado casi todas las páginas del internete y tras haber visitado todas y cada una de las tiendas del lugar, ya por fin me pude sentar a concentrarme en la fauna y flora del aeropuerto que me caía en las manos. Y es fantástico elucubrar sobre todos ellos.

Porque cuando tienes a un tipo a tu lado con sombrero de señor respetable con posibles y ves que, el hijoputa, se levanta tan tranquilo y sin vergüenza al menos cinco veces a la barra del bar a pedir una nueva ronda de vodka con tónica y ves cómo se mete el líquido elemento como si fuera agua de manantial te quedas de pasta de moniato y te dices que si eso es así cada vez que tiene un par de horillas tontas, que me apuesto algo a que sin dunda es así, el amigo tendrá el hígado en rompan filas y al borde del colapso. Y eso sin contar con que nuestro bribón en cuestión se subió al avión con un pelotazomix.com de película y que, probablemente llegado a su pueblo en Iowa, cuando le viniera a buscar al aeropuerto su Meredith todavía le cantaría el aliento al vodka en cuestión y a pesar de eso llegado a casa se tomaría un traguito para relajarse un poco, que el día había sido muy duro y con tanto estrés necesitaría un respiro on the rocks.

Luego hay casos como el del tipo de color (negro) que hablaba sin parar por el móvil mientras un maletín y una maleta de mano descansaban descuidados a su lado y su laptop reposaba apaciblemente sobre la barra del bar de la sala VIP a la espera que algún amigo de lo ajeno, que también los hay en las salas VIP, se lo llevara debajo del brazo en lo que el otro iba y venía hablando con no sé quien para arreglar el mundo. Su mundo, probablemente. Compra, vende y a cómo me tienes la acción, John. Aquel tipo, supuse, tenía cara de tener tres docenas de amantes porque se veía a la legua que le iba el cachondeo y la fornicación indistintamente. Alto y fuerte era cliente VIP de la compañía porque, además de llevar un colgante con el distintivo Delta Diamond, los trabajadores de la sala VIP de Delta le hacían la ola cuando lo veían entrar. Ese era la clase de viajeros que se pasa la vida en el aire de aquí para allá acumulando puntos como un bendito, que le habían granjeado el acceso al paraíso de los Diamond. Y con eso, el acceso a un mundo ilimitado de posibilidades. No sé si la felación desetresante andará entre los benefits del programa Diamond, pero poco faltará.

Pero para felación la que hubiera querido el risueño gordito de gafas que se acercó a una joven medio rolliza, de lorzas amigables y entrada en carnes que le dio conversación durante horas para tirar la tarde. Yo por un momento pensé que iban juntos, pero luego me di cuenta del tema y de que en realidad el mucho jijijí y el mucho jajajá no era más que una forma de contarse sus vidas, de mierda probablemente, hablando de todo un poco y un mucho de nada mientras él se animaba al ritmo de alguna bebida que no llegué a distinguir pero que desde luego le estaba dando alas para ir a por todas. Aunque a pesar de todo no creo yo que nuestro último amigo pusiera un pica en Flandes con la amiga. Con aquella cara de programador informático, aquel polo Lacuesta descolorido y con unos cuantas manchas de pizza en su haber, sumado a aquellas gafas que pedían a gritos descansar en paz no creo que pasara nada entre ellos.

Por “desgracia” nuestras siete horas de maravillosa conexión aeroportuaria habían volado entre pitos, flautas y escuchas ilegales, así que nosotros ya nos tuvimos que ir yendo para no hacer aquello más largo, así que no pudimos ver si el ataque por los flancos y a la deseperada del amigo surtió el efecto que él se esperaba. Como último recurso le dio la Bussiness card a la chica, que aún lo estará flipando en colores, y digo yo que se marcharía a su vuelo palote perdido y con la esperanza de que un día ella la encontrara en casa y le llamara para cruzar unas palabras más. Pero no, si eso pasaba algún día y ella llamaba sería por error, sería porque ella habría confundido su tarjeta con la de aquel tipo rudo y guapetón  que había conocido en algún otro eropuerto del país y del que creía tener su tarjeta en la mano, sin darse cuenta de que en realidad al otro lado de la línea el que estaba era su gordito casposo del aeropuerto de Atlanta. Y lo único que ella encontraría sería al presunto informático que un día quiso acceder a su sistema operativo sin éxito porque el cortafuegos del que ella disponía no permitía tal cosa con un tipo como aquel.



J. Coltrane

28 de diciembre de 2011

En Un País Multicolor

Imagino que el día en que los marcianos decidieron empezar sus pruebas ni se imaginaban esto. Escogieron lugares donde la vida pudiera desarrollarse con facilidad, por eso llegaron a la Tierra. Con una buena cantidad de agua, una atmósfera rica en oxígeno y una temperatura que ni frío ni calor sería suficiente para empezar. Entonces soltaron sus bacterias para que con ellas y con paciencia empezara el proceso que creara todo bicho viviente que conocemos hoy día. A la vez, para comparar, los científicos extraterrestres pensaron que sería bueno que, ya que jugaban a ser Dios, que lo mejor sería crear vida también en otros lugares, todos ellos alejados entre si una buena cantidad de kilómetros para que, llegado el caso, y si la sociedad evolucionaba mucho tecnológicamente, no nos fuera a dar por ponernos en contacto entre nosotros y, descubierto el pastel, se produjera una revolución de órdago a escala sideral y todos los experimentos espaciales en marcha se fuera a tomar por saco.

Cada cierto tiempo los científicos cósmicos decidieron que se darían un garbeíto galáctico para ser espectadores de excepción de sus respectivas cobayas y comprobar así los resultados in situ, pero, eso sí, desde las alturas de sus naves para no interferir, para no contaminarnos con ves a saber qué enfermedades y, ya de paso, para evitar suicidios en masa entre la sufrida población. Decidieron dejarnos en libertad y por tanto no influirían en modo alguno en nuestras acciones ni tomarían medidas cuando los errores cometidos nos abocaran al desastre. No sé si la cantidad de hijosdeputa cósmicos alcanzará el nivel de lo que se cocina por aquí abajo, pero no creo, así que estoy seguro que desde que llegaron aquí y empezaron a ver el percal estarán que no se lo creen. Empezando por Eva, la primera pecadora de la historia, no les habrá dado tiempo a salir de su asombro con tanto cachondeo como hemos tenido por aquí durante la historia. Porque ya sea en nombre de algún Dios, como ahora en nombre de la libertad y el petróleo o, simplemente porque culito veo culito quiero, lo cierto es que los marcianos habrán tenido que pellizcarse para acabar de creerse lo que sucede con su experimento.

En fin, que si en el lugar desde el que vienen los marcianos existe el acto de reír se deben estar descojonando a nuestra costa. El estudio de la vida "inteligente" del planeta durante el pasado y, lo que es peor, durante el presente habrá dejado a más de un marciano sin echar gota. Si es que ellos mean, que igual no. Nuestra capacidad para resolver los conflictos, para aprender de los errores, para evolucionar como sociedad, para conocernos, compartir, sentir y así respetarnos todos juntos en libertad tiene que estar siendo un chiste para la tropa marciana. Si han hecho un ránking entre sus civilizaciones experimentales debemos estar en la parte alta de la zona baja de la sección mongólicos subdesarrollados. No sé al resto cómo les debe ir la feria, pero en la nuestra no quedan ni las raspas. Puede que el resto también hayan tenido las herramientas para estropearlo todo, pero seguro que ninguna otra civilización se lo estará tomando más en serio que nosotros en esa labor. Y lo que te rondaré morena.

Dicen que toda sociedad tecnológica tiende a la autodestrucción, y no seré yo quien niegue la mayor. No sé si eso será cierto ya que los que lo han dicho no han visto ninguna más, pero desde luego, y aún y sin pruebas que me demuestren lo contrario tengo que decir que me lo creo a pies juntillas. La nuestra va de cabeza al hoyo tal y como se puede ver últimamente. El medioambiente ya casi no es ambiente porque gracias a los que más contaminan y al efecto que producen en el delicado ecosistema de nuestra pelota terráquea, está que no sabe si tiene que hacer calor, frío, llover, nevar o hacer un sol del carajo en pleno enero. Los mares están tan vacíos como la nevera del pato Donald y si echas una red el mar te la devuelve con tres pescaditos, una lata de cerveza y una bolsa del Corte Inglés, que no del Carrefour, que ahí las cobran y ya no las tira ni Dios. Los desiertos por su parte avanzan inexorables y en los casquetes polares debido al aumento de la temperatura global ya no caben ni tres osos y dos pingüinos juntos sin mojarse sus respectivas posaderas.

Y todo eso como parte del mismo experimento en el que nos han metido estos cabrones de marcianos y que, por lo que parece claro, se les ha ido ya de las manos. Porque aquellas pequeñas e invisibles bacterias se han covertido ahora en verdaderos virus mucho más potentes y letales que han tomado las formas más variopintas. Corporaciones, grupos de presión, lobbys, banqueros, políticos, inversores, militares, y extorsionadores varios son los peores virus que han crecido a la sombra de nuestra evolución. Gracias a todas esas ratas y con la inestimable ayuda de algunas más están poniendo el cotarro patas arriba. Y mientras, la prima de riesgo disparada y dando por saco. No descarto, por ello, que ésta sea el maquiavélico penúltimo invento de los de arriba para acabar de jodernos vivos. Es otra de las pruebas a las que nos someten para medir nuestra capacidad de reacción y, sobre todo, nuestra pacienca. Que yo no sé otros cómo andarán de esto último, pero a un servidor no le queda ni in un gramo.

Aquí más cerca, en este país al que algunos pocos aún llaman España, resulta que se le han atragantado los brotes verdes aquellos que el ya expresidente decía ver. Fueron un puro espejismo, obra y gracia de una alucinación presidencial que ha durado años y que ha convertido a la Madre Patria en una casa de putas y de sálvese quien pueda. Pero este no es un problema que se enmarca exclusivamente en nuestras fronteras, no, esto es algo que si uno pone las noticias, Dios no lo quiera, ve que se va cociendo en todas partes del globo. El cabreo se va generalizando a todos y cada uno de los lugares y plazas que uno quiera visitar. "Indignados" se dicen ellos, pero yo lo que veo es un momento de absoluto cabreo por el cachondeo, el mamoneo y lo hijosdeputa que podemos llegar a ser cuando se nos deja a nuestro libre albedrío. El mal reparto que hay en este mundo de mierda no es más que el caldo de cultivo ideal para todo lo que va a venir en un futuro próximo del que espero no llegar a ser espectador.

En fin, con este optimismo sin igual me despido de, por otra parte, maravilloso 2011 en lo personal. Definitivamente éste es mi post más "optimista" en tiempos. Lo releo y me meo de la risa. No es la manera de desear un feliz 2012 a mi parroquia cibernética, pero oyes, es lo que hay. Ya veremos cómo nos va el nuevo año, pero a priori pinta tan mal como el fiasco de 2011, aunque espero que en lo personal siga siendo de cine. Para el resto de cosas todo apunta a que los bancos van a seguir haciendo fortuna, los especuladores seguirán especulando con la pasta de otros, la gente seguirá perdiendo sus empleos, los políticos seguirán metiendo la mano en la caja pública para sus cosillas, los estados recortarán hasta el último céntimo de todo lo que nos ha costado tanto conseguir y, por tanto, seguro que seguiremos viendo episodios de gentes que, hasta el hartazgo, se líen la manta a la cabeza y pasen de estar indignados a estar hasta los mismísimos huevos ya de todo. Y es que nos creíamos que vivíamos en un país multicolor y al final ya ves, del blanco y negro no pasamos. Y a Dios gracias.


Feliz 2012



J. Coltrane

22 de diciembre de 2011

El Sicario del Rey - Parte II

La habitación no disponía de ventanas, por lo que tenía un fuerte olor a cerrado. Era un lugar aislado en el que no parecía que el tiempo pasara y que contrastaba con la opulencia del resto de la casa. Daba la sensación de que aquella habitación no pertenecía a aquel lugar. Se sentó en el una de las dos únicas sillas de madera que habían alrededor de la mesa y cruzó sus manos a la espera de que llegara la persona con la que se había citado. Melchor estaba nervioso y eso le hacía no dejar de mover su pie dando golpecitos contra una de las patas de la mesa. Cuando se percató de su nerviosismo consiguió detener la cascada de golpes que le estaba propinando a la mesa y se intentó tranquilizar pensando en las dunas del desierto y en la arena que el viento lleva de aquí para allá. Pero ese recuerdo tampoco logró tranquilizarle porque a lo lejos percibió unos pasos que se acercaban a prisa por el pasillo. Cuando estos se detuvieron Melchor supo que tras ellos llegaba el sicario al que los tres Reyes pretendían, así que se recostó y esperó a ver la cara de la persona que iba a trabajar para ellos.

De tez morena, ojos grandes y una altura y corpulencias considerables, el sicario se presentó a Su Majestad con un simple apretón de manos. Melchor no esperaba una reverencia de un hombre que probablemente sólo habría tratado con sujetos de las peores casas, así que rápidamente se sentaron y fueron directos al grano. Vamos a ver si nos entendemos señor Melchor, usted es uno de los Reyes Magos, ¿cierto? preguntó el sicario sin todavía salir de su asombro. Cierto, respondió directo el monarca. Me habían llegado rumores de que eran ustedes pura invención, añadió divertido el sicario con una mueca de incredulidad en su cara. Bueno verá, ya sabe usted que últimamente se dicen muchas cosas sobre la monarquía y tengo que decirle que muchas de ellas no son ciertas, la mayoría incluso me atrevería decir que no lo son. En este caso, sin lugar a dudas, le diré que todo aquel que le diga que nosotros no existimos simplemente miente o no sabe lo que dice, aclaró el monarca con gesto serio y voz profunda, dejando claro su malestar por esa duda existente entre la población. Suerte que los niños creen en nosotros con fe ciega.

El monarca dejaba claro su punto de vista mientras el sicario lo miraba circunspecto, casi con un atisbo de veneración por ver a aquel viejo carcamal que hablaba con la pasión que él había perdido hacía mucho cuando, de pequeño, pasó de jugar con unos destartalados juguetes a disparar una Glock en cuestión de semanas. Ahora, aquel hombre que había sido el destinatario de todos sus deseos durante su infancia y por el que ya había dejado de creer hacía demasiado se plantaba frente a él dejándole claro que no sólo existían si no que además eran tan reales como él mismo. Se le erizó la piel justo antes de preguntarle: y bien ¿qué puede hacer un hombre como yo por ayudar a los mismísimos Reyes Magos? La pregunta quedó en el ambiente como flotando, a la espera de que su receptor juntara las suficientes fuerzas para responderla. Tragó saliva, respiró hondo y sin meditarlo más espetó: queremos que acabe usted con el viejo pedófilo, alcohólico y filibustero de Santa Claus.

Los ojos del sicario se salieron de sus órbitas. Se produjo un instante de confusión hasta que Melchor retomó el mando de la conversación. Ese tipo es pura escoria, un sujeto de lo peor que sodomiza elfos y renos por igual. Un ser que no merece que los niños crean en él, es gordo, le huele el aliento a rayos y, me consta, que es un bebedor empedernido. No sabría decirle si, además, es un ludópata empedernido, pero no me extrañaría tratándose de alguien que atesora tantas “virtudes”, dijo Melchor poniendo énfasis en esa última palabra. La cara del sicario era un poema. No sabía si aquello se trataba de una broma o era real como la vida misma. A ver si nos entendemos señor Melchor, ¿quiere usted que mate a Santa Claus? preguntó casi sin creer su propias palabras. Exactamente, sentenció el Rey, tal cual lo ha oído, rápido, sin mucho dolor, un tiro entre ceja y ceja, y a poder ser mientras esté jugueteando con Rudolph, para que así la escena sea aún mas grotesca. El monarca ya se estaba imaginando la foto a pie de página en el periódico, lo veía con toda claridad. Imaginaba la sangre y los restos del gordo y de su reno de nariz roja esparcidos por doquier. Casi se le escapó la risa.

Oiga pero, dijo el sicario interrumpiendo los pensamientos reales, ¿qué les ha hecho él para que le tengan esa animadversión? En la cara de Melchor se leía la irritación por aquella pregunta, ¿que qué ha hecho dice? ¿le parece poco que el referente para los niños sea un sodomita de renos y enanos vestidos de verde además de un alcohólico? ¿Le parece poco que fuera encarcelado hace un tiempo por esos comportamientos abominables? ¿o le parece poco el instrusismo profesional de este individuo de tres al cuarto? Clama al cielo esa obstrucción a los profesionales del negocio. Ese tipo no es más que un estafador. Un mero producto de márketing reciclado que va por ahí en trineo tirado por el tal Rudolph, un reno de nariz roja y brillante. ¡Patrañas! dijo el Rey indignado. Nosotros los Reyes Magos sí somos un ejemplo para los niños, terminó diciendo. Está bien, está bien, no se me altere Majestad que le sube la presión y a su edad eso nos puede dar un susto, dijo el sicario intentando tranquilizar al Rey. En sus ojos se veía que el abuelo se había exaltado más de la cuenta hablando de Santa Claus.

Los dos hombres se miraron. El sicario sopesaba el trabajo y sus complicaciones y el Rey esperaba impaciente a que éste le diera un sí quiero. El sicario tuvo ciertas dudas ya que el trabajo era más complicado de lo que parecía a priori. Santa Claus tenía un ejército de elfos cabrones que seguro que le complicarían la vida llegado el caso. La mujer de Santa no sería un problema ya que su pesaba una tonelada. Los renos podían ser un estorbo también. A pesar de eso, estaba dispuesto a hacerlo, sería un reto en su carrera y tendría el honor de haber matado al gordo. ¿Y dónde debería cometer el asesinato? preguntó el sicario. La palabra asesinato no me gusta, digo Melchor ante la cara de estupefacción del sicario. El trabajo, continuó con un eufemismo, debería realizarse el 24 de diciembre por la noche, justo antes de que el pederasta salga como siempre a repartir sus regalos con Rudolph y el resto de la manada. El 24 de diciembre, se repitió el sicario para sí mismo, mal día para trabajar. ¿Y qué pasará con todas las ilusiones de los niños que deberían recibir esos regalos? preguntó. Bueno, eso está controlado, nuestra maquinaria de producción de juguetes está en marcha desde hace meses produciendo mucho más de lo acostumbrado, así que los Reyes Magos se harán cargo de llevar la felicidad a los hogares de todos esos niños, respondió el monarca dejando sin palabras a su acompañante.

¿Y dónde vive al tal Santa? preguntó el sicario. Santa, respondió ya más tranquilo Melchor, vive en Rovaniemi, un pueblucho de mala muerte en Finlandia, cerca de Círculo Polar ártico. Coño, exclamó el sicario, ¿usted sabe el frío que hace ahí? Sí, hace un frío del carajo, dijo el Rey, tendrá usted que ir bien abrigadito, dejó caer Melchor viendo un asomo de duda recorrer la mirada del sicario. ¿Y del dinero qué me dice? preguntó el sicario. Bueno, eso va a ser lo más sencillo, en mi maleta traigo una buena cantidad de oro, incienso y mirra, dijo Melchor. ¿Oro, incienso y mirra? preguntó incrédulo el sicario, ¿majestad, en qué siglo se quedó usted? puede llevarse todo lo que no sea oro de vuelta a su desierto, dijo el hombre molestando en cierta medida al Rey. Pero éste colocó la maleta sobre la mesa y la abrió, mostrando una indecente cantidad de oro además del incienso y la mirra que el sicario ni siquiera vio. Los ojos del criminal salieron de sus órbitas al ver aquel oro. Melchor detectó la avaricia en su mirada y aprovechó para preguntarle: ¿esto bastará para convencerlo? Majestad, dijo el sicario levantándose de su silla y ofreciéndole la mano al Rey para sellar su trato, prepárese para hacer horas extras la noche de Navidad, al gordo psicópata ese de rojo le quedan horas de vida porque hay una bala que lleva su nombre.
 
Fin.
¡Feliz Navidad!

 
 
J. Coltrane

19 de diciembre de 2011

El Sicario del Rey - Parte I

Cali, Colombia, 15 de Diciembre de 2011

El golpe de calor que sufrió al abrirse las puertas del avión lo dejó casi sin sentido y lo sacó del letargo provocado por el sueñecito del que recién despertaba gracias al sonoro impacto del tren de aterrizaje sobre el irregular asfalto de la pista del aeropuerto de Cali. Sintió como la alta temperatura lo envolvía cuando el aire caliente y húmedo contactó con su anciana cara. Rápidamente comprendió que su vestimenta no había sido la mejor elección para aquel destino y que gran parte de lo que llevaba en la maleta le serviría de bien poco durante su estancia en aquella ciudad. Aunque aquel viaje no había sido improvisado, nadie cayó en la cuenta de que al otro lado del mundo la temperatura y la humedad iban a ser muy diferentes a las que por aquellos días corrían en pleno desierto.

La temperatura le dio un respiro cuando pasó a través del finger y accedió a la terminal del Aeropuerto Internacional de Cali. Se sintió cansado porque las dos escalas y las innumerables horas de vuelo le pasaban factura a su edad. Hubiera querido parar, tomar aire no reciclado en exceso y descansar un poco, pero el retraso del vuelo le obligaba a no perder tiempo. El 25 de diciembre se acercaba y no había tiempo que perder. Caminó por el pasillo sintiendo la pesadez de sus piernas y siguiendo las señales llegó a la zona de recogida de equipajes. Dirigió una mirada rápida a los monitores para descubrir que su equipaje aparecería en la cinta más lejana de todas. Secó el sudor que le habían producido sus últimos pasos y continuó, maleta en mano, hasta la cinta donde esperaba ver salir su gran maleta roja.

Cuando cruzó la puerta de salida no tardó ni un minuto en ver a la persona que portaba una pequeña pizarra donde vio escrito su nombre. ¿Señor Melchor? le preguntó. Yo mismo, respondió el monarca de la barba blanca con amabilidad. Yo cargo su maleta señor, dijo el chófer casi quitándole la maleta de las manos al pobre viejo. Sintiéndose mucho más aliviado siguió a su contacto en Cali hasta el aparcamiento mientras sorteaba al gentío que entraba en la terminal escapando del sofocante calor. En pocos segundos andaban por entre los coches aparcados hasta que el chófer se detuvo junto a un viejo y destartalado VW que, pensó Melchor, podía tener fácilmente 20 años. Tenga cuidado con la maleta, indicó Melchor al chófer para que éste intentara no golpearla. Descuide señor, dijo éste dándole un sonoro golpe al equipaje. Una vez la maleta estaba a buen recaudo se sujetó la túnica, se acordó de los muertos del chófer  y entró con cierta dificultad en el interior de la tartana.

En el interior del vehículo el calor era aún peor. Sin aire acondicionado el aire caliente que entraba por las ventanillas apenas aliviaba la sensación de sofoco que sentía. Hubiera querido afeitarse aquella barba blanca si hubiera podido pero, pensó, en las frías noches del desierto camino de Belén le era de gran utilidad para mantener el calor cerca de su cuerpo. Pero en Cali, con más de 30 grados y una humedad del 100% era algo de lo que hubiera podido prescindir. Mientras estaba absorto en sus pensamientos el motivo de su viaje volvió a cruzar su mente. Él no había sido el que más a favor estaba con aquella decisión aunque la apoyaba sin fisuras, los tres Reyes Magos habían votado y el resultado no dejaba lugar a dudas. Había que tomar medidas para sortear aquel difícil momento y evitar aquel intrusismo profesional que les estaba dejando sin trabajo Navidad tras Navidad. Tras debatirlo con Gaspar y Baltasar llegaron a la conclusión de que sólo una medida de urgencia podía separarles de la jubilación.

Había sido Baltasar, el jodío, el que más a favor se había posicionado de aquella medida extrema para elimiar de raíz el problema, así que él mismo había tirado de algunos hilos para llegar a dar con la persona a la que él iba a ver ahora. El contacto, la persona en cuestión, era un sujeto de la peor calaña pero de una profesionalidad intachable y con un currículm de muerte y destrucción espectacular, según le había dicho el propio Baltasar, añadiendo que todo estaba listo para que se encontraran y le pusiera al caso de la jugada que pretendía el trío Real. Por las fechas en las que estaban, cercana ya la Navidad, no podían desplazarse los tres a Colombia, así que se jugaron a piedra, papel o tijera quién iba de viaje para tener aquella reunión al margen de la ley. El agraciado que tuvo que viajar hasta la otra punta del mundo fue el viejo Melchor, que tras tantas horas de vuelo le dolían hasta de las pestañas.

El VW siguió acelerando por una carretera que ya había dejado atrás la ciudad hacía algunos minutos. Ahora la vegetación se hacía espesa y cualquier vestigio de vida se hacía más difícil de encontrar cada kilómetro que recorrían. Respiró y sintió que el aire había perdido todo rastro de contaminación. En aquel rato apenas había cruzado unas pocas palabras con el conductor, que extrañamente no demostró mucho interés en lo que pudiera explicar Su Majestad. Lo único que le había dicho es que era cachaco, es decir, de la capital, especificó cuando vio en la cara de Melchor que no entendía la palabra. A cambio, éste, le indicó que él era persa, como las alfombras, dijo intentando parecer gracioso. Como no obtuvo respuesta ni gesto alguno del chófer decidió no intentar entablar ninguna clase de conversación con aquel sujeto, así que se recolocó en su asiento y simplemente intentó no pensar en nada.

Cuando el coche tomó un desvió y empezó a internarse por un camino entre la espesa vegetación Melchor supo que no faltaba mucho para llegar al destino. Un pocos metros más allá el VW frenó con fuerza y se encaró al portón de una caserío de estilo colonial. De color ocre y con los ventanales oscuros se quedó ensimismado con aquel lugar. Ni por casualidad se parecía al modesto lugar en el que vivía él con los otros Reyes. Eso sí era un palacio y no lo que tenían ellos, pensó mientras se abría la gran puerta metálica y aparecía una docena de tipos trajeados y armados hasta los dientes. Uno de los cuales se acercó a la puerta del vehículo y la abrió para que el Rey, con gran dificultad, pudiera salir del viejo VW. A pesar de que era un Rey Mago la edad no perdonaba y tenía la espalda hecha un guiñapo por los rigores del desierto. Puto desierto, pensó. De día un calor de mil narices y de noche un frío de pelotas, ya no estoy para estos trotes. Así lo raro era no tener mal algo más grave. Si un día se jubilaba se compraría una mansión como aquella, la adornaría con lacayas de peli porno y se limitaría a contarles cuentos todo el día.



J. Coltrane

12 de diciembre de 2011

Sospechosos Habituales

Ha sido como una película de Hitchcock o de Agatha Christie en verión subterránea. Cuando en el metro este fin de semana el maquinista de la general le ha dado al botón para comunicarse con el sufrido pasaje, ha sonado, atronadora, su voz como proveniente de ultratumba y nos ha dejado a todos con cara de tontos. Porque resulta que en alguno de los vagones del convoy, ha dicho, viaja un carterista infiltrado haciéndose pasar por un pasajero normal y corriente que usa el transporte público como cualquier hijo de vecino. O, dicho en sus propias palabras: "Atención, carteristas en el tren, tengan cuidado con sus pertenencias". Si me cortan no sangro.

En vez de enviar al séptimo de caballería para cortarle el gaznate al susodicho y llevarlo a comisaría 3 minutos a que le dieran un masaje, que es lo que se estila, lo que ha cortado ha sido la comunicación con el pasaje dejándonos con tres palmos de narices además de indefensos ante el despiadado carterista. Ni un dato más, ni media pista, ni un indicio de quién podía ser el privilegiado chorizo al que se refería. Nada. Digo yo que si el señor conductor ha visto al sujeto en cuestión nos podría haber dado alguna indicación para que tuviéramos una idea de cómo era el amigo de lo ajeno. Alto, bajo, gordo, rumano, calvo, moro, feo, guapo. No sé, una pequeña descripción hubiera bastado para no sentirnos sospechosos por unos minutos. Una idea de en qué vagón ha subido el desgraciado hubiera sido de cine.

Pero como el amigo conductor no nos ha querido dar más datos nos ha convertido en un segundo, y hasta que se demostrara lo contrario, en potenciales carteristas. Y eso no está bien, oyes. A ver, si ves al manguis y nos quieres avisar, ole tus huevos de ferroviario, pero esto de ponernos a todos en la picota y hacernos cómplices pues como que es muy feo. Porque uno va tranquilamente camino de casa a comer con su santa esposa y, sin comerlo ni beberlo, se convierte en sospechoso de robo, hurto y apropiación indebida en lo que dura una parada de tren. Y sí, de acuerdo con lo de la presunción de inocencia, pero cuando hemos sabido que había un ladronzuelo en tren todos hemos cruzado las miradas, inquisitivas ellas, y nos hemos preguntado si serás tú el hijoputa de marras. Cagoentodo ya.

Yo, por si las moscas, mientras seguía observando los movimientos del personal me he sentado en un sitio libre que quedaba para que, si llegado el caso, el caco ponía los ojos en mi abultada cartera, que al menos tuviera que ganarse el dinero que ésta contenía. He apretado el culillo con fuerza mientras controlaba y estudiaba a derecha e izquierda las actitudes del respetable sin notar movimientos extraños que delataran al sospechoso de meter la mano donde no se debe. En ese ir y venir de miradas todo el mundo daba la sensación de querer decir al resto que, oyes, esto no va conmigo, que el chorizo es otro y a mí no me mires que no he hecho nada. Pero tras las risitas iniciales se ha generado una sensación de intranquilidad que se cortaba en el ambiente y quedaba patente con el nerviosismo más que justificado del ganado.

Y es que no hay nada comparable a un maravilloso y bullicioso paseo en el metro de Barcelona a cualquier hora del día para sentirse un espectador de lujo de la vida de esta nuestra ciudad. En este metro, como supongo que en cualquiera de los metros de una gran ciudad de este mundo, se ven de todos los colores. Rodeado de gentes de todas partes uno puede degustar los olores más variopintos ya a primera hora de la mañana, que hay que joderse, y uno puede pasar el rato escuchando conversaciones de lo más interesante e incluso pasarlo de cine viendo a las gentes más extrañas del ecosistema nacional e internacional subir y bajar del suburbano mientras van y vienen camino de vete a saber tú dónde.

Y en ese camino, como por acto de magia o birlibirloque, a veces, demasiadas veces, aparecen sujetos, todos ellos incomprendidos por esta sociedad de mierda en la que vivimos y en la que ellos se mueven sin rumbo fijo ni destino conocido, motivo por el cual se ven abocados, los pobrecitos, a ganarse la vida metiendo la mano en cartera ajena y aprovechando un descuido del inocente turista o del local de turno que, ya ves tú, no tiene culpa alguna del daño que esta sociedad deshumanizada y sin sentido le ha infligido al pobre ladronzuelo de metro. Pero es entonces cuando yo a estos les iba a hacer encontrar el rumbo y el sentido de todo a base de garrote en toda la testa. Dos hostias por aquí y tres por allá, extradición incluida en los casos que sea de recibo, y bien encarriladitos que los iba a dejar a toda esta panda de hijos de su santa madre.

Pero como eso es muy feo y además queda muy mal decirlo, y lo que es peor, queda aún peor hacer leyes que nos protejan de esta gentuza y que les meta mano sin contemplaciones, pues entonces habrá que seguir aguantando y escuchando al señor conductor del metro mientras nos sujetamos la cartera con las dos manos que, en algún punto indeterminado del convoy y con una cara de hijoputa que no puede con ella, un carterista ha subido al tren con ganas de meter mano al primero que se le ponga a tiro. Lo que automáticamente nos convertirá en sospechosos habituales al resto de pasajeros. Y eso será así mientras los que pueden no hagan algo por evitarlo, algo que, por otra parte, se me antoja harto complicado porque esos, los que mandan, no viajan en metro ni en plena campaña electoral. Aunque la verdad es que si les diera por ir en metro a sus señorías sería precisamente cuando más cuidado deberíamos tener con nuestros objetos de valor.



J. Coltrane

30 de noviembre de 2011

Amargor Residual

No sé, será que como prácticamente acabo de llegar de las américas igual es que han cambiado mucho las cosas en la Madre Patria y voy más perdido que ZP de presidente o, igual, es que simplemente me he quedado atrás. O quizás será que como a bote pronto bebo menos que una monja de clausura entonces esta estupidez subida de tono que me he encontrado al llegar a casa se me atraganta y me tiene en shock. En fin, no sé, la cuestión es que antes ya me había fijado que éramos todos medio mongólicos, algunos un poco más que otros claro, pero ahora viendo a las gentes por la noche, rollo místico, ginebra en mano, entonces ya he confirmado mi teoría de que finos, lo que se dice finos, no andamos.

Y oyes, yo me desorino todo entero. Cuando me fui de este pueblo a hacer las américas hará cosa ya de dos años dejé aquí el tema controlado en cuanto a las costumbres del populacho se refiere y, aunque ya detecté el enésimo brote de tontería supina, ahora ya me quedo de pasta de moniato viendo la soplapollez generalizada que se respira cuando cae el sol en este lugar inmerso en una crisis de caballo. Tiempo atrás, como digo, se empezaba a llevar la tontería de beber por la noche en la copa esa hortopédica que pesa un huevo y parte del otro. Tiene el mismo alcohol que el clásico tubo de toda la vida pero como para rellenar le añaden una tonelada de hielo terminas la noche con agujetas en los brazos aguantando, de mano a mano, la dichosa copichuela.

Como siempre hay espacio para más cuando se recurre a tirar de modas, se le ha subido al carro del copón el misticismo barato de casi idolatrar al propio líquido que va dentro de la copa del meao. Ahora, pasados dos años, parece que un licor de mierda como era la ginebra, que sólo lo tomaban imberbes, borrachos y mujeres de mal vivir y buen trajinar se ha popularizado hasta tal punto que casi se ha convertido en un licor místico, al alcance de muy pocos y por el que hay que desembolsar cantidades que, si lo hubiera sabido en aquellas primeras noches de fiesta que pasaba yo en mi infancia, me lo hubiera bebido sin reparos en previsión de estar a la moda en un futuro no muy lejano que ya es presente.

Porque quién se lo iba a decir a la ginebra, con lo cutre y lo pobre que era pedir un gintonic cuando te podías pedir un güiski y quedar como un señor. Pero ya ves, en un tiempo el liquidillo en cuestión ha alcanzado propiedades tales que el que no consuma con una ginebra y un copón a juego en mano es que no consuma ni a la de tres. Y no se te ocurra pedir tu ginebra en vaso de tubo, que te miran con cara de qué inculto y que gilipollas es el tío este. No, ahora para pedir la ginebra hay que hacer un máster, para saber exactamente cómo y qué pedir. El pepino, otra de esas hortalizas cutres que nunca pensarías en poner en una bebida que no fueras a tirar por el retrete, se le pone desde hace no muchos años a la ginebra aunque algunos digan que la beben con pepinaco desde que tienen uso de razón.

Sí, yo esto, y muchas otras cosas, lo he visto y oído durante las pocas noches en las que me quedan fuerzas para arrastrarme por alguno de los garitos de moda de la ciudad para tomar algo en vaso de tubo. Que ahora tomo en tubo ya sólo para llevar la contraria. Porque es curioso que cuando uno habla con las gentes con las que ha tomado copas toda la vida ahora resulta que te dicen que cómo no tomas en copón. Y si se te ocurre, Dios no quiera, decir que no tomas porque no te sale de los huevos y porque hasta hace dos días ni el tato usaba esos bonitos y ligeros recipientes para emborracharse, entonces te dan de collejas y te espetan que cómo que no, nen. Si ellos toda su fructífera vida nocturna han tirado de copa de campeones pero que tú, en otros sucios menesteres, no te has coscado porque no atiendes a lo que hay que atender. Pues vale. Amén.

Así que oyes, uno se sienta en la mesa y es un descojone. Empieza a ver un espectáculo que es para mear y no echar gota. Aquellos que hace no mucho se bebían hasta el agua de los floreros ahora te piden, con cara seria pero digo yo que aguantando la risa de entendidos de tres al cuarto, una ginebra de tal marca que aromatizará, el puñetero, con una fresa, un limón, un pepino o lo que se tercie, que el acompañamiento depende en mucho del líquido elemento. Ah, y nada de Schweppes cutre, no, la tónica también tiene su propia religión. Así que uno va pidiendo, se va animando con las pijadas y cuando se quiere dar cuenta el pepino de la ginebra se lo meten a uno bien dobladito por la retaguardia y para dentro, que es donde más duele, y entonces es cuando se siente que de verdad lo que duelen son los 16 ó 20 euracos que te cobran por tanta gilipollez snob.

Pero cuando te da el ictus es cuando ya ves las explicaciones de las cartas de los garitos sobre el tema en cuestión. Ahí si me quisieran sacar sangre no me encontrarían la vena. “Ginebra limpia, brillante y cristalina” rezan unos. Que faltaría que por el precio te la dieran sucia, opaca y con submarinos.”Destaca la sutileza de sus botánicos más exóticos”, “envuelta por aroma de clavo y comino”. Y tú piensas ¿estarán hablando en serio de ginebra esta gente? “Entrada dulzona con despliegue de sensaciones herbales, cítricos y anisados”, “retrogusto amargo y largo”. O sea, q encima se repite. “Aroma limpio”, “un sabor que se desarrolla pasando de un ligero toque de enebro a un final de regaliz” donde uno se pone palote perdido, les falta añadir. “Final suave y aterciopelado” dicen otros. O rematan, para acabar, “Equilibrada y compleja. Con amargor residual”, lo que dicho de otro modo, es el amargor que te deja cuando, camino de casa, te das cuenta de que con la tontería y gilipollez extremas te han soplado, por la cara, 20 euros del ala.



J. Coltrane

16 de noviembre de 2011

Marcin Wasilewski Trio en Barcelona

Pues ésta ha sido una noche de trío. Bueno, de chaparrón musical y de agua y de trío. Pero no de uno de esos guarros de mete y saca, no, hoy la cosa iba de música, de la buena, de la de sacarse el sombrero y de la de pellizcarse para asegurarse a uno mismo que lo que está viendo no es un sueño, sino que la gente que tienes frente a tus ojos dale que te pego con sus instrumentos sabe lo que se hace y además lo hace de cine. El trío en cuestión, el del Marcin Wasilewski, ha sido para el que suscribe una de las grandes sorpresas de la edición número 43 del Festival Internacional de Jazz de Barcelona que, una vez más, está siendo bastante pobre en lo que a cartel se refiere.



Recuerdo perfectamente el momento en que escuché por primera vez la música de Marcin Wasilewski. Fue en París. Andaba yo por la capital del país vecino tras una jornada de training en la empresa que recién estrenaba cuando entré en la FNAC de los Champs Elysees a ver qué se cocía en aquel lugar. Al acercarme a la zona de Jazz escuché las notas del piano de Wasilewski de su disco January. Me dejó en estado de concentración máxima, así que dejé correr un poco el tema y me llevé el disco convencido de que aquel iba a ser una de mis pequeñas maravillas musicales. Y así fue, Januery era genial, y por ese motivo me compré al cabo de un tiempo Trio, el primer disco para ECM y por tanto editado a nivel mundial.

Así pues, el pianista polaco apareció con unos minutos de retraso sobre el escenario de Luz de Gas y tardó nada menos que cuarenta minutos en decir esta boca es mía. Una vez más la cutre discoteca en la que nunca te dejan entrar si no estás un rato buena y a poder enseñas carne fue el lugar elegido para tan magno concierto. Y una vez más salí pensando que parece mentira que una ciudad como la nuestra no tenga un espacio de calidad y de tamaño reducido donde escuchar música y con una buena acústica en el que, ya de paso, uno no tenga que oir cómo el camarero de la barra de atrás sirve una copa, se intenta ligar a la camarera o se le rompe una vaso de cristal. En fin, sea como sea, la disposición del trío en el escenario fue la correcta y éste quedó bañado por una luz entre azulada y morada a la espera de que sonaran las primeras notas.

El trío salió serio y rápidamente pudimos apreciar todos que entre Marcin Wasilewski y, por ejemplo, Richard Clayderman hay varios mundos de distancia y una duda razonabe en lo que al asesinato por motivos humanitarios se refiere. Empezando con que uno tiene una calva reluciente y el otro unos pelos de miedo, y siguiendo con que mientras Clayderman te duerme con sus fraseos azucarados y en extremo melódicos, Wasilewski se adentra en complicados y ricos caminos sobre los que se mueve como pez en el agua acariciando las teclas del piano, y casi se diría que hasta mimándolas, acercándose a ellas en posturas imposibles para mirarlas de cerca, de tú a tú, con una sutileza admirable y sin ataques excesivamente exagerados para crear un ambiente que me dejó impresionado sencillamente porque eso no es fácil con sólo tres instrumentos y ninguno de ellos electrónico.


Lo que también me dejó impresionado es cómo se las gasta el amigo en lo que a genio se refiere. Quizás fue la nota curiosa de la noche. En un momento del concierto, mientras arrancaba un íntimo tema sin acompañamiento, fue objeto de un fusilamiento sin compasión por parte de dos fotógrafos que se acercaron a la primera fila de la platea a inmortalizarlo tocando. Yo, como estaba cerca, pude oír claramente los infinitos clicks de las cámaras, y claro, el pianista también, y no le hizo ni puñetera gracia que le distrajeran en medio de un solo. Así que se giró a la vez que tocaba y dirigió una mirada que, si mataran, hubiera acabado con el dúo de fotógrafos en el acto. Y ellos siguieron click click. De nuevo se giró sobre ellos aún más cabreado y entonces éstos, con cara de tierra trágame, pillaron la indirecta y dejaron de disparar hasta mejor ocasión.

He visto muchos pianistas de fraseo mucho más rápido que el que nos ocupa, como por ejemplo Cyrus Chestnut, que recuerdo que me dejó con la boca abierta por la velocidad a la que tocaba. Quizás porque Wasilewski ha bebido de distintas fuentes más clásicas en vez de otras más Jazz y góspel, pero el polaco crea una música íntima y atmosférica, por lo que contiene el ritmo hasta que lo explota y entonces te das cuenta que si quiere puede acceder a terrenos muchos más complicados y intrincados todavía. Pero su intención es claramente la de crear un ambiente en el que sentirse cómodo. En su mayoría juega con las teclas de las octavas medio altas mientras que las bajas las olvida casi por completo. Centrándose en dos o tres octavas en su mayor tiempo es como logra crear una atmósfera en el que su base rítmica tiene mucho que ver.


Tanto Slawomir Kurkiewicz y Michal Miskiewicz, músicos de nombre impronunciable si no has vivido desde pequeño en Varsovia, exploran al máximo los sonidos que sus instrumentos les permiten. El bajo acústico o con el arco y la batería, que es golpeada en todas las maneras posibles: con baquetas, con mazas o con escobillas. Todo siguiendo el patrón de calidad que marca Wasilewski. Un patrón que por otra parte te apetecería escuchar una y otra vez porque es pura música con sello ECM y tiene esa sonoridad tan típica de la discográfica germana. Incluido el disco que estaba promocionando, Faithful, que como viene siendo norma me compré al finalizar el concierto para irlo degustando en casa sin prisa pero sin pausa. Así que una vez acabado el directo queda sentarse a escuchar Faithful con tranquilidad para descubrir todo lo que guarda el Trío de Wasilewskiescondido en él.



J. Coltrane

14 de noviembre de 2011

Competencia Desleal

Oyes, qué bien montado tienen el tenderete algunos. Ya es bien verdad que más vale caer en gracia que ser gracioso. Y es que hay gremios que por obra del espíritu santo se pasan la bendita competencia y el libre comercio, o como se llame a la libertad de las empresas de poner precio a lo que venden, por el lugar ese que está cerca de donde el arco del triundo se torna peludo. En otros gremios, en cambio, la batalla es a cara de perro y si te gusta bien y si no también, que fabricando el China o en la India a manos de tiernos infantes y a precio de chichinabo podemos poner unos precios de risa, competir y aún y así ganar una pasta a costa del sufrido consumador. Pero cuando hablamos de farmacias y fármacos la cosa cambia, con la Iglesia hemos topado y aquí no se mueve ni Dios.

Ojito a la escena. Aprovechando que en mi trabajo tenemos unos maravillosos beneficios sociales, de esos que te derrites de gusto, me dirigí a la farmacia de la esquina porque me habían dicho en la oficina que los precios para los que trabajamos en mi maravillosa compañía son de lo bueno lo mejor. El descuento es de nada menos que un increíble 10%. Así que ni corto ni perezoso entro en la citada y bonita farmacia sin dejarme cegar por la estridente luz del verde neón que colgaba de su entrada dispuesto a dejarme seducir por las ofertas que sólo nosotros podemos disfrutar. Me acerco al señor facultativo y, con el debido respeto, le pido que si tiene a bien darme un potecito de esos para cuando me pican los ojos y así evitar que me los saque en una pérdida de papeles antes de lo deseado.

Una vez el señor farmacéutico se mete en la rebotica, esa donde no quiero ni  saber lo que se traginará con la señora farmacéutica cuando a media tarde no entre ni Dios, se acerca medicina en mano para cobrarme el frasquito de marras a precio de como si lo hubiera ido a buscar a la China a nado. Entonces aprovecho que pasa por el escáner la cajita y le digo que nosotros, los que trabajamos en la marca ACME  tenemos un descuento del carajo en esa botica y que si sería posible que me lo aplicara como mandan los cánones. Y oyes, o el amigo notó cómo se quebraba mi voz pidiendo el descuentito o, pardiez, me tomó por el pito del sereno por pedir aquello en plena crisis. Así que mientras me miraba catatónico me espetó, con una sonrisa socarrona, que lo del descuento no iba a poder ser.

¿Qué te chupe qué? le dije yo sin levantar mucho la voz para que no me oyera el resto de la clientela y dejándose llevar por la algarabía reinante pidieran a gritos una succión gratuita a la par que desestresante. , dijo, los descuento para los amigos de la marca ACME son para todo lo que se vende en la farmacia menos para los medicamentos. Tócate los huevos, como si a la farmacia fuera uno a comprar melocotones. Y remató diciendo que hacer descuento sería competencia desleal, el hijoputa. Y ahí me cayó una lágrima. Competencia desleal, empecé a repetirme varias veces para procesar el asunto. Competencia desleal. Así que me giré y miré a ver qué me podría yo comprar en una farmacia y que no tuviera nada que ver con medicamentos. Y la lista no era muy larga. Potitos variados de frutas y carne, juanolas, chupetes, pañales, condones y algún champú de esos de farmacia que cuesta un huevo. Ah, y unos Fisherman’s Friend. ¡Qué fuerte!

Cuando la lágrima llegó a la comisura de mis labios saqué la lengua para reciclarla y, para mis adentros y aunque me supo mal porque ellas siempre pillan, me cagué en las señoras madres de todos los farmacéuticos del mundo. Así del tirón y sin acritud. Hay que joderse, pensé, resulta que hoy en día quien más quien menos está inmerso en una encarnizada batalla por ofrecer ofertas suculentas para comprar esto y aquello y, en cambio, los farmacéuticos y por ende las empresas farmacéuticas tienen la cara dura de decirte que no, que no va a poder ser, que ellos descuentos no hacen y que eso de los descuentos es de cabrones y que el precio se paga tal cual pone en la cajita, sin rebajas de ninguna clase, que si quieres Juanolas vale, pero que lo que cura se paga como Dios manda.

Así que oyes, el chollo que tienen montado las empresas del sector es de tres pares de pelotas. No sólo cuando te cuelan millones de vacunas de la gripe del  pollo sin que puedas decirles que se las metan donde puedan en caso de que finalmente no te hagan falta. No, el negocio va más allá porque está bendecido, in nomine patris, por la coyuntura gubernamental habida y por haber, y que a la postre es la que recibe las mejores succiones del gremio en cuestión. Y claro, así el bisnes va de cine. Ni rebajas, ni hostias. Y todos a mirar a otro lado, como tiene que ser. Y si todos los gremios hicieran lo mismo estábamos apañados. El del automóvil, el de la electrónica o el de la construcción, por ejemplo, podría pasar que se cuadraran y acabaran del tirón con eso del libre mercado y entonces nos la podrían meter doblada cuando compráramos un coche, una tele o un castillo en Villabotijos de Arriba.

Total, que salí de la farmacia dándole vueltas al coco y echando humo. Iba pensando que la próxima vez les compraría la cajita su puñetera madre, pero luego caí en la cuenta de que si no fuera a esa farmacia tendría que ir a otra en la que estaríamos en las mismas con un precio exactamente igual, por lo que la penetración de la que había sido objeto no iba a ser la única, por lo que era mejor que al menos la disfrutara. Competencia desleal, seguía yo diciéndome mientras caminaba hacia el trabajo. Mientras algunos las pasan jodidas por la dura competencia que hay en este mundo capitalista de mierda otros, en cambio, viven mejor que quieren y tienen una flor en el trasero. Te dicen que no te pueden hacer un mísero descuento porque si no las otras farmacias pondrían el grito en el cielo. Y oyes, para decir eso hay que tener mucha cara dura o ser muy hijo de puta. Una de dos. O incluso las dos.



J. Coltrane