Uno de los bisnes que ya me extraña que los chinos no hayan hecho suyo en Venecia es el de las góndolas, como de hecho ya hacen con todos los negocios del planeta es raro que no le hayan metido mano a éste también. Eso sí, el que no se ha salvado allá, igual que aquí, es el negocio de la restauración, porque en Venecia las trattorias ya no son exclusivamente de cocineros italianos, con lo que la calidad de la comida y la limpieza de las cocinas habrá que verlas. Así pues, como digo, es extraño que no hayan reventado el negocio de la góndola con sus consabidos precios de chichinabo y su calidad consonante. Hubiera tenido su gracia haber visto gondoleros con sus camisetas a rayas y cara de ir estreñidos a manos de una góndola de plástico made un china, con el clásico gatito moviendo su pata y con una rotación que les tuviera trabajando las 24 horas del día los 365 días del año. Mañana, tarde y noche. No hay nada mejor que un buen foco para no acabar naufragando en los canales.
Si los chinos se hubieran hecho cargo del negocio las cosas serían diferentes y los precios se ajustarían a la realidad y además el trato sería muy distinto hacia el cliente. Te recibirían con una sonrisa y te bajarían la cabeza a lo oriental para animarte a subir a su góndola. Sí, señol. No sería como ahora que te ponen cara seria y casi les haces un favor pagándoles un pastón por su servicio marítimo. Los chinos tampoco te darían un paseo de sólo 35 minutos. La verdad es que no sé quién pensó en ese tiempo pero es ridículo. O haces media hora o 45 minutos o vas de cuarto en cuarto, pero 35 minutos no. Otra cosa que seguro un chino nunca te haría sería dejarte con la palabra en la boca cuando te acercaras a preguntarle el precio. Nosotros tuvimos en ese sentido una experiencia curiosa cuando quisimos contrastar los precios de las góndolas que habíamos visto en las guías. Claro, junto a la Plaza San Marcos no es el mejor sitio para ello, pero mira, lo bueno es que visto el precio allá ya sabes que la puñalada en cualquier otro sitio de la ciudad no será peor que esa.
Así que para conocer el precio de la góndola de marras envié a mi secretaria a negociar con el gondolero el servicio en cuestión aprovechando el arte que tiene la susodicha para estos menesteres y, dicho sea de paso, porque la mayor interesada en paseítos era ella. Pero se encontró con que el hijoputa al que se dirigió la dejó con la palabra en la boca porque por su flanco derecho vio acercarse a tres japoneses ramplones de esos que dicen que ya que han venido hasta Europa se van a fundir la VISA a la de tres. Y claro, como los amigos gondolieris saben eso no se cortó ni un pelo y dejó a mi amada con tres palmos de narices y se dio la vuelta para negociar con los japos. Con un par. Yo, que para eso soy el macho del corral, y veía desde la distancia la escena estuve a punto de ir a partirle las piernas y los brazos para que tuviera que hacer sus servicios remando con las orejas o con su palote, pero al final, como además de macho soy muy pacífico, simplemente cogí a mi mujer del brazo y me la llevé a ver a alguno de los otros 2000 gongoleros que había revoloteando a nuestro alrededor y a los que aparentemente nos les venía mal que no viniéramos del Lejano Oriente.
Y mira, cuando el lobo de mar nos dijo que el precio de los 35 minutos era de 130 euros casi me tienen que hacer el boca a boca. Creo que me puse morado, pero ese capítulo no lo recuerdo bien. Sería por la falta de aire y riego sanguíneo. Y es que está claro que uno de los asuntos más espinosos cuando uno viaja a Venecia con su parienta es decidir si góndola sí o si góndola no. O sea, la opción huevón, si uno en aras del romanticismo barato se deja seducir por los cantos de sirenos de los gondolieri, dejándose atracar a remo armado y se sube a la góndola de turno para que un tío con pinta de friki y sombrero de paja le dé un paseo que dura lo que un suspiro. O, la otra opción, si uno es un león y se arma de coraje, se cuadra y le dice a su pareja que no, que de eso nada, que él por sus huevos que no se sube a uno de esos barquitos inestables a tirar el dinero y a pasearse por los canales a la vista de todo quisqui para que el respetable se muera de la risa a tu costa y además te inmortalice rojo como un tomate mientras te pasean por entre los canales. Como podréis imaginar un servidor entró en la categoría de los huevones.
Aunque la verdad es que después de haberme paseado en la góndola famosa y casi haber tirado al agua a nuestro gondolero Pippo un par de veces por nuestros movimientos sobre la cubierta del barquito de mierda para hacernos fotos en ésta y aquella posturita, buscando la toma perfecta, puedo decir que la verdad es que me ha quedado un genial sabor de boca del momento. Os recomiendo que, si me dejáis, lo hagáis. A pesar de ser algo típico de guiris y que no verás a un italiano de la zona pasearse en góndola lo cierto es que está súper chulo. Alguien, de todas maneras, dirá que coño con el Coltrane la pasta que tiene. Parece japonés dirá algún otro envidioso, pero no, nada de eso, simplemente es que como supermercados no, pero góndolas las que quieras en Venecia, nos apartamos un poco del tumulto más tumultuoso de la ciudad y preguntamos a un amable caballero que por cuánto nos llevaba de paseo.
De esta manera, y dudando un poco, que sí sí que si no, ecco capuchino, el amigo nos dijo que el precio oficial de Venecia a día de hoy por 35 minutos es de 80 euros, pero bueno, por ser nosotros y porque estaba más aburrido que una ostra, nos lo dejaba por 70. Supongo que como había llovido a primera hora y en cualquier momento volvía a descargar imagino que Pippo quiso asegurar el pan de sus bambinos y nos hizo un descuento. Bueno, eso o que se le caía la cara de vergüenza de cobrarnos más de los 80 que marca la normativa veneciana. No sé en concepto de qué explicará nuestro amigo de la Plaza San Marcos esa pequeña desviación hasta los 130 eurazos que nos pedía. El hijoputa.
Pero que nadie crea que la subida a la góndola es lo único cara pero que vale la pena en Venecia. No, amigos. El vaporetto también es de cachondeo. Tres euros por un pequeño trayecto. Pero como allá donde fueres haz lo que vieres, pues mira, si por dos billetes de ida y vuelta nos cascaron 12 euros simplemente para cruzar el Gran Canal, que no habrán más de 100 metros de trayecto, decidimos que echando cuentas, con esos 12 euros nos daban barra libre de viajes para darnos unos garbeítos durante un par de días tranquilamente. Y eso hicimos. Sin validar los billetes viajamos varias veces, sin abusar, por el Gran Canal y con la conciencia bien tranquila de haber aportado un dinero bien majo a aquella ciudad tan bonita pero tan cara. Sea como sea, tanto el paseo en góndola como el paseo en vaporetto es un deber en Venecia. Lo que uno ve en esos barquitos a su alrededor vale mucho más que el montón de euros que te cobran como quien no quiere la cosa.
J. Coltrane





