25 de mayo de 2012

Poniendo Una Pica en Flandes I

Ahora que por fin me llega la sangre a la cabeza con normalidad puedo ya confirmar a mi gran audiencia cibernética que la familia Cebolleta ha puesto la famosa pica en Flandes. Hemos superado el reto, que nos ha costado un huevo, y hemos vuelto vivitos, coleantes y victoriosos. Nos fuimos en estado de excitación máxima debido a la adrenalina que produce hacer turismo y oyes, aquí estamos en perfecto estado de revista días después. Si además, se te ocurre la peregrina idea de hacer turismo familiar y llevarte a 14 sujetos, padres, niños, abuelos y demás, entonces el subidón es tal que no sabes si vas a salir de esa vivo o con los pies por delante. Pero a las pruebas me remito. Salir de esta aventura hemos salido. El único problema es que esta semana la he pasado en estado vegetativo por el desgaste sufrido. He sido un alma en pena, arrastrándome por las esquinas para recobrar las energías perdidas, pero ha valido la pena para poder decir que esta familia ha puesto, como se proponía, una pica en Flandes.

Así que era de esperar estar hechos unas bragas belgas después de las caminatas de estos días que han sido casi inhumanas. No sé cómo no ha habido alguna que se ha sentado y ha dicho que a tomar por saco, que de ahí no la movía ni Dios. Han sido horas y horas de paseo por todos los rincones de las dos ciudades más bonitas de Bélgica y por su capital. Pero paseo del duro, de ese que te paras cada 20 metros a entrar en una tienda o donde sea. Ese es el paso más duro que uno puede dar cuando hace turismo, y siendo 14 y con un buen puñado de mujeres, pues imagínate. Aunque esta semana he podido recuperar en peso parte de lo invertido en las calles belgas he perdido allá algunos kilos que no me sobraban precisamente. Y no será porque la comida belga no alimente. No hay más que ver a la hembra nacional pasear chicha para darse cuenta que o uno lo quema rapidito o las grasas de esa comida se anclan a tu cuerpo y no hay Dios que las elimine. Nosotros, con tanto gasto energético, no le hemos dado tiempo a que se sujetara a nuestros cuerpos modelados a la luz de la dieta mediterránea.

No es que quiera, Dios me libre, dejar en mal lugar a los manjares de la cocina belga en estas líneas, no, simplemente quiero constatar la realidad alimenticia del país en cuestión. Una realidad muy triste, por cierto. A ver, las cosas como son, porque si el plato nacional es la patata (congelada) frita bajo un mar de mayonesa o cualquier otro tipo de salsa, y encima te la tienes que comer tirado por la calle porque es típico, con el clima que tienen ahí los amigos pues la tristeza es máxima y entiendes que cuando vienen aquí alucinen con la comida que se come en mi pueblo. Dicho de otra forma, la comida belga sí es muy equilibrada. Pero el equilibrio lo da la perfecta proporción entre lo mala y lo cara que es. Una mezcla perfecta que la convierte en ideal para morir de hambre si uno pasa más tiempo del debido en ese país, o para acabar hecho un tocino si no come con ojo. No ha sido nuestro caso porque en cuatro días no ha habido tiempo de mucho, pero los dramas culinarios que se han montado a la hora de cada comida han sido de padre y muy señor mío.

Comer, lo que se dice comer, hemos comido, pero oyes, cada vez ha sido un despelote mayúsculo. Niños llorando, mujeres por los suelos, desánimo, intentos de suicidio, caras largas, amenazas de diferentes tipos. Ha habido de todo eso cuando daban, según fuera, las 12 del mediodía o las 7 de la tarde y los estómagos empezaban a rugir con fuerza. Entonces se mascaba la tragedia. Había que decidir un lugar donde llevarse algo que comer a la boca y la tensión crecía por momentos. Se palpaba en el ambiente, lo que aderezado con el gris tiempo belga hasta se podía asegurar el drama que se nos venía encima. Poner en sintonía a 14 personas con sus 14 gustos y sus 14 horarios de comida y precios pues es francamente difícil, así que tras una primera debacle, que nos llevó a "cenar" en un McDonalds de Gante, decidimos que a la hora de comer rompan filas y maricón el último. A esa hora que cada uno se apañara y comiera donde le saliera de las narices. Afortunadamente los desayunos estaban incluidos en el hotel y ahí no sufrimos las atrocidades del hambre nada más despuntar la mañana.

De todas formas, es que esta gente no te lo ponen fácil que digamos. No sé si es para joder, pero de momento hay cero cartas en inglés. Y como en casa en general de neerlandés vamos más que justos pues la cosa se ponía difícil en cada comida. Así que cuando uno se acerca a una pizarra y sólo ve cosas escritas en ese bonito idioma se caga en la madre que parió a los amigos y piensa en las pocas ganas que tienen de atraer al turista y de darle facilidades. Uno, en mucho sitios, dispone de cartas en distintos idiomas pero tiene que entrar al local a pedirlas, lo que hace que la cosa se complique. Tampoco te ayudan mucho cuando te ven un grupo grande. Aquí en mi pueblo se te tirarían encima si te vieran con 14 buscando dónde comer, pero allá en Bélgica no. Que no hay mesa para tanta gente, pues mala suerte te dicen desde la barra. En vez de juntar mesas, o decirnos que esperemos un momento que una familia está a punto de acabar, te dicen simplemente que no. Y si te gusta bien y si no también.

Pero es que el servicio no es lo suyo. Los horarios no están diseñados para el turista. Ni de coña. En Bélgica a partir de las 6 tiemblan los comercios y a partir de las 7 agárrate con el resto de cosas. Y a las 9 de la noche échate a llorar que no hay manera casi ni de comer algo, son pocos los sitios que no tienen el “vuelva usted mañana” colgando ya de sus puertas. Y ni se te ocurra querer visitar un lugar turístico más allá de las 5 de la tarde que se descojonan en tu cara. No están preparados para el turismo y eso se nota con los horarios y con el trato al extranjero. Tampoco es que nosotros seamos la repera, desde luego, pero les damos mil vueltas. En fin, ahora que el día es largo y el tiempo, sin ser la fiesta, es mucho mejor, lo lógico es que aprovecharan la llegada “masiva” de turistas y estiraran un poco los horarios para que el turista pudiera disfrutar de más horas de visita así como de las bondades lugareñas. Pero no. Si quieres ver algo vuelve mañana, que a las 10 en punto está abierto.

Así que bueno, estresados no viven precisamente. Y es curioso porque hablan de los latinos, pero el ritmo que llevan los belgas, al menos a nivel de servicio, podría ser equiparable al de los relajados habitantes de las calientes aguas del mar del Caribe. No puede ser que uno pida la cena y ésta llegue en tantas partes como un pelotón ciclista escalando el Tourmalet. Unas cosas para unos, otras para otros, y al final, cuando uno mira el reloj se ha tirado dos horas para comerse una ensalada y una sopa de mierda. O bien 45 minutos esperando a un triste wok teniendo el restaurante al 10% de capacidad. Y no, eso no es de recibo. A todo eso súmale, además, que la simpatía personificada es la de los camareros belgas. Qué majos y que buena gente son, oyes. Siempre atentos a cualquier petición del cliente, simpáticos y con ganas de servir y de convertir tu comida en un rato agradable y que poder recordar. Son rápidos y gentiles. Siempre con una sonrisa en sus caras y unas buenas palabras y gestos para ofrecerte simplemente porque tú eres el cliente y eres lo más importante para ellos. Así da gusto. Si fuera real y no un simple sueño.



J. Coltrane

16 de mayo de 2012

Rizando el Rizo

Esto es el más difícil todavía oiga. Sí, por eso si no hay excusa nos la inventamos. La familia Cebolleta, o sea la mía, aunque este año no haya bodorrio a la vista en la otra punta del mundo se va de viaje a lo que ya se está convirtiendo en un clásico de estas últimas fechas. Es cierto y verdad que poco o nada tendrá que ver con la aventura sobrehumana del año pasado cuando la familia al completo cruzó el charco para invadir tierra peruana como ya en otros tiempos hizo el mismísimo Pizarro. Afortunadamente las intenciones de aquel distaban mucho de las nuestras ya que nosotros fuimos en son de paz y con ganas de boda. Así que nosotros salimos del país sin bajas, habiéndolo pasado teta, con ganas de volver y, además, consiguiendo algo que nuestros bien recordados (por los peruanos) compatriotas no consiguieron. Los Cebolleta, sin tanta ayuda divina, al menos llegamos al mismísimo a Machu Pichu. No como otros.

Pero aquella fue aquella y ésta es ésta, así que como digo no tendrá nada que ver empezando porque este año comparado con Perú nos vamos a la vuelta de la esquina. La organización, no por ello, deja de ser hiper complicada cuando el número asciende a 14 indeseables. Cada uno quiere lo que quiere y puede lo que puede, así que llegar al punto medio resulta ciertamente complicado cuando el número de turistas crece. Así que he estado a punto de tirar la toalla varias veces y/o cortármela a cachitos según el momento. Han habido insultos, golpes, vejaciones, violaciones y dos intentos de fratricidio consecutivos y a punta de cuchillo jamonero. Pero al final hemos conseguido poner de acuerdo a las masas y este año también habrá viaje. Entre pitos y flautas este año nos vamos a Brujas y Gante, en Bélgica. Un país que, curiosamente, anduvo de película con un desgobierno que ha durado meses y del que, tal y como iban las cosas por allá, nadie echaba mucho en falta. Ahí lo dejo.

Para organizar un sarao así cuentan todas las variables que uno imagine. Nuestras agendas están prietas como las del Papa de Roma y ha habido que hacer encaje de bolillos para encontrar un fin de semana donde todos pudiéramos hacer un hueco al famoso encuentro familiar del año no sin, eso sí, hacerlo más y más difícil. Este año, a diferencia del anterior, que la fecha era intocable, más que nada por la boda de este pobre pecador, hemos tenido que poner sobre la mesa nuevas variables aún desconocidas hasta el momento. Cada una de nuestras hembras colocó en el calendario, en rojo, por supuesto, cuando no “le venía” bien ir de viaje. Así que entre reuniones de la OTAN, del Banco Central Europeo y las mareas rojas respetivas quedaban precisamente estos 4 días tontos que ni fu ni fa. Y ha sido entonces donde metimos la puntita para acabar decidiéndonos a ir a un viaje que con tanta variable ha estado a punto de hacerme doblar mi ración diaria de drogas blandas o ya tirarme directamente a las duras.

Otra nueva variable a tener en cuenta esta vez ha sido la infancia. Niños sí, niños no. Gran dilema. Pero como mis hermanos tampoco pilotan mucho o bien toman las mismas sustancias que un servidor, al final han decidido que este año los mochuelos viajan con sus santos padres y, por ende, con sus santos tíos.  Y el toque de alegría que le vamos a dar al tema va a ser de órdago. Que si mami cómprame un helado. Que si estoy cansado. Que si qué coñazo. Que si este palacio del 1500 huele raro. Que si papi cómprame chocolate. No, del de comer. Que si tengo frío. Que si tengo calor. Que si mira que tía más buena, pregunta precio. En fin, habrá que ver qué dirán los susodichos cuando tras cuatro horas de paseo se nos antoje entrar en una iglesia del siglo XIV a rezarle una oración al Cristo del buen Milagro o cuando queramos echarle un ojo a la Adoración del Cordero Místico, para ver si es tan místico como dicen. O habrá que verles la cara cuando haya que ir a comer al restaurante y la carta, que obviamente no estará en español, ofreza Kraugenkurten a la Murfunsdamen de Gent, eso sí, con patatas fritas.

Así que nuestra agenda empieza en el aeropuerto a una hora que no deberían permitir los vuelos. A esas horas sólo puedo pensar dos cosas: una, a saber si el piloto ha dormido, y dos, cómo hará para mantenerse despierto. En fin. Una vez llegados a Bruselas, Dios mediante, un par de horas después, nos dirigiremos en tren a la bella ciudad de Gante, Virgen del Santo Socorro mediante. Veremos. Allí tenemos nuestro hotel que será centro de operaciones en todas las noches belgas. Pasearemos la ciudad, volveremos a pasear y luego, siendo 14 comensales, apáñatelas por ahí para comer la mierda que coma esta gente y a la hora que la coman, que en esos lares los horarios cambian ligeramente. Al día siguiente, desayuno buffet al estilo patrio. Llenamos el plato hasta arriba, que es gratis, y nos comemos la mitad. Y de nuevo al tren belga, de aventura a ver Brujas, otra ciudad con canales por todas partes. Y en Brujas, más o menos, pues lo mismo. Paseo, comida, frío, lluvia, fotos y cachondeo, mucho cachondeo. Y luego cógete el tren y vuelve a Gante.

El tercer día aún está por ver. O se volverá a Brujas si han quedado flecos por cerrar o nos dedicaremos en cuerpo y alma a Gante. Veremos, porque por lo que parece ni la una ni la otra son ciudades demasiado extensas y, quizás, en un par de paseos las tenemos vistas de arriba a abajo. Así que otra opción que baraja el guía es acercarnos a Bruselas a ver la plaza del pueblo, que es preciosa y, ya que estamos, ir a ver al Manneken Pis, el famoso niño meón ese que cuando uno lo ve es para pararle la meera a hostias. Creo que después de la Gioconda y del último de Chayanne es la mayor decepción artística que he sufrido en mi dilatada vida. Eso sí, lo que seguro que vamos a hacer es ponernos hasta arriba de chocolate belga y de patatas fritas con mejillones. Plato nacional que así a las primeras de cambio no casa mucho pero que habrá que darle una oportunidad. Sea como sea, van a ser cuatro días que espero contaros y en los que, como digo, rizaremos el rizo.



J. Coltrane

9 de mayo de 2012

Bendita Inocencia

Pues que creéis. Si no de qué iba a ser así. De eso tiran los amigos de la sotana para llevarse el gato al agua y barrer para casa, con premeditación. Aprovechando la candidez y la inocencia de los tiernos infantes, que cuantos más seamos más reiremos y más lleno estará el cepillo dominical. Y es que para que las iglesias no parezcan un cementerio y los pilares de la Santa Madre Iglesia no se tambaleen hay que empezar pronto con la faena haciendo cantera. Captando a esas almas virginales que aún no conocen la maldad porque cuando dan Punto Pelota ya hace rato que duermen. Así, empezando con los más pequeñitos de la parroquia es como consiguen insuflar el veneno de la cruz a más de uno que, sin comerlo ni beberlo, porque para eso se es niño, coño, pasaba por allá porque sus padres así lo quisieron.

A ver, yo ya no me acuerdo muy bien porque entre que ha llovido mucho, que las drogas que consumo bajo prescripción médica me dejan al borde del precipicio y que tengo el jardín de arriba que es para verlo, pues ya digo que no sé. Pero me monto la película en Technicolor y listos. Porque el que suscribe también pasó por este momento tan místico en la vida de un crisitiano y aunque sin mucho detalle recuerdo que más o menos a nosotros antes de la comunión nos contaban las mismas milongas que les cuentan ahora a los pobres chavales para que nos creyéramos que el de arriba era un bendito, todopoderoso, misericordioso y todo eso con lo que nos sermonean los amigos y que, ahora ya de mayor, no hace falta más que salir a la calle media hora para ver que o el levantamiento de camisa del clero fue mayúsculo o al de arriba se las ponemos tan putas que no da abasto y está de baja por estrés.

Pero siendo niño es normal. Te pillan en frío y te dejas llevar. Como a esa edad estás más perdido que Pitbull cantando solo te crees todo lo que te cuentan y aprovechan tu fragilidad e inocencia de niño para engancharte al carro de la fe. Aunque sí, eres un tierno infante pero no nos engañemos, ya con algún que otro pensamiento impuro rondando la azotea. Las cosas como son. Y entonces te viene el profe de reli(gión) y te dice, todo serio, que o te crees la Biblia a pies juntillas y sigues la palabra del Señor para así ir al cielo, que allí es todo música celestial o, si no, derechito al infierno que te vas, a abrasarte y a escuchar reguetón lo que resta de eternidad. Y claro, uno será niño pero no gilipollas. Así que como cuentan que la eternidad no se acaba nunca uno piensa que la elección entre el cielo y el infierno es de manual si es tal la cuentan. Así que le dices al páter te pongan en la lista. Que te pides cielo.

Así que una una vez decidido a introducirse en el contubernio catequístico te dan la brasa un par de años con el testamento, el catecismo, Dios, los Corintios, la madre que los parió, la virgen, el carpintero, Jesús, los apóstoles y hasta el hijoputa ese de Judas que, dicho sea de paso, es el que más se parece al ciudadano de a pie de hoy día. Y así te tienen un día o dos por semana dale que te pego preparándote para el gran día en que abrirás tu corazón a la fe católica. Qué emoción. Te leen capítulos y versículos de la Biblia de esos que llevan numeritos por todas partes y arrinconas el Señor de los Anillos porque lo ves muy real. Te leen los pasajes de Juan, de Pedro, de Lucas y del resto de la banda y empiezas a pensar que, Judas a parte, y si todo lo que cuentan pasó así tal cual lo cuentan, que ni se me ocurriría ponerlo en duda, Jesús era un tipo de primera. Que había que dar de beber al sediento, pues se le daba. Que el hambriento estaba con un agujero en el estómago, pues se le saciaba. Y aquí paz y después gloria.

Entonces claro, tú te lo vas pensando y como ves que Jesús era tan buena gente llega un punto que te dices a ti mismo que el rollito te pone. Ayudar al prójimo, al desvalido, al que te necesita, al que no tiene, amarse los unos a los otros como hace siempre la Iglesia dando ejemplo. Y ya con tus 9 añitos aprendes que ser católico sólo tiene ventajas porque, además, cuando baja el telón, tienes la eternidad ahí lista esperando. Llegas y San Pedro te abre las puertas de par en par. Te apunta en su lista VIP y ya dentro es el no va más. Jesús, los ángeles, los apóstoles, los profetas, Moisés. Todos, están todos, no falta ni Dios. Así que si tanto tostón de mandamientos, parábolas y milagros varios tienen el fin de preparar la eternidad bien vale un poco de esfuerzo. Aunque el mal aceche porque el maligno está a la vuelta de la esquina tentándote de mil maneras, que te lo ha dicho el cura, decides que no vas a insultar más al gordo de la clase que va lorza en ristre provocando en pleno verano. Así que como buen cristiano que ya eres no le vas a mentar más su exceso de tonelaje.

Y antes de que te des cuenta has pasado dos años entre Filisteos y Macabeos y entonces es momento de confesarte por primera vez, que a recibir la fe se llega limpio y no como un andrajoso pecador. Pero como tienes 9 años de nada no sabes qué le vas a contar al confesor llegado el momento. ¿Qué pecados vas a tener tú si eres un mocoso? Una palabrota, un desplante a mamá, desobedecer a papá, no estudiar para un examen, tocarle el culo a la Maripuri. En fin, si con eso San Pedro no te deja pasar aquí no sube ni el apuntador. Pero bueno, tú a por todas vas a la caseta de confesión, Ave María putísima, sin pecado concebida. Ya. Y ahí te enfrentas a las clásicas preguntas de toda la vida. Que de qué te arrepientes hijo mío, que qué has hecho mal, que si has escuchado a tus padres hacer la cópula. Cuenta, cuenta. Y así todo ese típico rollo para cotillear en la vida ajena que, con el cuento de la confesión, ha tenido a bien siempre el clero.

Así que te sinceras y lo vomitas todo. Le dices que al gordo sí le llamaste gordo, cierto, pero que no sabes si al ser técnicamente obeso se considera pecado o simplemente ceñirse a la estricta realidad del joven en cuestión. Y sobre tus padres pues que a la vez no, nunca, más bien cada uno por su lado, pero que eso quizás tampoco es pecado. Pero el cura, que va a su bola y sabe latín quiere saber algo con más entidad de pecado y va directo a saber si ya te tocas y cuántas veces. Pero con 9 años, padre, ¿qué quiere que me toque? El calabacín a penas despunta y lo uso a duras penas para hacer pis. ¿Será pecado tocarse al ir al baño? Le preguntas. No hijo, pero no sacudas más de la cuenta, que eso sí es paja como todo el mundo sabe y la paja la tengo a tres padrenuestros y dos avemaríasAsí que te dan la bendición, in nomine patris, y te dicen que estás preparado para ser un cristiano de rompe y rasga. De ti depende y nos vemos el domingo en misa que te voy a contar una de fariseos.

Y para rematar la faena te visten de marinero de agua dulce, te repeinan poniendo en jaque los límites del honor y sólo queda verte camino del altar donde ya te espera el padre que te ofrecerá el cuerpo de Cristo por primera vez. Así que llegas como un flan sabiendo que te la juegas y con las manos en posición de Ave María llena eres de gracia sin despegarlas ni medio minuto. Y entonces rueda el balón. El padre Manuel lanza preguntas al vuelo, todas improvisadas. ¿Qué es Dios para vosotros? Pregunta a traición a los nenes. Los listos de siempre alzan la mano pidiendo aclarar la cuestión a los allí presentes. El gentío rumorea qué será Dios para ellos. Especulan qué pueden tener aprendido esos locos bajitos que no saben de la vida de la misa la mitad para responder algo así. Y entonces el espabilado de turno dice tirando de tópico, mientras a lo lejos se oye al coro de eunucos "amenizar" la ceremonia, que Dios es nuestro hermano y nuestro mejor amigo. Y entonces es cuando yo pienso que bendita sea la inocencia, y que ojalá les dure mucho, porque cuando salgan a la calle y abran los ojos algún día se acordarán del padre Manuel y de su santa madre (iglesia).



J. Coltrane

27 de abril de 2012

Virgencita, Virgencita

Aprovecho estos últimos minutos que me quedan de relativa lucidez para escribiros algunas líneas antes de adentrarme en un mundo que desconozco por completo y que no es otro que el peligroso mundo de las drogas, o como dicen en la tele agarrándosela con papel de fumar, el mundo de las adicciones. Pero no es por vicio, que conste. El tema es que mi galeno dice que voy como una moto. Dice que puede ser por mil motivos pero que lo más seguro es que lo que lleve encima sea un estrés de champions league. Dice que eso de ahogarse mientras se vive la loca vida pues que es un síntoma inequívoco de que voy a todo trapo. Y no puede ser. De todas maneras, para asegurar el tiro y que no le meta un puro (legal) cuando me reserve la caja de pino, me ha dicho que vamos a hacer unos análisis para asegurarnos que no es otra cosa la causante de este despelote aeróbico que vive mi cuerpo serrano. A lo que yo le he dicho que amén.

Lo malo es que con la gracia el amigo me ha soltado una receta que puede cambiar el rumbo de mi vida y de la de los míos. A partir de esta noche soy toxicómano gracias a la ingesta de 5 mg de Diazepam en forma de pastillita inofensiva. Pero la mala puta, a pesar de no parecerlo, tiene tela marinera y me tiene acongojado, por no decir acojonado. Y no quiero decir nada ni ser pájaro de mal agüero pero Michael Jackson empezó así. Que si jijijí, que si jajajá, pastillita por aquí, pastillita por allá, y cuando se quiso dar cuenta desayunaba tostadas con güiski y Propofol. Para empezar bien el día, decía Michael. Aún y así habrá que ver el efecto que me hacen las pastillitas de marras. Espero que no sean devastadoras para mi maltrecha salud y mi ya de por sí precaria memoria. Si me patina un poco más ya no sé cómo me van a ir las cosas. Pero si se confirman las sospechas las voy a ver de todos los colores gracias al fármaco.

Y es que ya sé que igual no lo debería hacer, pero oyes, me puede la curiosidad. Qué queréis que os diga. He sacado el prospecto del medicamento que nos ocupa y si después de tomarlo no entro en una espiral de sexo, drogas y rocanrol en grado sumo será de milagro. Cuando uno toma Diazepam, según reza el papelito, le puede pasar de todo. Es como jugar a la ruleta rusa. Para empezar, la lista de cositas que uno no ha de tener si toma Diazepam para no joderlas aún más es de campeonato. Por suerte las evito todas. Pero lo que no evito, y en eso vamos bien, es que va dirigido a personas con agitanción psíquica con estados psiconeuróticos. Digo yo que ese eufemismo será lo que tengo y no tendrá que ver con esos otros usos que le dan a la droga en cuestión. A saber, dolores musculares, transtornos convulsivos, alucinaciones en pacientes con dependencia al alcohol, y demás. No sé, sólo falta que a uno que tenga buen beber le den de una de estas para rematar el tema.

Sí es cierto que, y eso me tranquiliza, que no se recomienda Diazepam para pacientes con tendencia a saltar por el balcón. Desconozco el motivo pero desde luego si me han dado este medicamente es que, de momento, no doy el perfil de suicida. Lo mío, por lo que parece, no pasa de ansiedad y poco más. Aunque no sé si queriendo arreglar el motor vamos a joder el carburador y la junta de la trócola. Te dicen, y te lo ponen en negrita para que no haya duda al respecto, que el Diazepam puede provocar dependencia, que no te pases con la dosis que la cosa va en serio. Y esto sí me deja tranquilo. Saber que puedo caer en la drogodependencia sin control por este estrés tonto que tengo me estresa aún más. De aquí a la cocaína, el crack, los Beatles y la heroína hay un paso.

Lo que sí tengo que intentar es no pasarme con la dosis. Los síntomas de un exceso son muy variados, indica el papelito. Van desde un sueño de esos profundo hasta el coma y, en casos estremos, la muerte. Y así asunto resuelto. Aunque eso sí, lo más normal, si es que no te tomas la caja entera en busca de emociones fuertes, es que no te dé más que un letargo y te produzca una confusión de pelotas. Vamos, lo normal. En fin, que así estamos, a punto de entrar en un pozo que ya veremos si tiene fondo. Toda la vida cuidándome y comiendo ensaladas y haciendo deporte para esto. Cagontodo ya. Espero, de todas formas, que si me convierto en politoxicómano pueda de vez en cuando poneros al día desde el otro lado. Si no veo las teclas repetidas, claro. Madre mía. Pabernos matao.

Aunque cuando a uno ya le dan ganas de tirar la toalla y enviar las pastillas a tomar por culo es cuando lee el apartado de contraindicaciones. Siempre recomiendo no leer ese apartado porque nunca lleva nada bueno. Hacer oídos sordos y pasar de eso. Porque como haya habido uno en Kuala Lumpur que haya tomando una de estas por error y le haya dado un jamacuco te van a poner que, oyes no pasa mucho, pero por poder puede pasar que si te tomas una pastilla la casques en el acto. Pero bueno, si decidís leer el prospecto agarraros los machos porque vienen curvas. Lo más normal, como decía antes, es la somnolencia, que hasta cierto punto tiene su gracia a según qué horas. Pero a partir de ahí el resto de cosas te ponen los pelos como escarpias.

Dificultad en el habla, tartamudeo, dolor de cabeza, temblores, nauseas, visión borrosa. O doble, que también tiene su qué. Pero lo que más me sorprende, y tiene tela la cosa, es que me puede producir un estado de hiperexcitación aguda y de ansiedad. Hay que joderse; me tomo esto para estar tranquilo y aún me va a producir un efecto rebote que me va a poner a hacer el pino puente. Habrá que ver, de todas formas, qué me toca, pero fijo que la pastilla me pone en órbita. Podría ser una alteración urinaria con incontinencia desmedida o una alteración de la libido, en cuyo caso espero que sea a más. Si he de morir con esta medicación escojo que sea cachondo y palote perdido.

Pero eso no es todo amigos, aún hay más, también puedo convertirme en irritable, tener accesos de furia y hasta ser agresivo. Que habría que verme todo agresivo. Debo ser gracioso y todo. Como graciosos pueden ser los delirios y las alucinaciones que también forman parte de la cara B del puñetero medicamento. Desde luego apetece probarlo, ¿no? Pero bueno, de algo hay que morir. No sé, en fin, espero no estar equivocándome. Creo que casi lo mejor sería dejarlo tal y como está y a tirar, porque viendo lo que me puede pasar con el Diazepam casi que no sé si quiero probar fortuna y que me toque sufrir alguna de estas adversidades de regalo con las que viene el medicamento. Que sea lo que Dios quiera. Sólo pido que después de esto, virgencita, virgencita, me quede como estoy.



J. Coltrane

19 de abril de 2012

Eric Marienthal - It’s Love

Cuando coge el nuevo trabajo de Eric Marienthal, It’s Love, no sabe si escucha un disco del saxofonista americano o uno del guitarrista y productor Chuck Loeb. Primero porque se nota a la legua la producción de Loeb en el nuevo disco de Marienthal porque suena a Loeb y porque su guitarra brilla incesante todo el disco. Los dos músicos me encantan y tengo montones de discos de ambos. Pero claro, en este caso, no sé si dudar a quién le has comprado el disco es bueno o es malo. Cuando compro un disco de Marienthal me gusta que suene a Marienthal, porque si quiero que suene a Loeb lo que hago es comprar un disco de Loeb. En fin, parece de perogrullo, pero no lo es. Esto pasa más de lo que uno desearía y el problema es que convierte a los discos en previsibles. Cuando produce Jeff Lorber ya sé cómo va a sonar, igual que si lo hace Russ Freeman. Uno se espera un sonido y no falla.


Y el error es lamentable. Siempre he entendido la música como una sorpresa, como abrir un disco para encontrarte algo que siempre esperas que sea nuevo y no una repetición o copia de algo que ya has visto. Evidentemente dentro de un mismo estilo no siempre es fácil ir de aquí para allá con cambios, pero hay músicos que mantienen el nivel muy alto disco tras disco. Porque mira, el invento luego saldrá mejor o peor, pero el músico que crea tiene que correr riesgos para que los que le compramos los discos sepamos que, dentro de unos límites, lo nuevo va a ser algo distinto e inesperado y para que veamos que hay una evolución. Y el problema es que It’s Love ni es distinto ni es lo esperado. Sí quizás en calidad técnica, de la que Marienthal va sobrado, pero no a nivel de composición. Esto parece más bien hecho deprisa y corriendo para llenar las diez canciones y salir de gira.

Me encanta su sonido, me encanta cómo toca y me encanta su estilo, pero creo que está al borde de mi paciencia. No sé si compraré muchos discos más de este señor. AllMusic le da tres estrellas y media a It’s Love y creo que una es un regalo caído del cielo. It’s Love no es un mal disco pero es infumable a trozos. A las pruebas me remito. El Get Here de Brenda Russell es un tema plano que debería haber hecho un delete en cuanto fue grabado. Te deja mal sabor de boca nada más empezar por la suavidad de su saxo alto y porque es insípido. Y claro, teniendo en cuenta lo que le he visto hacer a este señor la verdad es que me parece ridículo un tema así y ya, ni te cuento, el Can’t Buy Me Love. Es para hacerse el harakiri. Aunque puede ser por mis ascos a todo lo que huela a Beattle. No sé, este tema se me repite y se me atraganta y sólo quiero levantarme a darle al skip.

Pero no sólo de música puede uno reventar. No. También con el diseño de portada de It’s Love. Oyes, vale que el amigo nos quiera vender el asunto, pero así no oyes, esto no es la música. Pero yo, tonto que soy, debería haberlo pillado al vuelo. Si la portada de un disco contiene pétalos de rosa, se llama It’s Love y hay dos saxos alto formando un corazón algo más que forzado entonces es que blanco y en botella, pinta pastelón de los buenos. Si ir más lejos el tema central, que es otro de esos de ábreme la ventana que me tiro al vacío sin cuerda. Dios qué horror. Es el colmo del azúcar en forma de música y no hace ningún bien a lo que se llama Jazz fusión. Salvando las distancias, Marienthal se acerca inexorablemente al tipo de los pelos largos y saxo almibarado en exceso: Kenny G. Otro que, dicho sea de paso, se fue haciendo más soft conforme le vio las orejas al lobo y le iba entrando el dinerito por la puerta de casa casi sin que se diera cuenta. Pero ese es otro tema.

Pero claro, no van a ser todo cosas malas en It’s Love. Ni mucho menos. Afortunadamente Marienthal y Loeb se sacan de la chistera unos cuantos temas que salvan el disco con el bien raspado. El clásico de In A Sentimental Mood es otra balada que me apetece más escuchar a manos de John Coltrane, pero que en boca de Marienthal es también muy buena. También la ha suavizado, no sea que alguien le relacione con el Jazz más extremo, pero aún y así mantiene el espíritu de un tema de lujo. Aunque en la vertiente más fusión el músico nos deleita con Two In One, tema de Loeb en el que ambos brillan tanto que te encierran en la melodía. Los sólos de saxo del uno acompañados acto seguido por la guitarra del otro son francamente espectaculares de principio a fin pero sobre todo antes de acabar el tema, porque la unión de ambos te deja con la boca abierta y sin respiración.

En Costa del Soul, vuelve por los fueros más suaves pero con otro rollo que nada tiene que ver con el tema It’s Love. Esto es verdadera fusión, con fraseos complejos que te animan a afinar el oído para escuchar todo lo que dice el saxo alto de Marienthal. Más o menos como Babycakes, que es un tema muy fusión quizás algo más flojo pero de buen nivel todavía que nadie diría que tiene de por medio Jeff Lorber. Sus teclados suenan pero como no produce él el sonido no recuerda en ningún momento al genio de Lorber. Y de ahí llegamos al que, para mí, es el mejor tema del disco: Café Royale. Es espectacular y es Marienthal en estado puro, recuerda, diría más, al mítico Easy Street, que es para mí el mejor disco de este saxofonista hasta la fecha. Y Café Royale es a la vez el mejor tema del disco sin discusión. Ponle juntos el saxo de Marienthal, la guitarra de Loeb, el piano de Russell Ferrante y añádele el toque de la batería de Gary Novak junto con el Hammond de Pat Bianchi y simplemente échate a temblar.

Café Royale es de esos temas que tienen algo especial. Un tema para llevar a parte y dedicarle un buen rato. Tiene un clima absorvente que se remata a media canción con el solo de Ferrante que justo da paso al climax de un tema que es para sacarse el sombrero y para preguntarle a Marienthal que si sabe hacerlo así por qué no lo ha hecho en el resto del disco. Hombre ya. Y una vez pasado el púnto álgido del disco pues St. Moritz, que es muy buen tema, sabe a poco. Si en vez de Get Here el disco empezara por St. Moritz la cosa sería muy distinta. Porque sea como sea, en este final de disco uno no siente la depresión que te inspira al principio. Los ritmos y los sonidos son totalmente diferentes y se agradece. Y St. Moritz es de nuevo y tour de force entre el saxo y la guitarra, mano a mano, que como toda la buena música se disfruta a alto volumen.

Y para acabar, como no podía ser menos, un pequeño pastel. Romántico y edulcorado pero que tengo que reconocer que me gusta When I Found You. No puede negar que Brian Culbertson es dueño y señor de esas notas. Así pues piano y saxo en solitorio crean un entorno intimista que sirve para rematar un álbum que, ahora que caigo no está nada mal y que me obliga a retractarme de lo dicho un poco antes con lo de la estrella regalada. Sin llegar al notable, porque Eric Marienthal parece que no lo quiere, creo que It’s Love es un disco bastante bueno que podría ser muy bueno si no me lo hubieran rellenado con tres temas basura que en toda regla desmerecen el conjunto. Pero eso sí, y a pesar de las cosas que he mencionado antes, ahora reconozco que las tres estrellas y media son más que merecidas. Oyes, cuando hay que retractarse se retracta uno.



J. Coltrane

5 de abril de 2012

A Cuestas Con el Santo

Se comenta entre los asiduos a estas ferias que la procesión del Cristo de Medinaceli y María Magdalena de este año ha sido, como era de esperar, una casa de putas. Me explico. Resulta que, como diría un político para quedar bien en la foto, a los bilbaínos y a las bilbaínas no se les ha ocurrido nada más que sacar de procesión al Nazareno por entre las calles del barrio de la Palanca. Lugar habitualmente frecuentado por lo más granado del putiferio local, o sea, por esas hembras que dan de comer al hambriento y de beber al sediento. Como Dios manda. El santo, lógicamente, se ve así con precisión anual de paseo por el barrio con más pilinguis por metro cuadrado de Bilbao porque así lo quieren las gentes. Hay que joderse.

Me pregunto qué diría el de Medinaceli si alguien le preguntara al respecto. Supongo que, siendo tan de los desfavorecidos como era, se echaría la cruz a cuestas y aceptaría sin problemas salir a hombros de los aguerridos costaleros vascos por las calles más turbias de este Bilbao en pleno siglo XXI a pesar de que ello le comportara estar rodeado de pilinguis y demás gentes de mal vivir aunque mucho copular. Así, de paso, le echaría un ojo a más de uno que seguro que aprovecharía los veloces pasos de la procesión para estrechar vínculos con las descarriadas ovejas del barrio en cuestión. A buen seguro muchas de esas almas en pena reconocerán a los costaleros muy a pesar de los capirotes y toda la parafernalia santa que llevan de procesión.

Algunas de éstas ovejitas tienen mucha educación además de "suerte", porque algunas hacen su trabajo en los puticlubs de la zona al abrigo del calorcito de la calefacción y no pasándolas tan canutas como las que hacen la calle haga frío, calor o llueva lo que no está escrito. Así que como tienen mucho respeto al mártir decididieron por unanimidad que cuando pasara el Nazareno cerrarían las ventanas del puticlub como señal de respeto y, entiendo, para que ninguno entrara a recibir un servicio con final feliz mientras pedía un relevo bien ganado después de mucho cargar. Para muchos de ellos, que tienen la costumbre muy interiorizada y a pesar de los capirotes, no debe ser fácil pasar por el puticlub el Chichi Nabo y no pararse a que le hagan una revisión de lo que vienen siendo los bajos. Así que en puerta cerrada no entra putero.

Imagino que esa será la razón por la que el Cristo de Medinaceli paseará cabizbajo y afligido por la Palanca. Viendo el panorama igual se le cae la cara de vergüenza de ver lo que somos y en lo que nos hemos convertido porque, tras dos mil años, las cosas siguen tan mal o peor que antaño. Así que supongo que prefiere no ver lo que hay a su alrededor y así se evita que más de uno de aquellos beatos, al reconocer a la Choni y a la Tacones, pierda el oremus y el capirote extraoficial se levante, por la gloria de su madre, pidiendo guerra. A más de uno se le ha pillado con las manos en la masa guiñando un ojo, o dos, a las meretrices arrabaleras. Y las pobres, con lo que les toca vivir, encima se miran al Nazareno y le dan las gracias porque piensan que lo suyo aún podría ser peor. Y no sé cómo.

Y me gustaría saber de dónde esas mujeres, que viven una mierda de vida que seguro que no habrían imaginado ni en sus peores pesadillas, han sacado su fervor religioso. Porque ellas son el claro ejemplo de que si algo o alguien hay arriba o bien está haciendo una gestión pésima o es que se lo hemos puesto tan difícil que la cosa se le ha ido de las manos y no da abasto. Nos ha dado tanta libertad que aquí se ha convertido ya todo en una gran casa de putas. Y las lumis se dirán que, si Dios existe, debería pasarse un poco más a menudo por La Palanca a ver de qué va la película, que si quiere dramas ahí tiene para dar y regalar. Y yo me diré que aún no entiendo como alguien cree en el de arriba como ente protector y todas esas cosas que se cuecen los de la sotana. Viendo lo que pasa por el mundo si somos hechos a imagen y semejanza del Jefe es que en la copia la máquina se volvió loca.

Pero bueno, estos días algunos se pueden dar con un canto en los dientes porque al menos han podido vestir al santo y sacarlo de paseo, cosa que otros no han sido capaces porque la lluvia no lo ha permitido. Eso también suele ser tradición en estas fechas. Y claro, llegado a este punto, creo que alguien debería empezar a pillar la indirecta. Yo muy listo no soy, pero si llegada la hora de vestir al Nazareno lo primero que dice el del tiempo es que van a caer chuzos de punta año sí año también entonces está claro que o Dios es un cuento chino o es que el susodicho Nazareno está un poco hasta las pelotas de que le hagan salir de paseo mientras la masa enfervorecida le aclama y le pide otro milagro. Al pobre nadie le pregunta que si sí o si no y por eso el tema acaba pasado por agua año sí año también.

En fin, cuando nos vea el de arriba la que liamos aquí en este país para celebrar una Semana Santa, que de santa no tiene nada y de semana menos, alucinaría como él mismo manda. Solemos criticar la ferocidad de las creencias de algunos países, pero cuando veo las procesiones patrias se me caen al suelo y pienso que entre ellos y algunos de nosotros no hay tantas diferencias como a veces se quiere hacer ver. Capirotes, mártires por todas las calles del país, lágrimas por esto y por aquello, pasión desenfrenada, dolor por cargar con grandes pesos en base a no sé qué tradición. Gritos y empujones por ver a la virgen. Unos que se flagelan, otros que salen de madrugá, otros van de ramos, otros de dolores y algunos hasta de resurrección. Y oyes, esos excesos me dan tanto miedo aquí como cuando los veo en otros lugares del mundo. O hay mucho inocente o mucho inculto que no se ha enterado de la misa la mitad. Y nunca más bien dicho.



J. Coltrane

21 de marzo de 2012

La Escopeta Nacional

Ni Berlanga, maestro de maestros del cine de humor patrio, lo hubiera podido hacer mejor. Os pongo en situación: siete de la tarde hora zulú; un servidor que tiene la valentía de subirse al imprevisible transporte público para volver a casa entre codazos, empellones y empujones varios; el 56 que está que revienta de abuelinos y no cabe ya ni el apuntador; el tránsito pesado como es de esperar y entonces ocurre la tragedia. De repente una señora se levanta con cara de susto, corre hacia delante, corre hacia detrás, hiperventila, grita y transpira hasta que finalmente las lágrimas corren por sus mejillas sin recato. Alguien, ves a saber quién y cómo, le ha robado el móvil en lo que el conductor, con su exquisito trato del volante y el pedal del freno, ha pegado el enésimo frenazo o acelerón, ves a saber, lo que probablemente haya servido de coartada al caco para meter mano a la amiga sin que ésta notara el vil tocamiento.

Y claro, automáticamente la noticia ha corrido en todas sus versiones, matices y colores por dentro del autobús y a velocidad de vértigo. Mientras lagrimones dignos de un melodrama venezolano caían de los ojos de la señora, el conductor instaba fervientemente al sufrido pasaje a que alguien le hiciera una llamada perdida a ver si es que por aquellas casualidades de la vida llevaba el celular en el bolso o, por aquello de la juguetona vibración, el móvil anduviera un pelo más escondido rozando pelo fino. Pero ni lo uno ni lo otro. La noticia ha quedado confirmada cuando no se han producido ni la musiquita ni la vibración esperadas. Entonces lo que era rumor se ha convertido en noticia y ha recorrido el pasillo del 56 de lado a lado en lo que las maripuris de turno, que colmaban el lugar, han sacado todo su habitual arsenal de historietas vividas, contadas y oídas en la pescadería de la esquina.

El conductor, con un par de huevos, se ha echado a un lado y ha cerrado las puertas del bus so pena de salir golpeado, sodomizado y abucheado y nos ha dejado encerrados allá para llamar a las fuerzas del orden y, con esas, ver si ponía del susodicho y aparecía el móvil de marras de una puñetera vez. Éstas, las fuerzas del orden, dicho sea de paso, han llegado prestas en menos que se sustrae un móvil y han subido a la escena del delito a ver qué había pasado. Mientras, el pasaje se iba viniendo arriba y las historietas subían de tono. Verbigracia. “A mí me pasó lo mismo hace unas semanas”, ha dicho una, añadiendo “y en la misma parada”. Hay que joderse, pensaba yo, tenía que ser en esta misma parada. Y a lo lejos se oía “puertaaaa”, “abra la puerta conductorrrr”, “cagontóóóóó”. Y el conductor, que estaba resolviendo el misterio con la policía, ni puto caso, claro.

En aquel momento de caos el pasaje elucubraba sobre todo lo elucubrable y mientras que una joven de 70 aseguraba que era móvil y bolso, otra le decía que no, que no, que sólo el móvil y se conoce que en el estirón un pecho, el derecho concretamente, se había visto afectado y que, la muy sibilina, de eso no se había quejado. Otra, sin ruborizarse, ha dejado caer que ella había visto al truhán. No creía haberlo visto, no, ella lo sabía a ciencia cierta. Y a mí se me han caído al suelo. La testigo en cuestión iba de espaldas al suceso a tres asientos de distancia del lugar del hurto. La señora se había sentado en uno de los asientos que van en contra de la dirección en la que circula el autobús, así que he estado a punto de preguntarle a la interfecta que cómo en su caso podía haber visto el lamentable incidente que nos ocupa. Pero ella erre que erre. “Que era un chico alto, con chaqueta verde y muy grandote”. Ale, ya le tocado al amigo. Que oyes, igual sí lo ha sido, pero yo lo estaba mirando cuando sucedía el latrocinio y no me ha despertado ningún tipo de suspicacia el puñetero.

El tono de susurro del principio se convirtió en una escena dantesca, casi drámatica. La gente flipaba viéndose allá encerrada mientras la policía iba tomando declaración a la implicada en el robo tecnológico. Yo, que estaba por la mitad del vehículo, veía a la señora del móvil en un lado llorando y con la cara desencajada y en la parte final la gente descojonada y muerta de la risa. Bote, bote, bote; ladrón el que no bote. El dolor ajeno no les afectaba en absoluto y yo descontaba segundos a ver para cuándo nos ofrecían la primera ola y el primer ooooooléééé. Yo en aquel momento, más de veinte minutos allá metido, ya estaba pensando que después del numerito era mejor que no apareciera el móvil en cuestión, porque si nuestra amiga hubiera metido la mano en la chaqueta y hubiera dicho “uy, mirad, si estaba en este bolsillito en el que nunca meto nada. Qué tonta”, a la que le meten es a ella y, apuesto, a que de regalo se hubiera comido el artilugio con batería incluida.

En el minuto treinta de la historieta, como ya no aguantaba más, he estado a punto de ir a la señora a preguntarle de qué móvil estábamos hablando y cómo iba de puntos Vodafón, porque hombre, igual estábamos motando aquel encierro forzado, sudando como cerdos, por un móvil de mierda que por cien puntos y un contrato de permanencia de 12 años te dan nuevo otra vez los amigos de Vodafón, que con ellos nunca se sabe. Detalles más grandes han tenido. Porque mira, si aún fuera un Aifon o un Samsung de esos con un pantallón que te ponen palote a ti y a los cacos pues vale, pero yo me he temido que el drama griego no fuera más que por un teléfono de esos con las teclas grandes como mejillones que sólo sirven para llamar. Y habráse visto, montar aquel circo por un teléfono que sólo sirve para llamar.

Pero el tema se ha empezado a poner caliente pasada la media hora. Las risas y los vítores al señor ladrón se han ido disipando y se han convertido en nervios y tensión porque el encierro duraba más de lo esperado y a más de una se le quemaban las empanadillas. La afición se ha empezado a impacientar. Hemos estado al borde del abismo con un pasaje que se preparaba para el motín. En especial el grupeto de abuelos yeyé vestidos para matar que, camino de la sala Marabú, llegaban tarde a su restregamiento de cebolleta de todos los jueves tarde. Estos no estaban para perder el tiempo. O el autobús ponía primera rapidito o iban a liar un 15M en versión yayoflauta, que las de King Africa las ponen las primeras y es cuando se reparte todo el bacalao de la sala, así que el abuelo que llega tarde ese día no arramba y se va a su casa habiendo visto a la Maripuri moviendo el esqueleto con otro y sin haberle podido poner una pica en Flandes.

Y oyes, así es como funciona el asunto. Un ligero susurro te monta un sarao de mil pares y aunque todos estamos allá y lo vivimos in situ se superponen las versiones y al final se lía la de Dios es Cristo y ya no sabes si le han robado el móvil, la cartera, un paquete de Kleenex o simplemente cuando se ha acordado de que se lo ha olvidado en la pelu ha pensado que, habiendo liado semejante cacao lo mejor es dejar que el pueblo siga elucubrando y dejando correr la imaginación que decir “ustedes perdonen, pero me he colao”. Así que al final, la gente, sufriendo el restregamiento de las fuerzas del orden, han ido bajando del vehículo y han salido por donde habían entrado, no sin antes, soltar una queja a quien pudiera pillarla, llorara o no. Esa, la que lloraba, se ha bajado en la siguiente parada y se ha ido a casa con la esperanza de que una portabilidad a Yoigo y una denuncia en comisaría le reportaran un movil que te cagas. El espectáculo, como digo, no lo mejora ni el mismísimo Berlanga. En paz descanse.



J. Coltrane

15 de marzo de 2012

Por Venecia III

Uno de los bisnes que ya me extraña que los chinos no hayan hecho suyo en Venecia es el de las góndolas, como de hecho ya hacen con todos los negocios del planeta es raro que no le hayan metido mano a éste también. Eso sí, el que no se ha salvado allá, igual que aquí, es el negocio de la restauración, porque en Venecia las trattorias ya no son exclusivamente de cocineros italianos, con lo que la calidad de la comida y la limpieza de las cocinas habrá que verlas. Así pues, como digo, es extraño que no hayan reventado el negocio de la góndola con sus consabidos precios de chichinabo y su calidad consonante. Hubiera tenido su gracia haber visto gondoleros con sus camisetas a rayas y cara de ir estreñidos a manos de una góndola de plástico made un china, con el clásico gatito moviendo su pata y con una rotación que les tuviera trabajando las 24 horas del día los 365 días del año. Mañana, tarde y noche. No hay nada mejor que un buen foco para no acabar naufragando en los canales.

Si los chinos se hubieran hecho cargo del negocio las cosas serían diferentes y los precios se ajustarían a la realidad y además el trato sería muy distinto hacia el cliente. Te recibirían con una sonrisa y te bajarían la cabeza a lo oriental para animarte a subir a su góndola. Sí, señol. No sería como ahora que te ponen cara seria y casi les haces un favor pagándoles un pastón por su servicio marítimo. Los chinos tampoco te darían un paseo de sólo 35 minutos. La verdad es que no sé quién pensó en ese tiempo pero es ridículo. O haces media hora o 45 minutos o vas de cuarto en cuarto, pero 35 minutos no. Otra cosa que seguro un chino nunca te haría sería dejarte con la palabra en la boca cuando te acercaras a preguntarle el precio. Nosotros tuvimos en ese sentido una experiencia curiosa cuando quisimos contrastar los precios de las góndolas que habíamos visto en las guías. Claro, junto a la Plaza San Marcos no es el mejor sitio para ello, pero mira, lo bueno es que visto el precio allá ya sabes que la puñalada en cualquier otro sitio de la ciudad no será peor que esa.

Así que para conocer el precio de la góndola de marras envié a mi secretaria a negociar con el gondolero el servicio en cuestión aprovechando el arte que tiene la susodicha para estos menesteres y, dicho sea de paso, porque la mayor interesada en paseítos era ella. Pero se encontró con que el hijoputa al que se dirigió la dejó con la palabra en la boca porque por su flanco derecho vio acercarse a tres japoneses ramplones de esos que dicen que ya que han venido hasta Europa se van a fundir la VISA a la de tres. Y claro, como los amigos gondolieris saben eso no se cortó ni un pelo y dejó a mi amada con tres palmos de narices y se dio la vuelta para negociar con los japos. Con un par. Yo, que para eso soy el macho del corral, y veía desde la distancia la escena estuve a punto de ir a partirle las piernas y los brazos para que tuviera que hacer sus servicios remando con las orejas o con su palote, pero al final, como además de macho soy muy pacífico, simplemente cogí a mi mujer del brazo y me la llevé a ver a alguno de los otros 2000 gongoleros que había revoloteando a nuestro alrededor y a los que aparentemente nos les venía mal que no viniéramos del Lejano Oriente.

Y mira, cuando el lobo de mar nos dijo que el precio de los 35 minutos era de 130 euros casi me tienen que hacer el boca a boca. Creo que me puse morado, pero ese capítulo no lo recuerdo bien. Sería por la falta de aire y riego sanguíneo. Y es que está claro que uno de los asuntos más espinosos cuando uno viaja a Venecia con su parienta es decidir si góndola sí o si góndola no. O sea, la opción huevón, si uno en aras del romanticismo barato se deja seducir por los cantos de sirenos de los gondolieri, dejándose atracar a remo armado y se sube a la góndola de turno para que un tío con pinta de friki y sombrero de paja le dé un paseo que dura lo que un suspiro. O, la otra opción, si uno es un león y se arma de coraje, se cuadra y le dice a su pareja que no, que de eso nada, que él por sus huevos que no se sube a uno de esos barquitos inestables a tirar el dinero y a pasearse por los canales a la vista de todo quisqui para que el respetable se muera de la risa a tu costa y además te inmortalice rojo como un tomate mientras te pasean por entre los canales. Como podréis imaginar un servidor entró en la categoría de los huevones.

Aunque la verdad es que después de haberme paseado en la góndola famosa y casi haber tirado al agua a nuestro gondolero Pippo un par de veces por nuestros movimientos sobre la cubierta del barquito de mierda para hacernos fotos en ésta y aquella posturita, buscando la toma perfecta, puedo decir que la verdad es que me ha quedado un genial sabor de boca del momento. Os recomiendo que, si me dejáis, lo hagáis. A pesar de ser algo típico de guiris y que no verás a un italiano de la zona pasearse en góndola lo cierto es que está súper chulo. Alguien, de todas maneras, dirá que coño con el Coltrane la pasta que tiene. Parece japonés dirá algún otro envidioso, pero no, nada de eso, simplemente es que como supermercados no, pero góndolas las que quieras en Venecia, nos apartamos un poco del tumulto más tumultuoso de la ciudad y preguntamos a un amable caballero que por cuánto nos llevaba de paseo.

De esta manera, y dudando un poco, que sí sí que si no, ecco capuchino, el amigo nos dijo que el precio oficial de Venecia a día de hoy por 35 minutos es de 80 euros, pero bueno, por ser nosotros y porque estaba más aburrido que una ostra, nos lo dejaba por 70. Supongo que como había llovido a primera hora y en cualquier momento volvía a descargar imagino que Pippo quiso asegurar el pan de sus bambinos y nos hizo un descuento. Bueno, eso o que se le caía la cara de vergüenza de cobrarnos más de los 80 que marca la normativa veneciana. No sé en concepto de qué explicará nuestro amigo de la Plaza San Marcos esa pequeña desviación hasta los 130 eurazos que nos pedía. El hijoputa.

Pero que nadie crea que la subida a la góndola es lo único cara pero que vale la pena en Venecia. No, amigos. El vaporetto también es de cachondeo. Tres euros por un pequeño trayecto. Pero como allá donde fueres haz lo que vieres, pues mira, si por dos billetes de ida y vuelta nos cascaron 12 euros simplemente para cruzar el Gran Canal, que no habrán más de 100 metros de trayecto, decidimos que echando cuentas, con esos 12 euros nos daban barra libre de viajes para darnos unos garbeítos durante un par de días tranquilamente. Y eso hicimos. Sin validar los billetes viajamos varias veces, sin abusar, por el Gran Canal y con la conciencia bien tranquila de haber aportado un dinero bien majo a aquella ciudad tan bonita pero tan cara. Sea como sea, tanto el paseo en góndola como el paseo en vaporetto es un deber en Venecia. Lo que uno ve en esos barquitos a su alrededor vale mucho más que el montón de euros que te cobran como quien no quiere la cosa.



J. Coltrane

10 de marzo de 2012

Por Venecia II

Aunque eso de ver tan poca gente por la noche es un puntazo para el turista veneciano, a mí me dejó mosca. No sé, yo tuve la sensación que todo era un engaño. Un decorado. Una mentira rodeada de agua. Venecia tiene gato encerrado. A mí estos espaguetis no me la dan con queso parmesano. Los rotos, los desconchados, las cosas, todo abosultamente está roto que sí pero que no. Está todo muy bien roto, con mucha vista, y eso me hizo desconfiar. Y el remate fue en el momento en que este resabido turista quiso comprar una botella de agua en el súper para darle cambiazo al San Pelegrino del minibar de la habitación que sólo costaba 5 euros. Como me moría de sed acabé abriendo la botella y luego me las vi y deseé para encontrar un supermercado donde comprar otra San Pelegrino de 450 ml a precio terrenal. Misión imposible.

Como me quedé con las ganas de encontrar un súper empecé a atar cabos y entonces entendí que aquella ciudad era de mentira. ¿Dónde se supone que la clásica mamma italiana compra su penne, su pesto y su harina y su tomate para hacer pizzas? Pues en Venecia no, ni de coña. No hay manera de encontrar un establecimiento normal en la ciudad de los canales, todo es tiendecita pija para endosarle algo al turista a precio de turista, pero para el sufrido veneciano raso el día a día se tiene que hacer muy duro en esa ciudad. Por eso y porque mantener una casa rodeada de agua tiene que costar un fortuna imagino que los venecianos habrán dicho que sí, que muy bonita, que mucho arte y mucho niño muerto, pero que a tomar por saco, que donde esté la tierra firme que se quiten los jodidos canales y sus subidas de la marea. Se conoce que más de uno ha ido a hacerse la siesta a la habitación y se ha despertado flotando en el salón.

Claro, con tantas dificultades añadidas a la ya de por sí dura vida que tienen las gentes pues cuando cae la noche los trabajadores de la ciudad marchan de vuelta a la vida real donde todo suele estar seco y donde un tropezón no te mete de cabeza en un canal de agua turbia. En Venecia por la noche no queda ni el tato. Si uno mira hacia los edificios, con cuidado de no acabar en un canal, ve poquísimas luces encendidas y con la sensación de no haber el típico movimiento de gentes. Lo normal: basuras, propaganda, restos varios y demás. Como por ejemplo restos flotando por los canales, que me gustaría a mí saber cómo hacen lo venecianos con los submarinos cuando tiran de la cadena. No se ve un triste submarino flotando por los canales, y eso, sin duda es claro indicio de que el veneciano de toda la vida se fue hace mucho para no volver o, en todo caso, volver para asestarle un golpe directo a las carteras de la turistada.

Así que si vais a Venecia en la maleta llevaros algún suplemento alimenticio porque las cosas básicas quedan lejos y rodeadas de agua. A saber, una frutería, una carnicería, una tienda de electrodomésticos; y si me apuras, una peluquería para hacerte la permanente. Lo típico. Esas cosas que la gente hace en su día a día. Pero no, en Venecia no verás un establecimiento de ese tipo. Nada. Si uno quiere gastarse pasta en Venecia dándole a la Visa sólo lo podrá hacer comprando ropa y artículos de decoración, como el cristal de Murano, a precio de oro y/o comiendo en restaurantes, algunos mejores que otros, pero nunca comprando en el súper, en una papelería, en una ferretería o en la pescadería de la esquina, básicamente porque no hay. Manda huevos.

Los amigos del diseño tienen unos precios que ni en Rebajas. Eso sí, entre la belleza del lugar y lo que uno ve en las tiendas se dejaría una fortuna por entre las calles de la ciudad. Nosotros en estas fechas pillamos justo el final de la temporada de rebajas, pero oyes, ni así. Cuando uno ve que los zapatos de marcas que no ha visto en su vida pasan de costar 450 a 300 euros, pues mira, un descuento de película y seguro que con una calidad que te cagas, pero siguen siendo 300 euros del ala. Para él y para ella, eso allá da igual. Yo aún no echo gota después de ver esos escaparates y ponerme palote con esos vestiditos chumineros que parece que son moda este año. Serán cortos de tela pero largos de precio.

No sé. A mí me parece todo un poco extraño. Y tengo mi propia teoría. Los italianos, que saben que la gente babea por sus diseños, han hecho una campaña de márketing de película que nos deja a la altura del betún al resto de los países del mundo mundial, con excepción de los franceses, que también nos la han sabido colar con gracia y con mucho savoir faire. Y con la gracia, los amigos, los unos y los otros, se permiten el lujo de poner esos precios de tarjeta roja y expulsión directa a sus productos. Vamos hombre. El truco es fácil y lo usan básicamente ellos y los franchutes. Con el mero hecho de llamar a una marca con un nombre italiano o francés ya parece que tenga que ser de padre y muy señor mío. Que si Marco Paquetti, Luis Putón, Moninno, Salvatore Melagarra, Bruno Banani y un largo etcétera de compañías que igual hacen ropa de la calidad de otras menos macarrónicas pero como tienen ese acentito te crujen vivo y te la meten doblada por donde más te duele.



J. Coltrane

4 de marzo de 2012

Por Venecia I

Si esto hubiera pasado aquí en mi pueblo nos descojonaríamos en estéreo. Porque esto vendría a ser como si un turista, italiano sin ir más lejos, llegara a Barcelona y se dirigiera a una oficina de turismo, mapa en ristre, para hacer las cuatro preguntas típicas sobre la ciudad y sus cosas y así obtener algunas respuestas para poder ir de aquí para allá antes de que con esa cara de guiri le roben en el metro o en las Ramblas. En ese momento, cuando pidiera a la atenta señorita de atención al turista desorientado la dirección exacta del Santiago Bernabeu, para echar un vistazo rápido más que nada, y porque ha visto en las noticias que es lo mejor de la ciudad, dejaría a la amable señorita sin echar gota. Ella le diría, eso sí, en un perfecto catalán de Barcelona nivel C, que nosotros para esto somos muy nuestros, que eso del Santiago Bernabeu es un lugar fuera de los confines de ésta nuestra ciudad y que aquí hay muchas cosas pero ninguna con ese nombre ramplón. Osti tú.

Y nuestro patinazo fue del estilo. Nosotros llegamos a la oficina de turismo convencidos de que Romeo y Julieta se amaron, balcón de por medio, en alguna de las innumerables plazas o calles de la bella ciudad de los canales y el olor a cloaca. Hombre, yo lo leí en el internete, y aunque ni eso es garantía de nada ni tenía indicios anteriores sobre que "Los amantes de Venecia" existieran como tal pues oyes, le di credibilidad a una información a todas luces más falsa que un gondolero japonés. Claro, cuando al agradable macarroni le soltamos que "dónde está el balcón de Romeo y Julietta" el tipo se quedó de pasta de moniati y nos dijo que allá balcones los que quisiéramos pero ninguno en el que Julieta pusiera palote a Romeo con su almibarada palabrería de enamorada de teleserie venezolana. Eso sí, por si las moscas, el señor preguntó a su colega de información si conocía el asunto de los supuestos amantes venecianos, a lo que ella, impertérrita, dijo que allá había tantas pistas de Romeo y Julieta como canales había en Roma.

Imagino el cachondeo y el jolgorio que debió haber en aquella oficina a nuestra salida. Emails, mensajes de texto, llamadas a amigos. Sería un descojone a nuestra salud. Yo bajé la cabeza, rojo como un tomate, y casi salí corriendo, acordándome de la página web donde había visto, o creído ver, que los amantes Romeo y Julieta eran de Venecia. Mal encaminado no iba, ya que eran de la vecina Verona, pero entre la una y la otra hay poco más de 100km que marcaban la diferencia. Seguro que los tortolitos alguna vez se habrían pasado por el lugar, pero venecianos lo que se dice venecianos ni eran ni se habían amado en las cercanías. Sea como sea, ese centenar de kilómetros y pico los podrían haber hecho tranquilamente en el tiempo que nosotros tardamos en llegar desde Marco Polo al centro de Venecia con el veloz servicio del Alilaguna. Línea azul, concretando.

El servicio de marras es el que conecta el aeropuerto con el centro del pueblo pasando a la velocidad de la luz por otros varios lugares unidos entre sí formando el camino más largo del mundo. Entre la vuelta que te dan y la velocidad que lleva el barquito en cuestión estuvimos a punto de pedir que pararan máquinas que nos íbamos nadando. Si sacas la cabeza por el Alilaguna ni te despeinas, a lo sumo te llevarás alguna gotilla de las transparentes aguas de la laguna veneciana. Los buques, de última generación, surcan el mar dejando tras de sí sólo a los que van a nado, porque el resto de embarcaciones, como los preciosos taxis te pasan a toda castaña saltándose las indicaciones de velocidad máxima. Total, que allá metidos como sardinas, echando un ojo a nuestras maletas que quedaron en la entrada del bote, nos tiramos hora y media de auténtica tortura medieval. 

Por fin, cuando uno baja a tierra, cosa que en Venecia precisamente no es fácil, y mira a su alrededor sólo ve gentes, miles y miles de ellas. Es increíble. La Plaza San Marcos es un bullicioso hervidero de personas y japoneses. Hay por todas partes, de lo uno y de lo otro. Pero a pesar de las gentes la belleza del lugar es absoluta. Yo, de todas maneras, la recomiendo especialmente de noche. Venecia es una ciudad muy segura por la que uno puede pasear sin miedo a cualquier hora, así que sin temor a que le dejen a uno en pelotas entre medio de los canales lo mejor es irse a la Plaza San Marcos de noche y verla en estado puro, casi sin gente ni japoneses, y así poder sentir que uno está en Venecia y no en un mercado nipón. 

Otra ventaja de ver la ciudad de noche es que muchos de los turistas que visitan Venecia duermen en Mestre o incluso más lejos para ahorrarse unos eurillos. Normalmente el precio de la estancia suele ser mayor en la ciudad que en los alrededores, así que cuando cae la noche las calles quedan bastante vacías porque gente que duerme fuera de Venecia debe marchar antes de que el último tren deje la ciudad. Así que Venecia de noche queda exclusivamente para los que duermen en ella, y la diferencia es muy grande. Pasear ya no es un problema como durante las horas centrales del día. Pero en cualquiera de sus dos formas, de noche o de día, es un verdadero placer pasear por Venecia y disfrutar de su ambiente y de sus canales. Venecia es como un gran decorado y mire uno donde mire siempre ve alguna cosa digna de fotografiar. Plazas, calles, canales, iglesias, todo es de cine. Incluso las tiendas distribuidas por toda la ciudad son de puro diseño italiano.



J. Coltrane

20 de febrero de 2012

Una Caperucita Que Da Asco

Se conoce que cuando el lobo feroz se encontró con Caperucita en el bosque y le estaba dando un poco de carrete antes de hincarle el diente se le cayeron los huevos al suelo. Cling, cling, cling. Primero ya le pareció rara la faldita que llevaba la niña. Aunque él la recordaba por debajo de las rodillas ahora apenas le tapaba la parte baja del escote, lo que a sus ojos la hacía aún más apetecible. El escote apenas había existido como él lo recordaba pero ahora le provocaba un dilema. No sabía si meterle un bocado en una pata de las que quedaban a la vista o, por contra, ir directo a la turgencia de aquellos pechotes efervescentes de colegiala de teleserie que prácticamente escapaban de una camisa tan prieta como los tornillos de un submarino. Caperucita estaba con una sonrisa de oreja a oreja camino de casa de su abuelita cargada de viandas varias y de ricos dulces recién horneados que llamaban al festín a todo bicho viviente.

Pero el pulgoso se quedó de pasta de moniato cuando le preguntó a la niñita en cuestión que dónde iba ella tan sonriente por aquel paraje tan desierto y peligroso, con sus coletas y sus cosas, dando saltitos en medio del bosque como sin importarle nada ni nadie, sin temor alguno a los innumerables peligros que allá se escondían entre la espesa vegetación. Ésta, toda picarona y con una caidita de párpados le dijo que iba a lavarse el trijuelo al río, dejando al amigo en estado de shock. El bicho, que no la recordaba tan puta y que en realidad lo único que quería era abrirla en canal antes de ponerla sobre el mantel y, ya de paso, meterle mano a la abuela si se ponía a tiro, se quedó petrificado con el cambio de rumbo que había dado la historia con el paso del tiempo. La virginal caperucita daba la sensación de que más que haber perdido la virginidad había perdido la vergüenza y el recato y había ganado en cara dura. La loba, ahora, era ella.

Cuentos a parte, hace un tiempo, en esta misma bitácora un servidor ya os puso al día de cómo se las gastan las hembras de hoy en día. Pero lo que he visto esta semana por la calle ya clama al cielo, la verdad. Si el lobo no se la encontraba al ver a la de rojo, el que suscribe busca y busca y de momento nada. Porque resulta que la jovial Caperucita del cuento en cuestión se ha transformado en una jovencita moderna y desinhibida que a poco le falta rascarse el paquete, hurgarse la nariz y mear de pie para parecerse aún más a los del ramo de la testosterona. Porque hay que ser cerda de una sola vez. Mira que no es la primera vez veo a una dama de nuevo cuño esputar sin complejos en medio de la vía pública, que cada vez son más las que se animan a probarlo sin recato y sueltan lo más profundo de su ser para gozo de los ahí presentes, pero desde luego es la primera vez que veo a una jovencita menor de edad echar un pollo de aquellas características.

Oyes, me tuve que girar porque no me lo podía creer. Casi se me debió oír el no puede ser. Porque cuando oí a la Yenifer de turno arrastrar topadentro y luego soltar el premio topafuera casi me caigo de culo como el Lobo del cuento de  la Caperucita postmoderna. Ni un abuelo septuagenario con los bronquios en estado comatoso tras cuarenta años de tabaco negro en sus pulmones hubiera podido mejorar aquel esputo sobrenatural. Si hay que ser guarra, la más guarra. La niña lanzó el galipo contra un pobre árbol y siguió su camino tan tranquila. Y yo pensé que si esta edad lanzaba aquellos gargajos qué saldría de su boquita llegados los 50. Si ver a un tío escupir me parece asqueroso ya ni te cuento si la protagonista es mujer. Ellas se ponen al día a toda velocidad. Como dije tiempo atrás, lo bueno de las nuevas generaciones es que han querido parecerse tanto al hombre que hasta han copiado nuestros peores defectos. Y si se tiene que esputar se esputa. Y se es sucia.

Las cosas han cambiado un huevo y lo preocupante es que no son mis padres los que lo dicen. Esto lo he visto yo mismo con estos ojitos que Dios me ha dado. Las mujeres han dejado de ser aquellas damas frágiles y resignadas que eran en otros tiempos para convertirse en muchos casos en verdaderas camioneras con huevos duros como los del Caballo del Espartero. Ahora, además de esa bonita feature de escupir por la calle que tienen muchas, te vienen de serie con la habilidad de hablar como delincuentes, de pelearse como animalas, de gritar como verduleras, de fumar como chinos en quiebra y, además, todo eso con una ingeniosa mala leche que da miedo. Porque estas pavas modernas quitan el hipo. Y es que los niños de hoy son cabrones pero al menos son simples y tontorrones, pero no hay nada más peligroso que una tía con mala leche y la mente retorcida. Esas harían temblar al mismísimo Maquiavelo.

Alguna guarra feminista me dirá que hay que ser machista y cabrón para decir eso sin que me tiemble la tecla, pero oyes, así es como lo veo. Mientras nosotros seguimos enfrascados en una inutilidad absoluta para con algunas de las tareas del día a día y con una forma de ser que a veces roza lo esperpéntico, ellas han dejado todo lo que un día supieron hacer por acercarse al proceder masculino, como si éste fuera digno de imitación. Hay que joderse. Es por ello que alguna de  ellas son ahora cada día más agresivas, cada vez más mal habladas, ya beben tanto o más que muchos hombres y empiezan a ser mucho más vulgares que nosotros. Porque no hay más que ver un poco la tale o pasearse por la calle para ver cómo suben las nuevas generaciones de ellas (y de ellos). La mala leche que se gastan las féminas, sobre todo entre ellas, es de juzgado de guardia.

Así que oyes, el chiste que en su día representaba a la dulce y tierna Caperucita explicándole al lobo feroz que iba a lavarse su trijuelillo al río se vuelve más y más real conforme avanzan las generaciones. Ya no descarto que en generaciones futuras el cuento del Lobo feroz y Caperucita dé un giro de 180 grados y en el mismo sea el propio lobo, con gran corazón, el que vaya a ver a la abuelita enferma porque su nieta no le hace ni puto caso y tenga éste que correr por el bosque perseguido por una Caperucita en estado de histeria absoluta cuchillo en mano y con los ojos fuera de las órbitas, con ganas de rebanar cuellos y de trincar al cuadrúpedo para hacerse un abrigo y un bolso nuevos. Si los tiros no van por ahí que baje Dios y lo vea, porque hay momentos en los que me cuesta ver el cariz que toma el mal llamado sexo “débil” cuando se pone a bajar el listón para parecerse al sexo “fuerte”. De tan moderna que se ha vuelto la Caperucita me da hasta asco.



J. Coltrane

3 de febrero de 2012

La Zorra de la Profesora


Todavía la recuerdo con meridiana claridad. Oyes, a pesar de que sólo me quedan tres neuronas a pleno rendimiento me acuerdo como si fuera hoy de aquel día. Bueno, no sé, igual es que mi cerebro secreta alguna sustancia neurotóxica que hace que me lo saque de la manga. Pero vamos, sea como sea ahora lo veo bien claro. Al recordarlo se me erizan los pelillos del antebrazo y por simpatía incluso se me animan los de algunos de los sitios más remotos e inhóspitos de mi georgrafía corporal. Porque la sujeta en cuestión tenía tela marinera. Nos tenía intimidados, por no decir acojonados, a mí y al resto de una clase que con 6 ó 7 años no nos atrevíamos casi ni a respirar sin que su majestad nos diera el vistobueno. Y es que con ella a la batuta se repartían hostias y gritos a discreción. Se rifaban coscorrones y se regalaban tirones de orejas sin control. Con sus malas artes, sus agresiones y su mala leche iba acojonando a los locos enanos que tenía a mano a base de sopapo y calmante vitaminado. La muy hija de puta.

Y es que hay profesores y profesores. Algunos, pocos, uno los recuerda toda la vida como El/La Profesor/a. Como personas que te han guiado y te han aportado mucho. Pero otros, en cambio, son recordados de otra manera, más prosaica ella, como es el caso de la zorra de la Teresa. La amiga del soplamocos, por suerte para ella, fue maestra en otra época, porque en ésta, que si a los críos les rascas la espalda se te cae el peluquín, pues imagínate lo que hubiera sido si la mula que nos ocupa hubiera aterrizado, léase con sorna, en la docencia y la educación de la época presente. A la que hubiera soltado dos galletas en clase hubiera venido el padre del mocoso a ponerle los puntos sobre las íes y, ya de paso, a devolverle las galletas con saña. Hoy, por suerte, no se permiten esas vilezas de la clase educadora y me parece muy bien, el crío tiene que respetar al maestro, no temerlo. Y el respeto, señora Teresa, no se gana a base de morados, gritos y caras agrias a críos de 7 años.

Aunque lo que a ella más la ponía era gritar. Yo sus alaridos los recuerdo a cámara lenta, seguidos por pequeños esputos radioactivos en forma de capellanes y por una bocanada de aire contaminado que corría a toda velocidad por la clase impactando en nuestros tímpanos y dejándolos a punto de caramelo. Y yo siempre estaba por el final de la clase, pero los de delante habrá que ver cómo irán de sordera a día de hoy. Qué gritos pegaba la "educadora". Siempre he pensado que mi aversión al grito ajeno es por el trauma producido por aquella bestia parda, que siempre tenía un grito a punto que además, si la distancia lo permitía, adjuntaba con un sonoro y certero coscorrón en toda la testa del revoltoso de turno o del que hablara a destiempo y sin la bendición de la caudilla. Teniendo en cuenta que en aquel entonces rondábamos los 6 ó 7 años, quizás 8, se me antoja que el método educativo que utilizaba aquella mujer era tan educativo como el que se usaba en los gulags rusos.

En fin, a lo que iba, que todo sucedió cuando yo no era más que un pequeño saltamontes, tímido donde los haya, y ella, la que centra todas mis iras el día de hoy, una profesora que por su cara bien podría haber ejercido de zorrona de carretera de tres al cuarto, cigarro en mano, a la espera de un cliente con ganas de pasar un mal rato. Ella, la profe, se llamaba Teresa Resta y ejercía de la clásica profesora que todos los alumnos y sus padres odian desde que le veían la cara de amargada que se trajinaba. La ilustre maestra trabajaba en los Salesianos de Rocafort, donde le dejaban repartir a diestro y siniestro sin rubor alguno. Puede que, vete tú a saber, alguien le metiera un buen puro a la criatura por una torta de destiempo. Pero si tu hijo tiene que se evaluado por la mostrenca en cuestión pues ya me explicarás. Muchos se habrán callado y habrán tragado quina para no ir a su encuentro y partirle la cara. Que es lo que yo haría a día de hoy al recordar el día que fuimos toda la clase a la tele.

Aquella tarde, digamos que de un frío día de invierno para darle mayor crudeza y dramatismo a la historia, la clase en fila de a tres viajamos en autobús a la tele a ver el famoso concurso Filiprim que era en diferido pero que parecía que lo estaban cocinando en el acto. Camino del estudio donde se grababa el acto en cuestión, entre nosotros los mancebos imberbes, corría la duda de ver a quién le iba a tocar sentarse en la primera fila. Claro, como era normal todos queríamos estar en primera fila para salir en la tele y que nos viera el tío, el abuelo y hasta el canario. Pero yo no las tenía todas conmigo. Yo sabía que la disposicón de la mocosada no sería por puro efecto de la casualidad. Y efectivamente, tal como un servidor plantó su magnífico culo en una de las primeras filas, que no la primera, la hija de su madre me hizo moverme donde a ella más le convino. Así que ya me ves tú recogiendo velas para trasladarme donde a la señora le vino en ganas. Y di algo si te atreves que verás la castaña pilonga que te llevas.

Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue que la que plantó su culo sucio y maloliente en la primera fila fue la señora profesora, apartando a los crios y a las ilusiones de estos se metió donde no debía y sin que se le cayera la cara de vergüenza. Con un par. La mala pécora debió pensar que como su cara era mucho más agraciada que la del resto sería ella la que debía estar a tiro de cámara en vez de esos locos bajitos que morían por salir en la tele para que los vieran sus abuelas. Pero no, en vez dejar que los niños fueran los protagonistas en un día como aquel a ella no se le ocurrió nada más que echarle huevos al asunto y ponerse ella donde no le tocaba. Yo recuerdo que habiendo comentado la jugada en casa una vez volvimos de una experiencia televisiva sin igual sólo se oyeron piropos, buenas palabras, vítores y halagos a la labor de aquella gran maestra que había vuelto a demostrar en grado extremo su nivel educativo aunque sobre todo su bajeza como persona.

En fin, que alguien se preguntará, como es normal, a qué viene sacar estos trapos sucios y esta mala leche contenida después de tantos lustros. Pero el motivo no es otro que porque llevo varios días cruzándome con la que fue mi profesora cuando yo era un zagal. Y cuando le veo la cara de vieja amargada que tiene ahora, arrugada y carcomida por la mala hostia que siempre tuvo me dan ganas de acercarme y decirle que soy uno de los muchos que recibimos sus sopapos y sin más partirle la cara para hacer un poco de justicia. Pero cuando lo pienso se me quitan las ganas de hacerlo. Por asco y porque se me revuelve el estómago. En realidad no hay más que ver la agonía de esa cara para darse cuenta que la vida le está pagando con la misma moneda que ella gastó. No sé si alguien la recordará con una sonrisa, pero desde luego para mí siempre será la zorra de la profesora.



J. Coltrane

24 de enero de 2012

Altair & Vega

Espectacular, así es como definiría al disco de uno de mis pianistas favoritos y del que tengo montones de discos, Bob James; con una casi desconocida en mi discografía, Keiko Matsui, por la que nunca he acabado de tener especial dedicación debido al exceso de new age que hay en su sangre. Así que podréis imaginar que el culpable de que me hiciera esta vez con el disco ha sido lógicamente al pianista americano. Y no podría estar más feliz aunque no haya mucho Jazz dentro del plástico material. Esta clase discos son siempre una apuesta. Uno decide que su artista no le decepcionará y lo compra con los ojos cerrados, y al menos en mi caso, sin escuchar antes de qué va el asunto. Algunas veces las mezclas raras salen mal pero en este caso el Jazz contemporáneo de Bob James mezclado con el new age de la japonesa ha creado un todo excepcional. Y es que se nota que entre estos dos intérpretes ha habido mucha música y muchos conciertos juntos durante muchos años y eso queda reflajado en Altair & Vega.


Manteniendo las distancias, el proyecto Altair & Vega tiene ciertas similitudes con aquella otra joyita de Bob James de 2001, el Dancing On The Water. Ya digo que este proyecto tiene un aire sin ser exactamente igual, pero en ambos discos James no se rodea de una banda como suele ser habitual para interpretar los temas sino que se centra en el piano/teclados prácticamente en exclusiva pero siempre con Keiko Matsui, ya sea cada uno al mando de un teclado o los dos en el mismo tocando a cuatro manos. El genial Dancing On The Water, en cambio, mantenía la estructura del piano pero más orientado al dúo. Por eso en aquel disco Bob James se juntó con Chuck Loeb, Joe Sample, Dave Holland e incluso con la misma Keiko, siendo un aperitivo de lo que llegaría diez años más tarde.

A pesar de los escasos siete temas, cosa que hoy día ya casi debería estar prohibida para un artista con nuevo lanzamiento con la que está cayendo a nivel de piratería, pero el disco es impecable en todos los aspectos. Aunque siete temas son muy pocos temas, la discográfica se dicidió a vender este disco con un DVD de "regalo" con seis temas más en directo. De los seis temas hay dos nuevos, una versión de Duo Oto Subito que ya incorporó James en Dancing on the Water, y tres temas en versión directo del propio Altair & Vega. Aprovechando que el DVD es en directo, he ripeado ese vídeo y he extraído el audio para poder llevarlo en el iPod de arriba a abajo junto a los temas de estudio y disfrutar así del directo que de otra forma no disfrutaría, ya que no suelo ser amante de ver conciertos en la tele.

Y sí, siete son pocos, pero al menos la calidad es excepcional como era de esperar. Empezando por la nueva versión de Altair & Vega, donde los dos músicos comparten el teclado del piano y en el que al tema le dan un toque más melódico de lo que ya lo era en su versión del Dancing On The Water. Aunque para melódico el sonido de Frozen Lake. Se nota rápidamente que es una composición de Matsui, pero la verdad es que el sentimiento que le dan los dos músicos me encanta y me relaja a partes iguales. Aquí cada uno se sienta en teclados diferentes aportando James las tonalidades del piano eléctrico. La originalidad del disco recala en piezas como Divertimento "The Professor & The Student". Un temazo. Me parece pura música clásica, casi barroca, que es de nuevo interpretado a cuatro manos en un mismo piano y en el que el profesor, James, desde luego se divierte con la aventajada estudiante, Matsui.

Otra de mis piezas preferidas del disco es Midnight Stone, que lleva desde luego el sello Keiko de nuevo. Francamente podría ser uno de esos temas melancólicos de los abundan en la música new age y que te dan ganas de tirarte a la vía del tren, pero la verdad es que en este caso el piano de los músicos no me lleva a esa clase pensamientos y simplemente me relaja y me encanta escucharlo una y otra vez. Invisible Wing es otro temazo de Keiko que no te deja indiferente por su dramatismo y su lírica. Aunque sin duda el punto álgido del disco se encuentra en un tema de trece minutos que es pura poesía musical. Es impactante y sencillamente brutal. Basado en el tema original de Keiko Forever Forever, el Forever Variations es una amalgama de estilos que forman en perfecta compenetración musical. Clásica, new age y Jazz en estado puro y a cuatro manos. Así sí da gusto gastarse el dinero en un disco y no piratearlo.


Y el disco termina de la mejor manera, con un tema de Bach que cuando uno llega a este punto de la partida está muy acorde con lo escuchado hasta el momento. En fin, teniendo en cuenta que con Altair & Vega llego a los 16 discos del músico americano, en este blog era de justicia hacer alguna referencia a la música de Bob James, uno de mis pianistas de referencia con una de las mejores carreras musicales de la historia de la música. No muchos pueden abrir la boca tras 50 en el negocio de la música y seguir dejándonos a todos con la susodicha abierta. James sigue estando en plena forma y sigue mantiendo a la audiencia, y eso no lo pueden decir muchos otros, en constante tensión sobre qué será lo siguiente. A veces simplemente Jazz clásico, otras Jazz contemporáneo, algunas veces sólo piano, otras veces a cuatro manos, pero siempre siempre una música de calidad y genial para sentarse y dejarse rodear por el sonido que producen esos diez dedos que Dios le ha dado. 



J. Coltrane

21 de enero de 2012

Historias de Aeropuerto

Ya sabréis los que leéis habitualmente esto, sea esto lo que sea, que no se puede decir que un servidor de ustedes sea precisamente un fan de rompe y rasga de los aeropuertos. Igual os lo he dicho ya en otra ocasión pero, por si las moscas, os diré que estos, los aeropuertos, me traen sensaciones contradictorias que me tocan esa parte a media altura que cuelga por su propio peso, vamos, los huevos. Los eropuertos me alegran y a la vez me entristecen. Me animan y me deprimen a partes iguales. Por algún motivo me dan ganas de sonreír pero por otro lado también de soltar una lagrimilla tonta. Porque sea como sea, el aeropuerto es probablemente uno de esos pocos sitios en que uno haya podido estar en los que seguro que tienes tantas posibilidades de estar feliz como de estar triste. El aeropuerto es un lugar de despedidas a la vez que de encuentros. Un lugar para decir hola y también para decir adiós. Para partir hacia lo desconocido con esa sensación de nervios devorando tu estómago, así como el relax que da saber que esos edificios que ya ves a lo lejos son los tuyos de toda la vida.

Pero a pesar de eso, esos lugares los encuentro extremadamente singulares por la cantidad de gente que se mueve por ellos llevando una historia a sus espaldas. Una de las ventajas si, Dios no lo quiera, uno tiene que pegarse una interminable conexión entre vuelo y vuelo de esas de casi pedir que te ajusticien por favor ya, es que puede sentarse y ver pasar la vida del aeropuerto para abstraerte mientras piensas en la cantidad de motivos que moverán a todas aquellas gentes a estar allá en aquel preciso instante a la vez que tú. Negocios, amor, familia, habrá de todo. Y así, ya de paso, uno no se pone a pensar que mientras él está ahí al abrigo de las inclemencias del tiempo sus maletas corren desamparadas sin un ojo amigo que les eche un vistazo y van de arriba a abajo por el aeropuerto en manos de ves a saber quién y ves a saber cómo, en busca de ves a saber qué puerta para encontrarse allá con ves a saber qué avión en ves a saber qué condiciones. Así que para no saber prefiero pensar en las historias aeroportuarias porque, al menos yo, si pienso en lo otro me escagarrino.

El aeropuerto es, en definitiva, un lugar en el que nunca te sientes absolutamente cómodo. Todo en él te parece pasajero, extraño y volátil. Es por ese motivo que tengo la sensación de que la felicidad y la tristeza, la de uno y la de todos, cruzan a menudo sus caminos en los aeropuertos en un abrir y cerrar de ojos. Porque el que suscribe se ha paseado por muchos aeropuertos y porque además, esta vez, tuvo tiempo de darle vueltas a la cabeza gracias a las nada despreciables 7 horas de escala en Atlanta que me tuve que chupar y degustar para volver de los States a la mal llamada Madre Patria. Todo obsequio de la maravillosa Delta Airlines. En ese tiempo, una vez ido al baño, comido algo, dormido otro algo, paseado varios algos, contado aviones que despegan, contado aviones que aterrizan, echado números de los que probablemente perderán una ala por el camino, navegado casi todas las páginas del internete y tras haber visitado todas y cada una de las tiendas del lugar, ya por fin me pude sentar a concentrarme en la fauna y flora del aeropuerto que me caía en las manos. Y es fantástico elucubrar sobre todos ellos.

Porque cuando tienes a un tipo a tu lado con sombrero de señor respetable con posibles y ves que, el hijoputa, se levanta tan tranquilo y sin vergüenza al menos cinco veces a la barra del bar a pedir una nueva ronda de vodka con tónica y ves cómo se mete el líquido elemento como si fuera agua de manantial te quedas de pasta de moniato y te dices que si eso es así cada vez que tiene un par de horillas tontas, que me apuesto algo a que sin dunda es así, el amigo tendrá el hígado en rompan filas y al borde del colapso. Y eso sin contar con que nuestro bribón en cuestión se subió al avión con un pelotazomix.com de película y que, probablemente llegado a su pueblo en Iowa, cuando le viniera a buscar al aeropuerto su Meredith todavía le cantaría el aliento al vodka en cuestión y a pesar de eso llegado a casa se tomaría un traguito para relajarse un poco, que el día había sido muy duro y con tanto estrés necesitaría un respiro on the rocks.

Luego hay casos como el del tipo de color (negro) que hablaba sin parar por el móvil mientras un maletín y una maleta de mano descansaban descuidados a su lado y su laptop reposaba apaciblemente sobre la barra del bar de la sala VIP a la espera que algún amigo de lo ajeno, que también los hay en las salas VIP, se lo llevara debajo del brazo en lo que el otro iba y venía hablando con no sé quien para arreglar el mundo. Su mundo, probablemente. Compra, vende y a cómo me tienes la acción, John. Aquel tipo, supuse, tenía cara de tener tres docenas de amantes porque se veía a la legua que le iba el cachondeo y la fornicación indistintamente. Alto y fuerte era cliente VIP de la compañía porque, además de llevar un colgante con el distintivo Delta Diamond, los trabajadores de la sala VIP de Delta le hacían la ola cuando lo veían entrar. Ese era la clase de viajeros que se pasa la vida en el aire de aquí para allá acumulando puntos como un bendito, que le habían granjeado el acceso al paraíso de los Diamond. Y con eso, el acceso a un mundo ilimitado de posibilidades. No sé si la felación desetresante andará entre los benefits del programa Diamond, pero poco faltará.

Pero para felación la que hubiera querido el risueño gordito de gafas que se acercó a una joven medio rolliza, de lorzas amigables y entrada en carnes que le dio conversación durante horas para tirar la tarde. Yo por un momento pensé que iban juntos, pero luego me di cuenta del tema y de que en realidad el mucho jijijí y el mucho jajajá no era más que una forma de contarse sus vidas, de mierda probablemente, hablando de todo un poco y un mucho de nada mientras él se animaba al ritmo de alguna bebida que no llegué a distinguir pero que desde luego le estaba dando alas para ir a por todas. Aunque a pesar de todo no creo yo que nuestro último amigo pusiera un pica en Flandes con la amiga. Con aquella cara de programador informático, aquel polo Lacuesta descolorido y con unos cuantas manchas de pizza en su haber, sumado a aquellas gafas que pedían a gritos descansar en paz no creo que pasara nada entre ellos.

Por “desgracia” nuestras siete horas de maravillosa conexión aeroportuaria habían volado entre pitos, flautas y escuchas ilegales, así que nosotros ya nos tuvimos que ir yendo para no hacer aquello más largo, así que no pudimos ver si el ataque por los flancos y a la deseperada del amigo surtió el efecto que él se esperaba. Como último recurso le dio la Bussiness card a la chica, que aún lo estará flipando en colores, y digo yo que se marcharía a su vuelo palote perdido y con la esperanza de que un día ella la encontrara en casa y le llamara para cruzar unas palabras más. Pero no, si eso pasaba algún día y ella llamaba sería por error, sería porque ella habría confundido su tarjeta con la de aquel tipo rudo y guapetón  que había conocido en algún otro eropuerto del país y del que creía tener su tarjeta en la mano, sin darse cuenta de que en realidad al otro lado de la línea el que estaba era su gordito casposo del aeropuerto de Atlanta. Y lo único que ella encontraría sería al presunto informático que un día quiso acceder a su sistema operativo sin éxito porque el cortafuegos del que ella disponía no permitía tal cosa con un tipo como aquel.



J. Coltrane