Se conoce que cuando el lobo feroz se encontró con Caperucita en el bosque y le estaba dando un poco de carrete antes de hincarle el diente se le cayeron los huevos al suelo. Cling, cling, cling. Primero ya le pareció rara la faldita que llevaba la niña. Aunque él la recordaba por debajo de las rodillas ahora apenas le tapaba la parte baja del escote, lo que a sus ojos la hacía aún más apetecible. El escote apenas había existido como él lo recordaba pero ahora le provocaba un dilema. No sabía si meterle un bocado en una pata de las que quedaban a la vista o, por contra, ir directo a la turgencia de aquellos pechotes efervescentes de colegiala de teleserie que prácticamente escapaban de una camisa tan prieta como los tornillos de un submarino. Caperucita estaba con una sonrisa de oreja a oreja camino de casa de su abuelita cargada de viandas varias y de ricos dulces recién horneados que llamaban al festín a todo bicho viviente.
Pero el pulgoso se quedó de pasta de moniato cuando le preguntó a la niñita en cuestión que dónde iba ella tan sonriente por aquel paraje tan desierto y peligroso, con sus coletas y sus cosas, dando saltitos en medio del bosque como sin importarle nada ni nadie, sin temor alguno a los innumerables peligros que allá se escondían entre la espesa vegetación. Ésta, toda picarona y con una caidita de párpados le dijo que iba a lavarse el trijuelo al río, dejando al amigo en estado de shock. El bicho, que no la recordaba tan puta y que en realidad lo único que quería era abrirla en canal antes de ponerla sobre el mantel y, ya de paso, meterle mano a la abuela si se ponía a tiro, se quedó petrificado con el cambio de rumbo que había dado la historia con el paso del tiempo. La virginal caperucita daba la sensación de que más que haber perdido la virginidad había perdido la vergüenza y el recato y había ganado en cara dura. La loba, ahora, era ella.
Cuentos a parte, hace un tiempo, en esta misma bitácora un servidor ya os puso al día de cómo se las gastan las hembras de hoy en día. Pero lo que he visto esta semana por la calle ya clama al cielo, la verdad. Si el lobo no se la encontraba al ver a la de rojo, el que suscribe busca y busca y de momento nada. Porque resulta que la jovial Caperucita del cuento en cuestión se ha transformado en una jovencita moderna y desinhibida que a poco le falta rascarse el paquete, hurgarse la nariz y mear de pie para parecerse aún más a los del ramo de la testosterona. Porque hay que ser cerda de una sola vez. Mira que no es la primera vez veo a una dama de nuevo cuño esputar sin complejos en medio de la vía pública, que cada vez son más las que se animan a probarlo sin recato y sueltan lo más profundo de su ser para gozo de los ahí presentes, pero desde luego es la primera vez que veo a una jovencita menor de edad echar un pollo de aquellas características.
Oyes, me tuve que girar porque no me lo podía creer. Casi se me debió oír el no puede ser. Porque cuando oí a la Yenifer de turno arrastrar topadentro y luego soltar el premio topafuera casi me caigo de culo como el Lobo del cuento de la Caperucita postmoderna. Ni un abuelo septuagenario con los bronquios en estado comatoso tras cuarenta años de tabaco negro en sus pulmones hubiera podido mejorar aquel esputo sobrenatural. Si hay que ser guarra, la más guarra. La niña lanzó el galipo contra un pobre árbol y siguió su camino tan tranquila. Y yo pensé que si esta edad lanzaba aquellos gargajos qué saldría de su boquita llegados los 50. Si ver a un tío escupir me parece asqueroso ya ni te cuento si la protagonista es mujer. Ellas se ponen al día a toda velocidad. Como dije tiempo atrás, lo bueno de las nuevas generaciones es que han querido parecerse tanto al hombre que hasta han copiado nuestros peores defectos. Y si se tiene que esputar se esputa. Y se es sucia.
Las cosas han cambiado un huevo y lo preocupante es que no son mis padres los que lo dicen. Esto lo he visto yo mismo con estos ojitos que Dios me ha dado. Las mujeres han dejado de ser aquellas damas frágiles y resignadas que eran en otros tiempos para convertirse en muchos casos en verdaderas camioneras con huevos duros como los del Caballo del Espartero. Ahora, además de esa bonita feature de escupir por la calle que tienen muchas, te vienen de serie con la habilidad de hablar como delincuentes, de pelearse como animalas, de gritar como verduleras, de fumar como chinos en quiebra y, además, todo eso con una ingeniosa mala leche que da miedo. Porque estas pavas modernas quitan el hipo. Y es que los niños de hoy son cabrones pero al menos son simples y tontorrones, pero no hay nada más peligroso que una tía con mala leche y la mente retorcida. Esas harían temblar al mismísimo Maquiavelo.
Alguna guarra feminista me dirá que hay que ser machista y cabrón para decir eso sin que me tiemble la tecla, pero oyes, así es como lo veo. Mientras nosotros seguimos enfrascados en una inutilidad absoluta para con algunas de las tareas del día a día y con una forma de ser que a veces roza lo esperpéntico, ellas han dejado todo lo que un día supieron hacer por acercarse al proceder masculino, como si éste fuera digno de imitación. Hay que joderse. Es por ello que alguna de ellas son ahora cada día más agresivas, cada vez más mal habladas, ya beben tanto o más que muchos hombres y empiezan a ser mucho más vulgares que nosotros. Porque no hay más que ver un poco la tale o pasearse por la calle para ver cómo suben las nuevas generaciones de ellas (y de ellos). La mala leche que se gastan las féminas, sobre todo entre ellas, es de juzgado de guardia.
Así que oyes, el chiste que en su día representaba a la dulce y tierna Caperucita explicándole al lobo feroz que iba a lavarse su trijuelillo al río se vuelve más y más real conforme avanzan las generaciones. Ya no descarto que en generaciones futuras el cuento del Lobo feroz y Caperucita dé un giro de 180 grados y en el mismo sea el propio lobo, con gran corazón, el que vaya a ver a la abuelita enferma porque su nieta no le hace ni puto caso y tenga éste que correr por el bosque perseguido por una Caperucita en estado de histeria absoluta cuchillo en mano y con los ojos fuera de las órbitas, con ganas de rebanar cuellos y de trincar al cuadrúpedo para hacerse un abrigo y un bolso nuevos. Si los tiros no van por ahí que baje Dios y lo vea, porque hay momentos en los que me cuesta ver el cariz que toma el mal llamado sexo “débil” cuando se pone a bajar el listón para parecerse al sexo “fuerte”. De tan moderna que se ha vuelto la Caperucita me da hasta asco.
J. Coltrane





